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Centro Gabo o la memoria viviente

Lo más parecido a la vida de Gabriel García Márquez (1927-2014) es ese inmenso árbol cuyas raíces se abren a cinco senderos.
Toda su obra es, a la postre, la genial simetría de un bosque cuyas ramas descienden al pasado y agitan sus ramas en el presente y el porvenir. Si él hizo de su ficción y su periodismo, un bosque complejo de múltiples motivaciones, la fundación que él ideó en 1994, y eligió a Jaime Abello Banfi como capitán de la aventura, encontró en un árbol la metáfora para diseñar el más grande centro de documentación de todo el legado y memoria creativa del autor de Cien años de soledad.

La iniciativa de crear el Centro Gabo surgió con claridad en el tercer encuentro de los maestros de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que en 2013 cambió su nombre por el de Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, con autorización del escritor y su esposa, Mercedes Barcha, en julio de 2013. Pero desde el primer y segundo encuentro se hablaba ya del legado y la responsabilidad de preservarlo. Y en el tercero, emergió con la coherencia contundente de una inminente utopía en tierra. Todo fue un proceso de años.

El papel de la fundación surgió en 1994, en un período esencial en la vida del escritor, y sin duda, en el más pedagógico de toda su vida. Es el momento en que Gabo construye su casa definitiva en Cartagena de Indias, impulsa la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en La Habana, inicia la investigación para su reportaje Noticia de un secuestro y la escritura de su novela Del amor y otros demonios, en cuyo prólogo reivindica el nombre de su maestro de periodismo Clemente Manuel Zabala, es el instante en que trabaja en la Misión de Ciencia y Tecnología y escribe esa carta de navegación de la educación y del ser colombiano en Por un país al alcance de los niños.

“El día que lo conocí”
“Conocí a García Márquez en 1983 en  una reunión en la Cámara de Comercio de Barranquilla”, dice Abello Banfi. “Creo que fui insolente. Llegué allí para llevarle la contraria a Gabo”. Se debatía con Alfredo Gómez Zurek y otros invitados, el destino administrativo del Teatro Amira de la Rosa. Años después, en 1989, en Caracas, volvieron a verse. Allí supo Abello que su abuela Débora Sarmiento Blanco había estudiado en el colegio de las monjas de Santa Marta, con la madre de Gabo, Luisa Santiaga Márquez. En esos años,  el escritor llamó al presidente Gaviria, sugiriendo el nombre de Abello para la dirección de Focine. No lo nombraron y él dijo: “Lo perdieron. Me lo cojo para mí”.

Le siguió las pisadas en la gerencia de Telecaribe. Julio Roca Baena hizo una larga entrevista a Gabo por el canal regional. Volvieron a verse en 1993 en el Festival de Cine de Cartagena. El 28 de diciembre de 1993 en el Club ABC, de Barranquilla, en una cena de amigos, Gabo le habló a Abello de su sueño de crear algo alrededor del periodismo. En el Festicine de Cartagena en marzo en 1994, le preguntó a Abello: ¿Qué has pensado? Era un hombre con un gran sentido práctico.

“Hay que ser un estudio de factibilidad”, le dijo Abello. ¿Quién lo puede hacer? Abello le dijo que tenía un primo economista: Alberto Abello Vives. Se empezó a trabajar en un equipo en el que participaban Ernesto MCausland, Lola Salcedo, Madalina Barboza, entre otros. Se hicieron varias reuniones.  Así nació la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, y la primera invitada al taller naciente de crónicas fue Alma Guillermoprieto. Lo que empezó como una serie de talleres para doce periodistas, en la mente del genial Gabo, que aún tenía la ilusión de crear un periódico, se convirtió  años después en una organización internacional  de fomento del mejor periodismo del mundo, que derivó en un premio y en un festival cultural.

Lo que parecía una  quimera inalcanzable ocurrió en la misma calle San Juan de Dios, donde en 1948 inició su destino de periodista en el diario El Universal.

En esa sede, una sala lleva el nombre de Clemente Manuel Zabala, y otra, a Álvaro Cepeda Samudio. La fundación consolidó y amplió su radio de acción. La publicación de “Gabo periodista”, la antología de su obra narrativa de no ficción, fue esencial. Allí el escritor reafirmó su convicción de  que la crónica es la novela de la realidad, y que todas sus obras de ficción surgieron de un largo proceso de investigación y de una profunda vocación de periodista.

Una memoria viva
Al morir García Márquez en abril de 2014, el Congreso de la República llamó a Abello para preguntarle qué hacer para preservar el legado del escritor. Surgió la iniciativa de un proyecto de ley de honores  para proteger y promover la obra y aportes del más grande escritor de la historia de Colombia.

La idea organizada en el tiempo, consultada y planificada, para juntar el rigor del escritor, el periodista y el pedagogo, se resolvió como un árbol con cinco senderos o ramajes, y un nombre sencillo y humano: Centro Gabo. El equipo de trabajo de Abello miró con lupa las estructuras de centros de memoria cultural en el mundo, en donde se trenzaran las alianzas públicas y privadas, y privilegiaron en Colombia, el Parque Explora de Medellín y el Centro Cultural Julio Mario Santodomingo.

Las cinco ramas del árbol Gabo son: Historia personal, el rol como contador de historias, el educador, el emprendedor y el ciudadano. “El hallazgo de todo este ramaje es que en el fondo, el hilo secreto que las une, es el periodismo”, dice Abello. “Detrás de la literatura, estuvo siempre el periodismo. El Centro Gabo no es un lugar de peregrinación sino un punto de partida, un centro de experiencia social y cultural, una memoria viva del legado de Gabo. El proyecto empezó ya con el proyecto Cronicando en el barrio Nelson Mandela, Convivencia en la red.

Se están acopiando para el Centro todas las entrevistas que concedió Gabo a lo largo de su vida. La sede será el Palacio de La Proclamación, gestión de la gobernación de Bolívar”. Es una memoria colectiva.  “Y pensar que  todo estaba en la imaginación”, solía decir Gabo cuando lo que había soñado e imaginado, ya estaba en el alfabeto cotidiano de la realidad. “El Centro Gabo también está en la imaginación”, dice riéndose Abello.



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