Conversando con el exorcista de la Arquidiócesis de Cartagena

06 de agosto de 2018 08:06 AM

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Para los creyentes, es una lucha eterna la que libra el “Príncipe de la Tinieblas” contra Dios por el alma de los creados: los seres humanos. Guerras, enfermedades y delitos de todos los calibres tienen su origen en la apropiación arbitraria que el diablo hace de las personas.

Por eso, según la Iglesia Católica, la lucha contra Satanás no es cuestión de verborrea, es un asunto serio, un combate sin tregua que necesita de representantes de Dios en la tierra esforzados en mantener una vida íntegra, con una fe férrea para no sucumbir a las tentaciones, para decir no al pecado. Ellos son los sacerdotes exorcistas. En Cartagena hay uno solo reconocido por la Arquidiócesis: Luis Guillermo Correa, de 74 años, miembro de la Renovación Carismática, a la que pertenece hace 38 años y en la que sin proponérselo incursionó en la ofensiva contra Lucifer. 

La lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales, se afirma en el capítulo 6, versículo 12, de la Epístola a los Efesios escrita por el apóstol Pablo, autor de 13 textos de la Biblia.

En este pasaje del libro más leído en el mundo se concentra, según el cristianismo, la explicación a cientos de males físicos y emocionales que aquejan al ser humano y sobre los cuales la ciencia es incapaz de aclarar cualquier cosa. Y en todo ello hay un solo responsable: el diablo. Así lo ha reconocido el Papa Francisco insistentemente, quien, a diferencia de sus predecesores, habla abiertamente del demonio y del combate espiritual contra este “ser que nos hostiga”.

Es tanto su interés en que la gente tome consciencia de ello y su preocupación manifiesta por los infinitos males que agobian al mundo que en el 2014 el Vaticano desempolvó el Concilio Vaticano II (1962 – 1965), que habla del rito exorcista y reconoció jurídicamente la Asociación Internacional de Exorcistas.

Posterior a esto, a la Arquidiócesis de Cartagena llegó el pedido desde Roma de nombrar oficialmente un exorcista y con esto la labor espiritual que venía haciendo el sacerdote Correa hace tres décadas, de manera silenciosa, recobró importancia en la agenda local de la Iglesia, al punto que tiene encomendado formar a sacerdotes jóvenes con esta inclinación de atender los casos difíciles de influencia maligna.

Luis Guillermo Correa es querido entre la feligresía católica cartagenera y el reconocimiento de su carisma traspasa las fronteras, incluso de Colombia. Diariamente en la parroquia María de la Paz, en el barrio Los Corales, atiende hasta 12 personas que llegan allí esperanzadas en su orientación y en la bendición de una oración liberadora que los sane espiritualmente.

Con voz pausada y pacientemente, Correa explica todo lo concerniente al diablo, al pecado, al infierno y al cielo…

¿Qué es el exorcismo?

-Es un rito para expulsar a Satanás de una persona poseída. Parece una definición sencilla, pero no lo es. El significado que está implícito en ella tiene aristas complejas de entender para la mente humana; tanto que algunos solo eligen rechazar de plano todo lo concerniente a ello; otros, en cambio, aceptan que es una verdad de fe, es decir una verdad cuya comprobación está fuera del alcance de la capacidad humana.

¿Cuándo una persona necesita ser exorcizada?
-Hay dos tipos de liberaciones: el exorcismo y la oración de liberación. Se hace exorcismo cuando la persona que se va a tratar está poseída por un demonio. La otra influencia se llama opresión o infestación; en este caso se hace una liberación. La posesión es la más grave.

¿Cuál es la diferencia entre la posesión y la opresión?
-Hay posesión cuando la persona expresamente, de manera voluntaria y consciente, se ha entregado a Satanás y este se apodera de ella.
La opresión es cuando la persona ha estado en brujería o en prácticas espiritistas, o le han puesto una brujería. En estos casos, hay un espíritu malo que lo está oprimiendo, está actuando en la persona, pero desde afuera.

