Catalino Burgos, el vendedor de bollos que estudia inglés

12 de agosto de 2018 01:20 AM

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Es el pastor de los bollos de mazorca. Catalino Burgos Castro (Arjona, 1978), llega deslizando sus sandalias, a las cinco de la tarde, a la sede de Unicolombo en los Cuatro Vientos, con doscientos bollos de mazorca que hace con su hermana

Navis en la madrugada, y con los que financia en parte su cuarto semestre de estudios de inglés y de administración de  empresas turísticas y hoteleras.
Tiene 24 años de ser uno de los sigilosos, devotos e incontables bolleros de Arjona, pero su interés por saber inglés surgió una tarde lejana en que una señora muy elegante del barrio de Manga, en el antiguo Magaly París, en Villa Susana, le compró un bollo y le ofreció probarlo a su esposo extranjero, quien le preguntó con perplejidad inglesa qué  eran los bollos de mazorca. Catalino vio en apuros a la señora tratando de traducir qué era eso de los bollos de mazorca, pero ella compró un segundo bollo, y mientras lo deshojaba, los dos ya estaban tan fascinados con el sabor de aquel manjar ancestral de los indígenas zenúes, que se convirtieron en asiduos clientes de los bollos del atardecer.

Aquella conversación en inglés sobre los bollos le sembró la semilla de que algún día, él mismo sería el vendedor de bollos a los extranjeros que vienen a Cartagena, y se propuso estudiar inglés no solo para venderlos en el sector turístico, “sino, Dios lo quiera, venderlos en Miami o en cualquier ciudad de los Estados Unidos, donde tengo entendido  que hay muchos latinos consumidores de bollos de mazorca”.

Catalino es el quinto de siete hermanos, los hijos de Luis Carlos Burgos, un obrero de Arjona, y Magdalena Esther Castro, ama de casa. Es un hombre bajito, delgado, de cabello negro, moldeado con la arcilla de un espíritu apacible y sereno. Estudió su bachillerato en el Colegio Don Bosco, de Arjona, pero cuando hizo las pruebas del Icfes, las  matemáticas, las estadísticas y los asuntos empresariales volvieron a retarlo en esos dilemas del conocimiento. Su empresa de bollos empezó con un bulto de maíz y 150 mazorcas, de los cuales, hace 60 y hasta 90 bollos, según el tamaño de las mazorcas. Al principio todo lo hacía con sus manos, sacando cada mazorca de su hoja y despojándolas de su barba tierna, cortando el maíz y moliéndolo. Aquello era lento, pero aceleró el proceso con un motor eléctrico.

Los bollos de mazorca cocidos al vapor, envueltos en su propia hoja, es una de las delicias del Caribe colombiano. “Compro dos clases de maíz en Arjona: el hibrido, que es el que menos tiene harina, y es con el que hago estos bollos; y el maíz criollo, que tiene más harina. Con ambos se hace el bollo, pero hay clientes que sufren de diabetes e hipertensión, entonces, lo hago con el maíz hibrido. El bollo se amasa con agua, un poco de sal y azúcar, pero hay unos bollos que no les pongo azúcar, porque ya el maíz tiene su propio azúcar”, cuenta Catalino. 

Al principio, cuando se matriculó en Unicolombo, la gente se extrañó al verlo llegar con sus bolsas de bollos, y él le contó al rector, Mario Ramos, que era una manera de pagarse el semestre. El rector se conmovió al descubrir su espíritu de superación, lo exoneró de una deuda, y le aprobó un 70 por ciento de la beca. Lo cierto es que ni con los bollos, que se  vendían a mil pesos cada uno en los tres pisos de la universidad, alcanzaba a pagar el semestre. Pero se ayuda y nunca ha dejado de vender los bollos. También hace bollos de yuca y buñuelos. Y vende queso. “El bollo de mazorca se recomienda él mismo”, dice Catalino con una humildad sacerdotal. Nunca se regresa con las manos vacías. Los bollos   vuelan entre las cinco de la tarde, y las siete de la noche, poco antes de entrar a clases de inglés y administración. Llega
a las once de la noche a Arjona, y se duerme poco después de las doce y despierta a las cuatro y media de la
madrugada a hacer los bollos con su hermana.

