Colegio San Felipe Neri: el tour más triste del mundo

02 de diciembre de 2018 12:00 AM

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Así me imagino a los colegios devastados en Siria, o en cualquier lugar del mundo donde haya guerra. Así, como este lugar húmedo y lúgubre en el que se convirtió el laboratorio de ciencias de la Institución Educativa San Felipe Neri, y conste, no hay que ir muy lejos: estamos en el sector Ricaurte del barrio Olaya Herrera, a 6,4 kilómetros del famoso y fotogénico Castillo de San Felipe... pero de Barajas.

Me cuesta imaginar aquel laboratorio fantástico del que me hablaba el otro día Zuleima, mi mejor amiga. En trece años de amistad, me ha contado tantas veces de su amado colegio que ya perdí la cuenta de los cuentos... Y valen todas las redundancias.

Ahora que estoy aquí, al lado de tres sillas desbaratadas, un pedazo de atril, paredes rajadas, pupitres oxidados, y bajo un techo que ya no es techo porque se cayó hace exactamente un año y un día (29 de noviembre de 2017), me acuerdo del cuento de la bruja. Es que en este laboratorio los estudiantes de barrios como Olaya, Líbano o Boston, aprendían de física y química, de microscopios y probetas, pero también construían cuentos fantásticos: “Imagínate que en ese laboratorio había un feto grandecito y un día se nos dio por pensar que ese feto era hijo de una bruja. Y decíamos que la bruja iba a venir a buscar a su hijito, y miércoles, se armó una bulla tan grande, que tuvieron que pedir calma por los parlantes”, me contaba mi amiga.

No sé si la profe Astrid Díaz Maciá, una de mis guías en este tour mañanero por el San Felipe Neri, se acuerde del cuento de la bruja, o de Zuleima, pero sí recuerda perfectamente cómo era el colegio antes: “Esto era una belleza, era hermoso. Era como un paraíso para mí”, me cuenta, mientras veo las columnas corroídas, según la profe, por el abandono del Distrito, que desde hace ocho años, cuando construyeron un bloque nuevo para el colegio, no mantiene las instalaciones “con seriedad”.

Astrid ha entregado media vida a este colegio, con razón le duele tanto. Se siente orgullosa porque llegó en 1987, cuando apenas se fundó. Cuando había jardines de veraneras de todos los colores y cuando los salones no se caían a pedazos. “Esto era una cosa espectacular. Cierro los ojos y me siento en las nubes cuando recuerdo ese pasado”, me dice. Pero le toca abrir los ojos y seguir con este tour, el más triste del mundo por un lugar donde vienen a formarse 1.635 estudiantes en tres jornadas.

Parece increíble, pero las profesoras cuentan que hace unos 30 años, aquí funcionaba uno de los tres Centros de Desarrollo Vecinal que el gobierno de Virgilio Barco construyó en Cartagena. “Cada uno de esos CDV tenía una institución educativa, un centro de salud y un salón comunal, pero con el tiempo eso se fue acabando, como era una política de gobierno, se acabó”, me cuenta otra guía que se une a este tour, la profe Fernelia Peña Pinto. Ella es la coordinadora académica del Colegio y trabaja aquí desde 1987.

Seguimos caminando. A mí me sorprende ver que hay cintas amarrillas de ‘Peligro, no pase’, advirtiendo que cualquier columna, pared o techo se puede desplomar en cualquier momento. A ellas ya no les sorprende, pero les duele en el alma. Pasamos la cinta solo porque Julio (el fotógrafo) y yo les pedimos que nos mostraran los lugares más críticos. Por aquí, una columna que parece roída por una rata gigante, por allá un techo despedazado y más adelante, el laboratorio. Me parece que es la insignia de este olvido, un monumento a la incapacidad del Distrito para garantizar un derecho fundamental que establece la Constitución Política de Colombia: la educación. ¿Cómo puede uno estudiar feliz, pensando que en cualquier momento le cae una lámina encima? ¿O con ese olor intenso a humedad y polvo que se siente en los salones del San Felipe? No sé.

Fernelia, con su voz fuerte de coordinadora, me dice: “En el año 2010 el Colegio estuvo en Nivel Superior (gracias a los buenos resultados de las Pruebas Saber) y nos mantuvimos como cinco años en Nivel Medio, nosotros a partir del año 2015 fue que empezamos con la problemática del bajo rendimiento académico. Hemos estado en la lucha, ahora es más difícil, a los alumnos les falta motivación”.

¿Hace cuánto no le meten la mano al colegio? -pregunto-.

-Ay, mamita, aquí hay que hacer como el lobo: ¡Auuuuuuu! -dice la profesora Astrid-. Di tú unos diez años hacia acá, han hecho cositas. El preescolar no estaba, lo hicieron, y la parte nueva, que tiene como ocho años. Imagínate que al área nueva le dicen ‘Playa alta’ y a la parte más deteriorada le dicen ‘Playa baja’, como en el ‘Desafío’.

Debería, pero no da risa: hay 29 salones y solo se puede dar clases en 13, es decir, 16 están inhabilitados.

¿Y qué es lo más urgente para arreglar?

-No, mami, este colegio en este momento hay que volverlo a hacer. Después de tanta lucha, porque antes de llegar Manolo, ya el Distrito y el Ministerio habían venido a analizar y se dieron cuenta de que esto hay que tumbarlo y hacerlo de nuevo. Cuando llegó Manolo, coincidió con el momento en que aprobaron que el Colegio hay que construirlo. Aparecieron 8 mil millones de pesos y por ahí vinieron a anunciarlo, de eso hay fotos, se iba a empezar hace tres años, más o menos, eso se fue dilatando... que el permiso, que esto y lo otro, y la construcción se va deteriorando más y más.

Pero, hay un gran pero en esta parte de la historia. Las directivas del colegio creían que la reconstrucción se había dilatado tres años por cuestiones como licencias, nada... “Se burlaron de Olaya Herrera, se burlaron del colegio y se burlaron de todos los estudiantes. Todo este tiempo pensamos que se trataba solo de inconvenientes con la licencia y hacíamos diligencias en la Curaduría, pero resulta que no está la plata, que faltan 5 mil millones de pesos”, decía el 24 de noviembre de 2018 Remberto Navas, el rector.

***

Antes de darme el tour, la profe Astrid graduaba a los alumnos de quinto de primaria. Vi a los pequeños sonrientes, felices, con el escudo del San Felipe Neri en el pecho. “Aquí nosotros somos como la flor de loto, estamos en el fango, pero aun así florecemos”, me dijo ella. Y yo le creo.

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