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Como hadas madrinas, mujeres donan su tiempo al Hogar San José

Desde sus residencias en Manga, Bocagrande y Pie de la Popa, se desplazan al barrio Santa Rita, donde queda el Hogar San José, de las misioneras de la caridad de la Madre Teresa de Calcuta.

Allí las esperan muchos quehaceres durante el día que escogen para hacer su obra de caridad: Los 51 ancianos a cargo de las monjas necesitan ayuda para arreglarse, peinarse, vestirse, comer y hasta desplazarse.

Pero no es solo eso, también hay otros quehaceres como arreglar la ropa, tarea de la que se encarga  Alcira Calvo de Fox. “Yo llego los miércoles y empiezo a remendar, pegar botones y arreglar la ropa de los abuelos”.

Mientras, Genoveva de Lecomte se encarga de transportar a las hermanas a hacer las diligencias en las entidades públicas y privadas.

Para Rosa de Fox los miércoles y viernes son sagrados; los dedica al cuidado y atención de los abuelos, y aunque ya por su edad, dice, no puede hacer muchas de las cosas que hacía cuando estaba más joven, hace lo que está a su alcance.

“Ayudo a Alcira a remendar la ropa, les leo un libro a los abuelitos o simplemente les escucho sus historias de cuando eran jóvenes y de lo que hacían, cosa que los anima mucho”, comenta de Fox.

Las Hermanas de la congregación Madre Teresa de Calcuta hablan poco español, tres de ellas son de la India y una es de Perú.

Presentina, la directora, es una de ellas y dice que con la ayuda de las voluntarias  cartageneras las cosas se hacen menos difíciles y los abuelos se sienten muy bien.

“Es muy grato poder contar con personas que aunque no tengan familia acá ni algo que ver con estas personas, decidan regalarse un día y prestar su tiempo a los más necesitados. Ojalá más personas y jóvenes se vincularan”.

Gloria Burbano, una de las gestoras del proyecto, dice que algunas de las voluntarias iniciaron su misión desde que la congregación religiosa estaba buscando una sede para prestar sus servicios.

“En 1995 las hermanas llegaron a una casa en la Calle Bogotá, del barrio Torices y desde allí empezaron a ayudar a la gente, pero el espacio era muy pequeño así que empezamos a buscar un lote en un sector marginado por los lados de Santa Rita y el que nos gustaba era muy caro, pero todos los días pasábamos por allí y me acuerdo que las Monjitas tiraban las medallitas para que se hiciera el milagro y así fue; logramos que el lote nos lo vendieran muy barato.

Después de que conseguimos el lote no teníamos suficientes recursos económicos para la construcción, entonces empezamos la gestión y muy pocas empresas manifestaron su apoyo, pero nunca nos dimos por vencidos y con lo poco que conseguimos y la ayuda de la arquidiócesis de Cartagena y algunas personas como Vicente Martínez Emiliani y José Henrique Rizo Pombo, se pudo construir este lugar”, recuerda Burbano quien desde entonces no ha parado de ayudar y hacer que más personas se unan a la causa.

Gracias a la Divina Providencia, como ellas mismas dicen, y al apoyo de muchas personas y empresas que ahora sí los apoyan, a los abuelitos no les hace falta nada. Tampoco falta la comida que diariamente reparten a unas 42 familias (160 personas) del sector y que todos los días llegan en busca de un plato de comida.

Las ayudas también alcanzan para entregar mensualmente 150 mercados a familias de escasos recursos que viven en el sector.

Historias de historias

Pero no todo es trabajo, las voluntarias también se convierten en testigos de los testimonios y milagros sucedidos a de muchas de las personas que encontraron en el Hogar un remanso de paz y tranquilidad.

Como es el caso de Elvia Aristizábal quien llegó hace seis años al hogar con el estómago hinchado y muy enferma. Tras varios años sola, casi en la calle y sin trabajo, encontró el camino que la llevó donde las hermanas.

“A mi hermano lo mataron y yo quedé sola, enferma y sin trabajo, no tenía con qué pagar la pieza en la que vivía así que muchas veces me tocó dormir en la calle y sin comer. Para ese tiempo empecé a enfermarme y mi cuerpo se fue hinchando.

Cuando andaba en la calle con una bolsa pidiendo comida y casi desahuciada,  un médico homeópata me vio al frente de su casa, se acercó y me ayudó con algunos medicamentos, pero fui agravándome, entonces él me llevó al Hospital y allí los médicos no daban con lo que tenía.

Tras varias semanas en observación conocí a una practicante de medicina que le habló a los doctores del Hogar San José y les dijo que allí me podían llevar cuando saliera, pero yo estaba indocumentada porque me habían robado, y sin papeles, así que las hermanas no me aceptaban, entonces en el Hospital me ayudaron a conseguirlos de nuevo y de esta forma pude llegar a este maravilloso lugar”.

Ana Padilla, voluntaria, recuerda cuando vio por primera vez a Elvia. “Tenía la barriga muy hinchada y estaba muy mal, pero con la atención y cariño de las hermanas pudo salir adelante.

Con el pasar de los meses la hinchazón de su cuerpo y estómago desapareció

Hoy, a sus 49 años de edad Elvia goza de muy buena. Es una de las líderes del hogar, es catequista, profesora, dirige el Santo Rosario todos los días y ayuda a las hermanas en la organización de actividades.

Abuelos privilegiados

Gracias a las donaciones los abuelos gozan además de muy buenas instalaciones.

Existe un pabellón de mujeres y otro de hombres. Además tienen una enfermería y una droguería donde todos tienen una cajita con sus medicamentos.

Una habitación fue acondicionada para cuando un abuelo se enferme no perturbe el sueño de los demás y existe otra habitación para aquellos que ya están muy enfermos, en la que se les prepara con los Santos Oleos,  una enfermera los visita varias veces a la semana y si es necesario el médico también va.

El Hogar también tiene una capilla y un restaurante.  

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