“En realidad yo vivo de los bollos, pero más que de los bollos, de la misericordia de Dios”, dice. Para su empresa no tiene ninguna subvención del Estado ni algún benefactor privado. Solo cuenta con las manos de Dios y las manos suyas y las de su hermana. Junto a los bollos, en otro bolsito, guarda su Biblia, edición Reina Varela de 1960. Ora todas las mañanas. Es cristiano evangélico y dice que conversa con Dios todas las madrugadas y lo ha sentido incluso en sus propios sueños.

“Una vez, antes de entrar en el evangelio, se me manifestó en sueños, y allí vi cómo unos señores armados llegaron y empezaron a matar gente de mi pueblo. Fue en las primeras semanas de mayo de 2008, poco antes de convertirme. Fui
donde un pastor y me dijo que era una revelación, y debía buscar a esas personas amenazadas para orarles. Uno de ellos no me paró bolas. Otro sí, y se arrepintió a tiempo, de lo que había sido su vida. Ese se salvó. El otro murió”.
Catalino lee y relee la Segunda Carta de los Corintios, capítulo 5, versículo 17, en el que todo lo pasado ha quedado transformado en algo nuevo, por la gracia de la fe. Ahora todo es nuevo, según su propia experiencia espiritual. Asiste a su congregación espiritual todos los sábados y domingos, y no bebe ni fuma, solo el vino de uvas, el vino ceremonial de
la Eucaristía. Alguna vez eligió a Maribel, de Arjona, para casarse, se casó, y la mujer decidió regresarse a casa de sus padres. “Ahora soy un siervo de Dios”, dice.

Cuando joven pagó el servicio militar en Puerto Vichada y Nuevo Antioquia, de cuya experiencia recuerda a su amigo Juan Soto Soto, comandante de guardia, quien a las 11 de la noche del sábado 31 de marzo de 2002, mientras celebraba en una discoteca del pueblo, fue víctima de un petardo que pusieron los guerrilleros. Él era un gran amigo mío y me había invitado, pero el teniente Reyes no me dio el permiso porque yo estaba indispuesto en sanidad militar. Mi amigo Soto Soto era agradable, un ser sonriente y elegante, sencillo, bajito, trigueño, siempre hablaba de su pueblo,  Lorica, y de su hermana Vanessa. Nunca he podido conocerla, pero él siempre hablaba con mucha emoción de su hermana. Cuando me llamaron para atender a los heridos, yo auxilié a un hombre irreconocible, lleno de tierra y sangre,
que tenía heridas en todo el cuerpo. Le aplicamos el suboficial Petro y yo los primeros auxilios, y luego, lo llevamos al hospital de Puerto Carreño. El hombre estaba inconsciente, y se quejaba de sus dolores. A las cuatro de la madrugada nos llamaron para decir que había muerto. ¿Quién era? -pregunté. “Juan Soto Soto”, me dijeron. No lo podía creer. Mi mejor amigo. Fue una tragedia para mi vida”.

Epílogo
Catalino dice que Dios no lo abandona. Sus bollos de mazorca empezaron a venderse y distribuirse en un supermercado cercano al aeropuerto de Cartagena. Un centenar de bollos son consumidos por los viajeros del mundo que llegan o regresan a Cartagena. Su microempresa se llama Productos alimenticios Catalino. Dice que existe un artículo, el 13 de la ley 300, que propende por la descentralización del sector turístico en los municipios, y recursos para iniciativas como
las que él impulsa en la soledad de su casa, junto a su hermana.

“Gracias a Dios yo no me he enfermado de nada desde que estoy vivo. Solo gripas y algo de fiebre. Y cuando me enfermo, voy al centro de salud de Arjona”.

Los bollos de mazorca están calientes. Y Catalino, sereno, confiado, como un pastor de ovejas, de esas mismas que aparecen en sus sueños, a veces, en fila india y a veces perdiendo el rumbo de la vereda, espera salir a vender los últimos bollos del atardecer, apenas termine esta última línea

 

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