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Corredor cultural le hace quite a las pandillas

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Una esperanza surge en Pablo Sexto. Varios de los integrantes de la pandilla Samuray lideran hoy un corredor cultural en el que la comunidad tiene puestas las expectativas de que contribuya a un cambio de pensamiento en los jóvenes y en la imagen del barrio.

En la calle 1º de mayo, la misma en la que en septiembre Los Samuray y los Matarratas (del barrio Palestina) se enfrentaron por varios días consecutivos se está llevando a cabo la actividad cada domingo.
La jornada empieza desde tempranas horas con la supervisión de Harold Herrera Pérez, fundador y director de la fundación cultural Llamarada y gestor de la idea de “cambiar las armas por expresiones culturales”.
Los dos muertos y los heridos que dejaron las peleas de septiembre, en ambos bandos, aparte de los cerca de diez jóvenes que han muerto en los últimos años por riñas callejeras pusieron el dedo en la llaga de los corazones de varios de los muchachos que por diversas circunstancias se han colgado a sus espaldas el rótulo de pandilleros.
“No es que no nos importe. Claro que queda un remordimiento en nuestras conciencias por los que se han ido, pero la vida que nos tocó es esta. Cuando uno de los compañeros cae se entierra con dignidad y se sigue pa’ lante”, dice Jeifri Peña, con cierto tono de reflexión.
“Es que la gente cree que todo el que está en una pandilla lo está por gusto y no es verdad, en barrios como este hay que ser un guerrero para sobrevivir. Esto de las pandillas es un sistema de defensa y no es de ahora, esto viene de generaciones. Algunos se salen otros quedan y otros entran nuevos. Claro que esta es una vida dura, por eso la queremos dejar”, cuenta Mauriet Cervantes, quien sabe perfectamente lo difícil que puede llegar a ser la vida en una cárcel porque por varios años estuvo allí por algún delito que no quiso contar. Tiene 35 años, es padre de una niña que no vive en el barrio, su piel es oscura, su cabello es ensortijado y rebelde, las expresiones de su cara son frías y además tiene varias cicatrices de las que insistentemente dice que son el resultado de un accidente de moto y no de peleas; en fin, su aspecto físico parece identificar su estilo de vida, por eso él es franco al hablar de las pocas oportunidades que cree tener para un futuro mejor.
“A uno de lo que más le puede salir trabajo es en albañilería y hasta para eso piden muchos papeles que uno no está en condiciones de reunir, si uno se aleja del barrio, siquiera dos cuadras, se encuentra un enemigo o la policía empieza a molestar. ¿Qué más queda? Sentarse en esta esquina del barrio y ver pasar la vida. Yo no quiero estar así por eso cuando Harold nos habló del corredor cultural quisimos apoyarlo. Nos gustaría que alguien se interesara en lo que estamos haciendo y vinieran a filmarlo para que el resto de la ciudad empiece a cambiar la imagen que tiene sobre nosotros”, expresa Mauriet.

RETRIBUCIÓN A LA VIDA
Por su parte Harold intenta comprender el mundo en el que están sumergidos estos muchachos y lanza su propia teoría, la misma de la que alimenta su fe para creer en ellos y para no desfallecer en un trabajo que inició hace once años cuando aún era un estudiante de Artes Escénicas en Bellas Artes y se le ocurrió la idea de fundar Llamarada.
“Si una persona no tiene oportunidad de integrar un grupo cultural, deportivo de cualquier otra índole que sea sano; además se siente rechazado, además siente el peso de la pobreza porque tiene hambre y no tiene dinero, si desayuna no almuerza, no es descabellado pensar que su cabeza se nuble con pensamientos violentos. Todos deberíamos hacer algo, desde el tipo de vida que nos tocó vivir, para transformar de forma positiva el mundo. Esta es mi forma”.
Con Llamarada ha trabajado siempre con los muchachos de Pablo Sexto, donde vive, y con niños y jóvenes de otros sectores de las faldas de la Popa, a los que les enseña el arte de los zancos, del teatro y los títeres. Su trabajo es apreciado en los desfiles festivos de noviembre y en diversos escenarios privados donde los chicos se presentan ocasionalmente.
El objetivo del corredor cultural es extender estas artes a más niños y jóvenes, ya no desde un espacio cerrado, sino por el contrario en un espacio abierto, donde la cultura y también los deportes desplacen por completo el odio y sus consecuencias.
“El corredor va encaminado a lograr un cambio de mentalidad en los chicos, que tengan algo provechoso en qué pensar e invertir su tiempo, desviarlos de la droga, de la delincuencia, despertarles el gusto por el arte y los deportes”.
La persistencia de Harold Herrera en Llamarada y ahora en el corredor cultural de Pablo Sexto es retribuirle a la vida haber superado las etapas duras de su infancia y adolescencia.
Su mamá murió cuando apenas tenía dos años quedando al cuidado de su abuela y tíos maternos. “Fueron años duros, de trato hostil, en los que no quiero hacer mucho hincapié porque son heridas que en familia estamos tratando de cerrar. El rencor sólo trae destrucción, cuando uno comprende eso, entiende que la mejor opción es el perdón”.
El equivocado trato que recibió lo llevó a ser un gamín, a los 14 años, luego que su abuela murió. Durante dos meses vivió en la calle merodeando los restaurantes para comer y durmiendo en los barcos que atracaban, por aquella época, en el muelle de Los Pegasos. Sin embargo, su vida no le pertenecía a las calles. En ese devenir, gracias a una vendedora de fritos, conoció a su abuelo materno, nada más y nada menos, que Lucho Pérez, el compositor de temas musicales inolvidables como La Cadenita y Getsemanicense.
“Mi abuelo tuvo 30 hijos con diferentes mujeres y al conocerme me llevó a vivir donde Blasina, uno de sus amores. Vivo agradecido porque en Ceballos mi vida tomó un nuevo rumbo, regresé al colegio, pero claro ya venía con unos comportamientos inapropiados, adquiridos por la vida que había llevado; y ellos por mucha voluntad que tuvieron no se detuvieron a esculcar el origen de mis equivocaciones y terminaron cansándose de mis errores. A los cinco años volví a vivir con la tía materna con la que vivía en la infancia y cuando ya tuve edad para decidir qué quería hacer, entré a Bellas Artes, luego me casé y formé mi propia familia”.
Llamarada para Harold Herrera no es un trabajo ni un sustento de vida, ese lo gana desempeñándose con docente en algunas instituciones. “La fundación para mi es una bocanada de aire fresco en medio del ambiente espeso, enrarecido que respiramos a diario en barrios como este. Estoy contento con ellos (los pandilleros) porque cada domingo son los primeros que salen a barrer la calle y a colaborarme en lo que se necesite”.
Para un cambio radical en barrios como Pablo Sexto, los mismos jóvenes aseguran que hace falta la sumatoria de más fuerzas.
“Algo bien importante que hace falta en este barrio y que contrarrestaría bastante las pandillas sería una campaña seria para traer educación superior a los jóvenes desocupados, que no nos juzguen de entrada por nuestra apariencia, que no dejen de mandar a la Policía a hacer sus turnos de vigilancia, pero que también envíen personal comprometido de la Secretaría de Educación a entregarnos cupos y becas estudiantiles”, precisa Luis Fernando Evans.
Por lo pronto la esperanza reina de que el corredor cultural dé sus frutos hace ver una perspectiva a futuro diferente.

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