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¡Cecilia es el sabor de Cartagena!

Las once y media de la mañana. Es martes. Las hojas de los mangles en la avenida del Lago, en Cartagena, no se mueven. Hay dos palos secos junto a la ciénaga de Las Quintas y a uno le quedan unas cien hojas. Y el olor es fuerte… el hedor del manglar, el pescado y la fruta podrida se juntan. Estar aquí es desafiante para los que no están acostumbrados, pero es el hábitat de los comerciantes.

Al cruzar la carretera, entro al pasaje del “pescao frito” del mercado de Bazurto, cuyo suelo es negro y encima tiene una suerte de alfombra hecha con escamas de pescado cristalinas, están los fogones atizados a todo carbón. Cuento cuarenta. Y pegadas a la candela, veo las mesas con pilas de pescados y un rimero de yuca harinosa. Pregunto por el combo: vale tres mil pesos.

El calor es abrumador y llega para nunca irse. No está el sol en su cenit, amenaza con caer la lluvia, medio serena y el fogaje es mayor aún. ¡Qué hoguera!
Sigo caminando y en uno de esos puestos esquineros encuentro a Cecilia Teherán Martínez, acostumbrada a treinta y cinco años de candela.

Tiene la voz gruesa, sus ojos cansados, nariz heroica (achatada) y cabello rizado pintado de rojo. Es una morenaza laboriosa, eso se refleja en sus manos gruesas, en las que se marcan las venas y ya se ven los sesenta años que tiene. Son las manos de una madre que crió a sus hijos sola y con esmero.

Vestida de blanco, cual matrona, nos recibe con esa sonrisa de “vengan a comer”. La gente le dice Ceci. Todos la conocen en Bazurto...y en la Cartagena popular.

Desde las ocho de la mañana monta diez calderos para cocinar arroz de marisco, de jaiba, de cangrejo, chomi de camarón, pescado frito (róbalo, mero y sábalo), salpicón de toyo, sancocho de sábalo y mote de queso. En otras ollas más livianas hace carne, pollo y cerdo.

Los peces saltan de los trasmallos de los pescadores a la sartén o la olla de Ceci. Pimentón, cebolla, ajo y cilantro son suficientes para que, con  ocho mil pesos, uno se coma el plato de comida cartagenera más sabroso del mercado.

¡Cartagena come aquí!
Su cocina es pequeña. Tiene ocho mesas (con sus sillas), cuatro plásticas y cuatro de madera. Los platos son de vidrio. Ahí dan ganas de comer, pero lo más sabroso, dicen los comensales, es el calor de la dueña: Cecilia.

Este martes vende unos ciento cincuenta almuerzos, sin sumar los que regala a los habitantes de calle que llegan en pleno medio día a “velá” un “bocao”. El cotero, el vendedor de chance y el de guarapo, también reciben su trocito de “pescao”. “¿Por qué no les voy a dar? Yo no tengo reparo. A mí Dios me da y yo le doy a mi gente”, afirma la madre de cuatro muchachos.

En treinta y cinco años, Ceci siente que su clientela es Cartagena. No tiene un público definido. Llegan desde el alcalde hasta el habitante de calle, cruzando por el boxeador y el cantante.

El béisbol (Julio Teherán padre), el boxeo (Rodrigo Valdés y Kid Pambelé) y la champeta  (Kevin Flórez, Luis Tower y otros), integrantes clave de la cultura heroica, se hicieron comiendo el típico sancocho de sábalo de Cecilia.

Ella no tiene que decir que ama a su ciudad. Lo demuestra con hechos: dándole a los visitantes locales, americanos y europeos lo mejor de la sazón autóctona. Para la muestra está que el chef y viajero Anthony Bourdain se comió una hicotea guisada de Ceci, grabando su programa “No Reservations”, para el canal Discovery Home and Health.

Getsemaní, la cuna del sabor
Se crió en la calle del Carretero de su Getsemaní del alma, “soy cartagenera típica”, dice cuando le pregunto dónde nació.

De esa calle donde a lo lejos, recuerda Ceci, se oían transitar las carretas viejas, llenas de yuca y plátano, hoy solo hay nostalgia y turistas.

“Todavía recuerdo que no necesitaba salir a la calle para divertirme. Mi casa era como un vecindario donde mi abuela le daba un cuarto a cada hijo para que viviera con su familia. Yo solía jugar a las muñecas con mis primas y hermanas, y como vivíamos en una especie de pasaje, no nos dejaban salir tanto.

“Cuando nací, Getsemaní era un barrio calmado, vivible, no como ahora, en el que para resumirlo te digo: hay de todo”. Ceci terminó la primaria en el Colegio Mercedes Ábrego y no quiso estudiar más. Su profesión innata sería la de cocinera y lo supo desde que tuvo uso de razón.

La dueña del sabor es Martina Martínez, su madre. Le enseñó todo lo que sabe, pero sobre todo le heredó el toque secreto, el de “menear con sabor y el de cantarle a la sazón”.

Le enseñó a manejar las dificultades para que la comida no perdiera el encanto, y a derramar las lágrimas en su alma, lejos del carbón y la olla, lejos de Bazurto.

De ese mercado que amenaza con desplazarse pronto, ella misma, en su sabia experiencia dice: “Yo sí creo que esto se acaba. Ya el mercado dio todo lo que iba a dar”.

No importa que lo cambien de lugar porque en el barrio Martínez Martelo o donde sea, la gente siempre encontrará el sabor de Cecilia.

Porque Cecilia sabe a Cartagena. La ciudad fantástica que cumple el miércoles primero de junio 483 años. La cocinera le desea paz, amor, salud, bendiciones y mucha, pero mucha felicidad. ¿Qué le deseas tú?

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Comentarios

Excelente historia

Estas son las caras desconocidas de la ciudad, lejos del lujo de los restaurantes en Bocagrande y el centro, con su sofisticada comida, está esta señora y muchos más personajes desconocidos, que han construido Cartagena con mucho trabajo. Muy buena historia.