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Clemo Haydar: un jinete para manejar ídolos

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“El mejor nacional fue el de Santa Marta, Abel Leal le dio una lección de jonrón a todo el mundo”

Clemenceau Haydar Sedan pensó en ser cura, cuando le llegó la hora de decidir qué quería ser en la vida. Se había formado en el colegio La Salle donde aprendió la ética con la que asegura haber regido su vida; sin embargo su papá, de origen libanés le espantó la idea y lo convenció para que siguiera una carrera universitaria.
Finalmente se graduó de Contador, lo que le permitió abrirse un camino próspero en los negocios de finca raíz, pero fue el béisbol el que le puso la sazón a su vida.
El gustico por este deporte lo aprendió de su prima, Dora Haydar, quien lo enseñó a anotar las incidencias de los partidos y fue tanta la emoción que esto le causó que entrado a los 30 años se hizo presidente del renombrado equipo de Getsemaní, barrio en el que nació y vivió las pasiones de este deporte, desde muy cerca.
Ya en el ocaso de su vida, con un irrompible hermetismo con el que guarda su edad, no recuerda el año exacto en el que ser representante de Getsemaní le dio el aval para ser delegado de la Liga de Bolívar.
La memoria le falla en las fechas, pero tiene muy presente los momentos gratos que vivió durante los 20 años que estuvo de manera continua ligado a la Liga de Bolívar y a la Federación Nacional del Béisbol amateur.
El único continente al que no fue, por intermedio del béisbol, fue a Sudáfrica. Conoce cerca de 30 países entre América, Europa, Asia y Australia. A algunos fue solo, sin el equipo, a las asambleas anuales que hace la federación.
Los peloteros de la vieja Gloria del Béisbol Amateur en Colombia lo reconocen casi como un padre y él los sitúa en el espacio de la fama como peloteros extraordinarios que supieron ganarse el puesto en el corazón de los aficionados debido a las hazañas que hacían en el terreno de juego.
Está casado hace 50 años con la caleña Georgia Herrera, a quien le enseñó lo que sabe de béisbol porque ella de deportes sólo conocía el fútbol. Es padre del médico cartagenero Martín Haydar, su único hijo. Vive en el Conjunto Residencial Eliana, donde antiguamente quedaba el estadio de sóftbol Miguel Medrano del barrio Crespo.
Clemenceau Haydar recordó para los lectores de El Universal sus mejores momentos en el béisbol.

¿Alguna vez jugó béisbol?
-Cuando estudiaba bachillerato.

Y ¿Por qué prefirió ser directivo y no pelotero?
-Eso debe ser como una vocación, como el que quiere ser médico y no abogado, me gustó y además se me dio por tener equipo de béisbol.

Para durar 20 años consecutivos en la Liga de Bolívar y además como representante de ésta ante la Federación Nacional de Béisbol Amateur ¿Qué se necesita?
-Trabajar con pasión por el deporte. En mi tiempo no era yo solo el que trabajaba, esa es la diferencia con los delegados de ahora. Tu veías dirigentes como Guillermo Valencia Abdala, Alfredo Morales, “El Curro”, Luis Arraut, que en paz descanse; Álvaro Gari, Gustavo Martínez, Salim Guerra y seguro que se me está olvidando algún nombre, sin ánimo de herir a nadie; todos eran directivos de la Liga (de Bolívar) y de la Federación. Llevamos a Colombia a todos los lados, se jugaron en los tres continentes: Europa, Asia y América, se consiguieron dos sedes mundiales, en el 70 y en el 76, a Colombia venían con facilidad los equipos de todos los países: Cuba, Estados Unidos, Puerto Rico, Venezuela, Dominicana, Panamá. Hoy en día no viene nadie, ni nadie hace algo por llevar el equipo a ningún lado.

¿Cómo llegó a ser delegado de la Liga ante la Federación?
-Hubo un año en el que se presentaron unos problemas internos en la Liga y el presidente, que era Jaime Iglesias Caballero, en acuerdo con los demás delegados, me nombró representante a mí y gracias a Dios tengo un récord, los 20 años que duré en la Liga, Bolívar siempre fue el primero.

