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Cielo de agosto en Cartagena, de la mano de los barrileteros

El cielo de agosto se llena de cometas en Cartagena de Indias. Es curioso pero solo en agosto, los veteranos sacan sus almidones para pegar las varitas de sus cometas.

La brisa caliente viene del mar y las cometas zumban como un abejorro entre las nubes. Es como si alguien maniobrara el arcoíris desde la tierra. Los cometeros tienen sus palabras para llamar el viento. Saben que cometa que no se eleva es simplemente porque le falta cola. Y si  se cabecea de lado a lado, es porque se les fue la mano con la cola.

Los cometeros de Cartagena de Indias, eligieron desde hace unos años, un lugar donde parecen nacer los vientos: los playones de la Tenaza, frente a las olas de Marbella. El viento se estrella allí contra la muralla. El viento viene del mar y los manglares cercanos del Cabrero. Son un cruce de vientos y de brisa, uno de mar y otro de caño, uno del sur y otro del norte, el que se reencuentra en estos playones. A veces las aves se despistan creyendo que algún pájaro da vueltas sobre el cielo caliente, y descubren que el corazón que zumba es de papel de colores.

Los cometeros de 2016, en contravía con la tradición del Caribe, fabrican con tela y plástico sus cometas, y son pocos los que hacen los barriletes con papeles de colores pegados con almidón sobre venas de hoja de coco amarradas con hilo, con su arco y su run-run zumbón obligatorio. Los más grandes se hacen con largueros de caña brava bien seca. No son los barriletes octogonales de nuestra infancia. Los diseños variaron con el tiempo. Las cometas que surcan los cielos de Cartagena de Indias son enormes dragones, gusanos, murciélagos, pájaros, personajes de videojuegos, y trenes de tela que zumban en el cielo.

En el Caribe, el barrilete tiene distintos nombres, pero siempre se piensa que es de formas triangulares, a diferencia de los octogonales. El más humilde y desamparado de los barriletes se llama  pandonga y se hace con la hoja de un cuaderno escolar. La más triste de las cometas que yo he visto en mi vida la descubrí en el cielo del barrio Nelson Mandela. Era una bolsa negra de basura sostenida por un hilo en las manos de un niño en el quicio de su casa. Al tradicional barrilete nunca le falta el color amarillo, azul y rojo, y no por asuntos patrióticos. Las hay verdes con rojo, moradas con fucsia, turquesas con rosado. Son una fiesta de color.

Los más bellos barriletes de color salmón, azul y amarillo, me los hizo Honorio, mi padre que era un cometero profesional, un artista del origami y un aprendiz de mago. Papel o cartón que encontraba, lo convertía en una mariposa, en un pájaro, en un gusano, o en una cometa. Aún se conservan en algunas casas del Caribe, algunos de los juguetes de papel que construyó a lo largo de su vida. Mi compadre Limberto Tarriba conserva dos gusanos de colores. Hay que verlos para descubrir su gran sentido del color. Honorio era un hombre muy curioso.

¿Quién en estos tiempos de prisa se consagra a convertir un papel en una mariposa? ¿Quién tiene la curiosidad de mi padre para estudiar magia y electricidad por correspondencia? A él le debo mi pasión por los colores. Un aprendizaje de colores que aprendí también con Yola, mi madre, y mi abuela Escolástica Flórez, las dos, pedalearon en mi infancia en esa vieja Singer cosiéndome sueños.

Fueron los cometeros los primeros en ocurrírseles la idea descabellada de escribir mensajes en los barriletes y cometes, en círculos de papel que se pegaban en el hilo tensado al viento. Una inocencia sin pretenciones, que enviaba saludos a los pájaros y a los ángeles, como si estuvieran allí al otro lado del viento.

Fue mi amigo el pintor Heriberto Cogollo, que vive en París, quien me contó que en ciertas ciudades de Europa elevar cometas forma parte de una cátedra de formación. Los chinos elevan cometas desde hace 2500 años. Un niño que hace una cometa aprende a hacer con exactitud matemática los tres puntos y a construir los runrrunes y los perendengues, asunto en que se afina el conocimiento del color.

La cometa que da vueltas en el aire, adolece de precisión en sus tres puntos o en su cola que puede estar corta para emprender semejante vuelo. O demasiado larga para el regreso. Conocí en Medellín a un cometero que tenía un diario de sus propias cometas. Y describía cómo había ido a morir su cometa entre los alambres eléctricos o en un abismo en la montaña. Aquel diario de vuelo era su propia soledad de cometero. Un excéntrico cometero forastero que llegó a la ciudad me contó su deseo de esparcir sus cenizas en lo alto del vuelo de su cometa.

Hace algunos años en Cartagena se realizaron talleres de construcción y vuelo de cometas, en el Coliseo de Deportes de Combate, para los niños de la escuela de iniciación deportiva de la Localidad Dos, y otro en el desarrollo de las actividades en la Tenaza. Eso hay que seguirlo haciendo.

Gabriel, mi hijo menor, se extrañó cuando le pedí que me acompañara a elevar una cometa. Fuimos con mi hermano a elevarla en los playones desconsolados de Bazurto donde han ido a morir de contaminación los alcatraces. La cometa se elevó con el primer viento contrario al caño, y sostuvimos su hilo en el botón de nuestra camisa. La cometa se elevó tanto que se olvidó del cielo y fue a ahogarse en la ciénaga. Los pescadores la rescataron y nos la devolvieron cuando la creíamos perdida.

A mi hijo le pareció infantil el asunto, pero le expliqué que eso de elevar cometas no tiene edad. Soy de los que cree que se eleva el alma al cielo en un hilo, cada vez que elevamos una cometa. Los chinos y los japoneses saben muy bien eso. Cuando vimos ascender nuestra cometa al cielo, le pasé la pita a mi hijo y vio cómo los alcatraces parecían disputarse el pedazo de cielo de nuestra cometa. Jamás lo olvidará.

Epílogo
Ahora es muy raro encontrar a alguien que salga a buscar en el invierno de agosto, las varitas para los barriletes, y más extraño aún, alguien que se dedique a diseñar estrellas de papel de colores, run-runes y perendengues para los nuevos barriletes. Hay que tener paciencia para construir un barrilete. Y más paciencia para domar los vientos de agosto. Y elevar los barriletes.

A veces había en los cielos de infancia había que esquivar a los pájaros que intentaban estrellarse contra los barriletes. Algunos barriletes iban a morir en los postes del alumbrado público o arrastrados por los vientos del atardecer. En Cartagena , algunos barriletes mueren en el mar.

DATO

Los chinos elevan cometas desde hace 2500 años. Es una práctica cultural y recreativa que involucra a niños y adultos. Elevar barriletes es afinar el pulso y domar el viento.



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Comentarios

LOS TIEMPOS DE COMETA DE ALFREDO GUTIERREZ

AHHHH AQUELLOS TIIEMPOS 40 50 AÑOS ATRAS DONDE CON YUCA RAYADA HACIAMOS EL ALMIDON Y CON LOS PALITOS DEL ARBOL DE COCO Y PAPEL DE COLORES HACIAMOS EL BARRILETTE PEDAZOS DE TRAPOS LE INSTALABAMOS SU COLA LARGA CON MEDIA CUCHILLA Y SUBIAMOS LA LOMA UYYYYYY QUE CHEVERE