¿De las dos cuál es la más común?
-La opresión. En ésta el diablo o el espíritu malo domina a la persona en un área o en varias, generalmente oprime la mente, la voluntad, las emociones y la parte sexual de la persona.

Si el diablo existe, ¿existe el infierno entonces?
-Hay mucha gente que se la da de muy intelectual o de incrédula, dice que el diablo no existe, que es una simple imaginación o es una fuerza maligna, o es una carencia de la persona humana. La gente no cree en eso, pero es una verdad. Son verdades de fe porque están en la palabra de Dios.

¿Cómo puede definirse al diablo?
-Es un espíritu malo. El papa Pablo Sexto, el 15 de noviembre de 1972, en tiempos en los que había  muchos problemas en la Iglesia, mucha incredulidad y mucha negación del diablo, dijo: Satanás existe, es una entidad. No es como dicen algunos que es una deficiencia. Es un ser real, espiritual, no tiene materia, pero sí tiene una personalidad, es decir, tiene inteligencia, una voluntad y es un ser malvado, pervertido y pervertidor. La pregunta entonces es: ¿cómo entró el mal en el mundo? En Génesis 13 hallamos la respuesta. 

En este pasaje bíblico que usted menciona se habla del árbol de la ciencia del bien y del mal. ¿Qué es lo que representa este árbol?
-Representa la posibilidad de conocer el bien y el mal. El Hombre no puede pretender por sí mismo determinar lo que es bueno y lo que es malo porque depende de Dios, es Dios quien lo ilumina. El problema es cuando usted quiere decir: esto para mí no es malo. Uno tiene que someterse a Dios.

¿Por qué el hombre no puede ser conocedor del bien y del mal?
-Porque es un ser limitado que depende de Dios, es criatura y como tal depende de su creador. Cuando pretende esto se está engañando. El hombre es hombre, no es Dios. El diablo lleva al hombre a pecar valiéndose de nuestra soberbia, de nuestra debilidad, de nuestra curiosidad, de la aspiración de querer ser independiente. Dios nos ha dado la libertad, pero con límites, porque como no soy dueño del bien y el mal corro el riesgo de destruirme.

¿Qué es el pecado?
-El pecado es cuando el hombre se pone por encima de Dios y pretende él mismo hacer de su vida lo que él quiere, no depender de nadie y hace lo que moralmente no está bien. Cuando se rebela contra Dios se está autocondenando.

¿Qué es el cielo y qué es el infierno?
-El cielo es la felicidad de vivir con Dios. Tanto el cielo como el infierno empiezan para cada persona en la tierra y se prolongan más allá de la muerte. Si yo amo a Dios, y obedezco sus mandamientos, voy conquistando mi cielo desde la tierra. Es una cuestión personal, es mi situación ante Dios, ante el mundo. En gracia de Dios se alcanza una tranquilidad indescriptible. Soy realmente feliz. Si me dejo llevar por el demonio y hago el mal y me entrego a los vicios, no soy feliz; aunque tenga dinero, la zozobra siempre va a estar presente. Cuando morimos esa felicidad o infelicidad se prolongará eternamente. Jesús lo dijo, la puerta al cielo es estrecha.

¿Pero el infierno es un lugar físico?
-El infierno no es un lugar, es una situación personal. ¿Por qué no hablamos de lugar? Porque los espíritus no necesitan un lugar, no son seres corpóreos. Ha habido algunos casos en los que Dios ha permitido la visión del infierno. Una, fue a Santa Teresa de Jesús; cuando entró al convento ella trató de desviarse y Dios le quiso mostrar que estaba en peligro y un día en sus oraciones el Señor le mostró el infierno, era una cosa tan asfixiante que aplastaba. A los pastorcitos de Fátima, la Virgen les mostró el infierno para darle un mensaje al mundo: hay que orar por los pecadores. Era como un lago de fuego y las almas caían ahí como caen las hojas de los árboles sacudidas por el viento y allá se retorcían y gritaban; era algo terrible. Infierno sí hay. El que quiera creerlo que lo crea, el que no… Hay que orar.