¿Tenía buena espalda usted?
-No. Qué buena espalda; lo que tenía era buenos peloteros. El béisbol aquí era una cosa extraordinaria, para ser un jugador tenía que ser super bueno y para ser un dirigente tenía, también, que ser super bueno y en ambos casos, tener dedicación total.

¿Qué problemas le tocó sortear en la Liga?
-Varios, no tanto como para llamarlos problemas, pero sí zancadillas que la vida le pone a uno. Una de las más tremendas se presentó a finales de los 60, con el gobernador de entonces, del que no quiero decir el nombre. Él estaba disgustado porque en la Liga no se había nombrado presidente a un allegado suyo, así que hizo todo lo posible para que no nos prestaran el Once de Noviembre y no pudiéramos ir a jugar el nacional en Montería; pero el Concejo autorizó dos fechas y se hicieron los partidos. El gran favorito era Colpuertos y la Base Naval le ganó ambos juegos. En el último partido, la Infantería de Marina rodeó el estadio y no iban a dejar entrar a la gente, entonces el presidente de la Liga, Jaime Iglesias, dio la orden de que no se cobraran boletas y abrieran las puertas del estadio. Cuando el partido estaba en lo mejor se presentó el comandante de la Base Naval mandado por el gobernador para que suspendieran el partido, pero fue imposible porque había, si no exagero, unas 20 mil personas, se hubiera provocado una desgracia.

¿Y qué tal les fue en Montería?
-Eso fue lo mejor del cuento. Quedamos campeones. Cómo no se le había dado ni cinco pesos de viático a los peloteros, programamos un partido en Cartagena con la selección de Bolívar y el equipo de San Andrés y el estadio se llenó. Alcanzó para pagar los viáticos que merecían los peloteros, se pagaron los uniformes y quedó para hacer la fiesta en La Boquilla. Cuando estábamos en la celebración se presentó el gobernador para recibir el trofeo, hubo un momento en que yo caminé hacia donde él como para entregárselo y finalmente se lo lancé el público; que era quien se lo merecía de verdad. Ese ha sido el mayor aplauso que yo he recibido en la vida.

La mayoría de peloteros hablan de usted con cariño ¿Cómo era su relación con ellos?
-Usted lo ha dicho. Lo que pasa es que yo era un alcahueta de ellos. Los consentía en todo, le daba cuánto querían; los hospedaba en los mejores hoteles, le daba los viáticos que ellos querían, lo único que les exigía a contraprestación era que ganaran los partidos porque si perdían, se acababa el festín.

¿Cómo conseguía usted esos beneficios para los peloteros?
-Te voy a decir una cosa, gracias al béisbol yo cogí mucho prestigio. Tenía las puertas abiertas en la Alcaldía, en la Gobernación. En los hoteles daba mi palabra, aunque todo eso lo pagaba la Liga después. Pero cómo iban a negarse a ello después que uno les llevara el campeonato. Le voy a contar lo que nos pasó en unos Juegos Nacionales en Pereira. Nos dieron una residencia de dos piezas y un baño como para 20 personas; con unos camarotes en los que a Pompeyo Llamas, a Bartolo Gaviria y a otros más se les salían los pies. Entonces me fui para la oficina de turismo y allá conocí a un sacerdote que me recomendó un sitio muy lindo, donde hacían retiros espirituales, a las afueras de la ciudad y para allá me los llevé a todos. Me refiero al equipo de béisbol; entonces el director de salud de la delegación de Bolívar me reclamó la preferencia y yo le respondí que a mi gente no la podía tener ahí porque Bolívar había podido llevar gente en otros deportes, pero si todos ellos perdían y el béisbol ganaba; había fiesta en la ciudad; pero si todos los demás ganaban y el béisbol perdía teníamos que entrar a la ciudad escondidos porque nos linchaban. Ganamos y de regreso en Cartagena, el director de Coldeportes que era Fernandín Vélez y el presidente de la junta, Haroldo Calvo Núñez, me dijeron que no me preocupara por los gastos que ya todo estaba autorizado. Es que el béisbol se respetaba.

