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Catalina Sebastieri, memoria del corazón

El amor es un barco que no acaba de zarpar. Domenico Sebastieri llegó a Colombia y conquistó el corazón de Isabel Vergara, una belleza silvestre y discreta en la sabana sucreña. Era un topógrafo italiano, amante de la música clásica, que vino al país  en los años 20. Así empieza la historia de Catalina Sebastieri Vergara, la hija de este amor que conoció el esplendor, y declinó cuando el Domenico partió a su tierra en tensión, bajo la inminencia de una guerra.  Doce años tenía la niña cuando conoció a su padre. Los trazos de su rostro se desdibujan en su memoria. Poco o nada sabe de él. Lo único que heredó son sus rasgos físicos y su apellido.

Catalina conserva casi intacto el color rubio de su cabello a sus 87 años. Su memoria emprende vuelos sobre el tiempo y siente que algunos momentos se le borran.

Recuerda algunos episodios de su vida. Lo que se mantiene intacto, y tiene claro aunque en esta ocasión esté vestida de azul, es que tiene la convicción de que será “liberal toda la vida”. Eso sí, responde sin titubear, dejando a un lado esa voz frágil  que ahora la caracteriza y que parece desvanecerse con los recuerdos de su memoria.

Nació el 7 de octubre de 1929 en Sincelejo y vivió por un tiempo en Luruaco (Atlántico) con su madre y los tres hermanos que  tuvo por línea materna. Allí, a sus 17 años, Catalina tuvo un pretendiente que, involuntariamente, motivó a Isabel a enviarla a Manizales,a internarla en un colegio de monjas. Así ocurrió. Entró al colegio y no volvió a saber de su enamorado.

En la capital de Caldas, Catalina siempre se mostró como una una joven inquieta y durante una manifestación dejó ver su liderazgo. Aquella vez, asombró a todos con un discurso y desde entonces se metió en la política de Alberto Lleras Camargo.

Después de estar por un tiempo en Manizales llegó a Cartagena. Aquí, esta maestra normalista se esmeró en trabajar por la educación del departamento y se dedicó a servirle a los demás. Quienes la conocieron no hacen más que reconocer su aporte, su responsabilidad y su humildad durante su gestión como Secretaria de Educación de Bolívar. “Es inmensamente admirable que todas sus importantes gestiones perseguían un solo objetivo: servirle al pueblo. Y bien que, con creces, lo logró”, manifestó Iván Ahumada, quien la acompañó durante varios años en su labor.

“Somos muchos los que conocemos su invaluable legado. Unos porque trabajamos a la par de ella para sus logros y otros, que son sin duda la mayoría del pueblo, por haber recibido y porque recibirán el invaluable beneficio de estas importantes obras. Entonces esta es una de las oportunidades de decirle con afecto y regocijo... ¡Gracias!”, añadió Ahumada.

Ella se preocupó por gestionar colegios para muchos niños que necesitaban educación. En Turbaco, por ejemplo, se construyó el Instituto Docente de Turbaco y la Colonia Escolar de Vacaciones (el internado) que hace parte de la Institución Educativa Alfonso López Pumarejo. En Arjona... el colegio Cooperativo Domingo Tarrá Guardo.

“Me olvidé de vivir”
Su sobrina, Escilda Marrugo Díaz, la describe como una mujer tranquila, llevadera, servidora, “que nunca pensó en ella sino en los demás”. Doña Cata, como le dicen muchos, nunca tuvo hijos. Sus sobrinos eran como sus hijos, al igual que los colegios que fundaba y los niños que ayudaba.

“Una de las preguntas que le hicieron durante una entrevista, cuando le entregaron una medalla Simón Bolívar, en Bogotá, fue por qué no se casó antes y ella respondió: ‘Me olvidé de vivir’, como dice una canción de Julio Iglesias”, cuenta Escilda y recuerda que a su casa, en Turbaco, empezaban a llegar personas desde las 4 de la mañana y ella, aún en pijama, las atendía antes de salir para el trabajo.

Tal parece que doña Catalina Sebastieri Vergara, la mujer admirada por muchos gracias a su compromiso y su buen actuar, quiso darse una oportunidad para vivir aquello que había alejado de su vida por servir a los demás. Se casó a sus 78 años con aquel pretendiente de la adolescencia del que la apartó su madre cuando la mandó a Manizales. Luis Majana, de entonces 84 años, se convirtió en su esposo.

En todo el tiempo que estuvieron alejados, no supieron el uno del otro hasta que Luis, después de enviudar y vivir en otros países, se interesó en saber de ella hasta que la encontró. Y lo que empezó como un reencuentro terminó en boda el 24 de marzo de 2008, en la iglesia de Turbaco.

Lo que parecía el desenlace feliz de dos viejos enamorados que unieron sus vidas medio siglo después de conocerse, terminó en una separación. Fueron nueve años en los que solo doña Cata y su esposo saben si tomaron la mejor decisión.

Ella, sumida en las aguas de la memoria y los olvidos, recuerda en instantes, los años de gloria en el campo de la educación. Su sobrina la alienta y la devuelve a otros años de su vida, cuando la invita a escuchar las bandas de viento de las sabanas de Córdoba y Sucre, y del Bolívar Grande. La música guarda las alegrías de su tiempo. Algo de la lejana muchacha sincelejana renace al ritmo de los bombardinos y las trompetas. Algo como la alegría del amor que zarpó a otros mares.



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Comentarios

Luis Majana es un gran hombre

Mis respetos a un hombre tan viajado y tan culto.