¿Y más allá de la muerte, a dónde se prolonga la vida? Esa es la pregunta que el hombre no ha podido responder.
-En la eternidad, en Dios. Dios no está en un lugar. Está en todas partes.

¿Cómo incursionó usted en esto de las liberaciones?
-En el año 80, tenía 36 años, llevaba 6 años en el sacerdocio, estaba en Villanueva y me di cuenta de que trabajaba mucho por el Señor, pero al mismo tiempo era consciente de que tenía mis debilidades personales. Trabajaba muy bien, pero cometía errores y pecaba. Le pedí a Dios que me mostrara dónde podía cambiar. Yo esperaba que me dijera: vete a un monasterio o a una montaña, pero cuando oraba  me decía ve a la Renovación Carismática. A mí no me gustaba porque la percibía como una manada de locos, pero al final dije si no hay más remedio... En esa búsqueda, en ese año fui a un retiro espiritual en La Ceja, Antioquia, mi tierra, con el sacerdote Emiliano Tardif, que tenía gran carisma para hacer oraciones de sanación. Él me oró, hice una fila larguísima como de dos horas para llegar hasta dónde él. Fue mi primer contacto con este tipo de oraciones. Me confesó, me absolvió y cuando me levanté me sentí totalmente diferente. Experimenté una paz en mi alma que era como el cielo y una felicidad inmensa, sin ningún asomo de culpa. Esa sensación de completa paz me duró un mes; la lucha es diaria, pero esa vez experimenté el cielo y desde entonces lo he experimentado mejor. Regresé a Villanueva y comencé a trabajar en la Renovación, ahí oramos por los enfermos. Dirigí la Renovación en Cartagena por 36 años.
Yo esto no lo busqué sino que la gente venía y muchos venían con malas influencias; eran personas que habían estado en brujería, mujeres que habían abortado, personas que habían estado en espiritismo.

¿Cuál es el caso más pesado que usted ha manejado?
-Señalar eso es muy difícil. Hubo un caso que fue pequeño, pero grande para mí. Una vez una mamá de la Renovación me pidió que orara por su hijo, que es un abogado. Era joven, ya estaba casado, pero estaba muy descompuesto, entregado al licor, a la parranda y a las mujeres, se estaba como enloqueciendo. Yo lo confesaba, oraba y se iba bien. A los 15 días volvía peor. Al final orando y hablando con él, Dios me mostró que la base de sus males estaba en un anillo que un indio de La Guajira le había rezado para asegurarlo. Le pedí que se lo quitara, lo oré y se sanó, no regresó más. Pero yo de manera inconsciente conservé el anillo en mi escritorio; pasó un mes y yo estaba atormentado; se me pasó a mí lo que él tenía. Sentía calor, ganas de vomitar, sentía que me puyaban todo el cuerpo y mucha rabia. Yo pensé, bueno, qué está pasando, estoy seguro de que no estoy en pecado porque el pecado lo lleva a uno a todas esas cosas. Estaba muy preocupado y le pedí a Dios que  me dijera cuál era la causa. Había orado como un cuarto de hora cuando se me vino a la mente el anillo. Inmediatamente corrí al escritorio, lo mandé a partir, le eché agua exorcizada, le hice una liberación al anillo y me hice una a mí, y hasta ahí. Creo que esas son pequeñas manifestaciones de que el maligno sí existe. He tenido otros casos grandes de personas que han estado en hechicería, en satanismo, que están muy oprimidas. Es muy terrible para algunos porque ya solo pisar la iglesia y se vuelven unas fieras; cuando están endemoniados tienden a agredir. Un lunes festivo, en la casa de oración frente a la Madre Bernarda, llevaron a un joven que apenas me vio revestido con la estola morada se fue contra mí, intentó hasta ahorcarme. Cuando entré al recinto estaba acurrucado en un rincón, se le veía la presencia del diablo en su mirada. Al final, entre todos, lo dominamos y le hicimos una primera oración muy fuerte, en la que se ata al espíritu malo y se le ordena salir del cuerpo de la persona. Estos son casos que ameritan hasta cinco oraciones para estar seguros de que el demonio sale completamente.