¿Cómo se manejaban las finanzas de la selección Bolívar?
-Las finanzas la producían los mismos peloteros con su talento y eran tan extraordinarios que aquí (en Cartagena) nadie ayudaba al béisbol, todos los gastos que se hacían: hotel, viáticos, viajes en avión; eran producto de las entradas al estadio Once de Noviembre, es que en esa época sí se llenaba.

¿Qué siente ahora que el estadio no se llena?
-Mucha tristeza, pero que se va a hacer, nada es eterno en esta vida. Es que en esa época el sistema de uno, era la creación de ídolos, hoy en día eso no existe. No hay comparación.

¿Cómo percibía usted la imagen de Bolívar en los nacionales de béisbol?
-Era grande. Una vez en un nacional en Montería, para el último partido llegaron varios buses de Cartagena a apoyar el equipo y el portero no los dejaba entrar; entonces aguanté al equipo y le dije al portero que si no dejaba entrar a la gente el equipo tampoco entraba y me contestó que yo no mandaba ahí; entonces le dije: yo sí mando porque es que el campeón es este que está acá afuera, todos esos volantes que ustedes han hecho promocionando a Córdoba como campeón van a tener que quemarlos; finalmente tuvieron que dejar entrar a los fanáticos y quedamos campeones.

¿Qué recuerda de la serie mundial del 71?
-Me acuerdo, enseguida, de Justo Taborda, el utilero del equipo. Cuba dio 25 cupos para la visa colectiva, y se dio el lujo de rechazar a tres periodistas. En esa lista no se metió el utilero, entonces Marcos Pérez Caicedo, a través de su programa que tenía una sintonía brava en la Costa (Caribe) recogió 400 dólares para que lleváramos a Barrita y se presentó a pedírnoslos al hotel en Barranquilla, donde estábamos concentrados esperando el avión que nos había asignado el Gobierno para llevarnos expresamente a Cuba. Yo, como era el jefe de la delegación, le dije que sí, pero sabía que eso iba a hacer engorroso porque él no estaba en el pasaporte. Cuando llegamos a Cuba retrasé lo más que pude la vuelta en inmigración para darle tiempo a que el avión que nos llevó se fuera. Entonces hablé con Manuel González Guerra, que era jefe del Comité Olímpico, con quien yo tenía confianza y lo dejaron seguir porque no había forma de devolverlo, el avión se había ido. Lo ficharon, le tomaron foto, le hicieron de todo al pobre hombre. Al final cuando ya estaban repartiendo los trofeos, Cuba fue el campeón y nosotros los subcampeones, nos llamaron a uno por uno por nombre propio y uno pasaba por una mesa donde estaba Raúl Castro. La sorpresa fue que llamaron a Barrita de Tiza y él, en un gesto del carajo, le regaló a Raúl la tablita con que limpiaba el home, lo mejor fue que Raúl le pidió que se la firmara y así lo hizo en medio de este estadio que estaba a reventar, entonces Raúl le regaló un licor cubano que estaba en un envase que parecía un tesoro y el público se levantó a aplaudirlo. Yo creo que no me equivoco si digo que esa es la mayor ovación que ha recibido Barrita de Tiza en su vida. En Cuba nos ovacionaron a dos miembros de la selección, el otro fue Orlando “El Caballo” García, en el partido final por haberle puesto ocho ceros a Cuba. Eso no lo hace muy seguido ningún público y menos el cubano que vive orgulloso de su equipo.

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Comentarios

cuando volverán dirigentes

cuando volverán dirigentes así, para ver si paramos el beisbol gracias maestro por su entrega

Clemo sin duda fue un

Clemo sin duda fue un pesonaje, pero muy cuestionado él y todo los mencionados, muy pero muy cuestionados... Por todo...