¿Cómo se prepara para hacer una liberación?
-Para uno trabajar en la sanación y liberación hay que tratar de llevar una vida muy íntegra y vivir en gracia de Dios. Tiene uno que confesarse, yo lo hago cada mes. Si se me presenta una liberación muy fuerte y he tenido algún disgusto, no la hago sin antes confesarme porque siento que todo lo contamina a uno. Cada día oro dos horas ante el Santísimo. Hago el Rosario a la Virgen. Ella es la más poderosa protectora. El diablo le tiene pavor a la Virgen porque ella es inmaculada y pura. Él no pudo mancharla, ella está sin mancha de pecado, el demonio no tiene sobre ella ningún poder.

¿Quiénes son los que más acuden a usted?
-Las mujeres, los hombres. Todos. Vienen muchos jóvenes, adultos; religiosas a pedir orientación para resolver problemas de su comunidad; sacerdotes también vienen.

¿La Iglesia cobra por ese servicio?
-Es gratuito.

¿Cuántos casos atiende en un mes?
-El número es relativo, pero cada día atiendo un promedio de 12 personas, máximo 14. De lunes a jueves atiendo gente que no es de la parroquia. Hay veces que vienen de los pueblos o de Barranquilla, de Santa Marta o de Montería. Han venido extranjeros también. Los viernes sí los dedico a gente de la parroquia. No todo el que viene donde mí tiene que estar bajo la influencia maligna, no. Puede estar en pecado o enfermo del cuerpo, yo atiendo toda clase de problemas. Cuando descubro que hay influencias malignas, los oro, pero los mando a venir otro día. En el mes dedico un día a la liberación, generalmente los miércoles, porque necesito un equipo para hacerlas. La liberación no la puede hacer un sacerdote solo. En mi equipo hay personas muy virtuosas, espirituales y tienen carismas, por ejemplo, la palabra del conocimiento. Somos 4, tres señoras y yo.

¿Se ha equivocado en algún procedimiento?
-Creo que no porque trato de ser muy prudente, voy despacio y con mucha oración. No todo lo que parece influencia maligna lo es; hay casos de personas que están enfermas mentalmente. Hay problemas de depresión, de esquizofrenia, de neurosis, que podrían parecer opresión, por eso uno tiene que ir muy despacito. Para liberar hay que descubrir por qué el demonio tiene el poder sobre la persona. Cuando se descubre la causa podemos decir que la batalla está ganada.

¿Y cuándo la persona es atea?
-Ahí es más difícil, no se puede hacer mayor cosa porque las liberaciones y el exorcismo se hacen a nombre de la fe. Para una persona que se declara atea y está endemoniada lo más que se puede hacer es orar por ella.

¿El maleficio que le echan a una persona, lo puede coger otra?
-En parte sí. Conocí un joven en Manga, hace unos 25 años. Me pidieron que orara por él, estaba muy grave, tenía unos 15 años, estaba en una habitación en la que no había cama ni nada, estaba tirado en el piso, desnudito y como un esqueleto. Cuando llegué, la mamá me detuvo en la sala para contarme la historia. Ese niño, cuando estaba más niño, amaba mucho a su papá, estaba muy apegado a él. El papá había sido muy bueno, pero llegó un día una mala mujer que lo enamoró y se lo llevó. Esta mujer, para dominar al papá y romper el vínculo con su hijo le hizo brujería a la familia y a partir de ahí el niño empezó a perder el control. Tenía episodios raros, incluso de violencia, sobre todo los viernes, reventaba las cosas, se hacía daño. ¿Por qué los viernes? El viernes es el día en que Jesús murió. A los grandes santos, el demonio los ha atormentado los viernes. El diablo odia a Cristo y odia la redención y trata de vengarse porque Cristo lo venció a él en la cruz.
Entonces el niño se fue descomponiendo y cuando yo fui ya estaba completamente inconsciente. Le hice una oración a él y otra a la mamá para que perdonara a su exesposo. Como a los 5 días el niño murió. Son casos que me hacen pensar que la influencia maligna se puede pasar a otra persona.

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