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Crónica del hombre más viejo del mundo

El hombre venía en dirección contraria a nosotros en la plaza de Montería, vestido con una guayabera azul de cuatro bolsillos, y una hebra de su cabello blanco plateado la había sacudido el viento.

Honorio Tatis, mi padre, me dijo en voz baja que ese señor delgado y enérgico, se llamaba José Santander Suárez Brango, de Momil, director del periódico Ecos de Córdoba, y había descubierto al hombre más viejo del mundo: a Javier Pereira, un indígena de Tuchín, nacido en 1789, y cuando lo conoció tenía 167 años. Yo no había nacido cuando descubrieron a aquel hombrecito bajito de piel de majagua, que vivía bajo la copa de un árbol, se alimentaba de bocachicos y fumaba como un barco. Pero pensé que mi padre me estaba inventando un cuento desmesurado: ¿167 años?

Lo cierto es que a medida que me contaba el cuento de la vida real e inverosímil de Javier Pereira, el hombre más viejo del mundo, el periodista José Santander Suárez, su descubridor, desvió el rumbo de sus pisadas, y las palabras que lo nombraban con tanta fuerza, lo encaminaron hacia nosotros.

“Papá, no hable más de ese señor que se nos viene encima”, le dije a mi padre, y de repente, el señor José Santander Suárez Brango estaba frente a nosotros, regalándonos un ejemplar de la última edición de Ecos de Córdoba. Mi padre, emocionado y aturdido por aquella prueba de su telepatía sin hilos, me presentó como su hijo menor, y el periodista me tocó el hombro con una efusividad desconcertante.

Poco tiempo después, en doce años de residencia en Montería, la vida me tropezaría más por causalidad que por casualidad, con aquel señor que había descubierto al hombre más viejo del planeta. Lo curioso es que su saludo siempre estaba acompañado del último ejemplar de su periódico, en el que publicó la noticia de Javier Pereira. Se enorgullecía el periodista que a raíz de la noticia de su personaje descubrierto, Javier Pereira fue Recórd Guiness, y a raíz de su muerte, en 1956, a la edad de 168 años, se hizo una estampilla en su honor.

Santander Suárez llegó a sentir que su hallazgo le pertenecía tanto, que cuando la Compañía Robert Ripley llegó clandestinamente al Sinú a comprobar aquella noticia prodigiosa, se llevó al personaje, sin avisarle a José Santander Suárez y lo llevó en avión, como una criatura sobrenatural que se convirtió en espectáculo público en Nueva York.

Al enterarse de aquello, Santander Suárez denunció a la Compañía Ripley, en Estados Unidos, buscó un abogado e impuso una demanda por ciento sesenta y seis millones de dólares. Un millón por cada año de vida de Javier Pereira. Aquel delirio que rebasó las fronteras, lo llevó a escribir un editorial: ¡Javier Pereira es mío!

Ya Robert Ripley había muerto, pero sus emisarios habían heredado la pasión de lo insólito y atravesaron mares, ríos, y pantanos para encontrar bajo un árbol, a un hombre pequeño, de mirada imperturbable, descalzo, a pie pelao, de hilachas negras y blancas como de algodón pegadas al cráneo. Lo convencieron de que fuera a Estados Unidos, porque era el único caso de un hombre en el mundo que había llegado a 167 años. La Compañía Ripley no lo creyó hasta que los médicos americanos lo examinaron de pies a cabeza y dijeron: tiene 167 años. Es un caso único.

Y le preguntaron con incredulidad, por qué había durado tanto, y Javier Pereira, sin parpadear, les dijo que no se preocupaba por nada, que en el Sinú donde había nacido, bebía mucho café y fumaba un buen cigarro. Y bastó que lo dijera para que las empresas de cigarrillos y café, utilizaran sus palabras para asuntos publicitarios. Los de la Compañía Ripley le compraron un saco de color oscuro que resaltaba el misterio de su edad y su halo sobrenatural.

Bailaba en su flacura en aquel saco. Dejó babeando al público cuando dijo que había conocido al general Bolívar, que le pareció un tipo enérgico y buena persona, y también de paso por Cartagena, había conocido al general Pablo Morillo, que le pareció un tipo terrible y antipático. También contó que la gente se estaba muriendo de hambre en aquellos meses del sitio de Morillo, y en la desesperación de la sobrevivencia, la gente de Cartagena había tenido que comer carne de gato.

Aquella criatura desconcertante, nacida en Tuchín, en 1789, el día de San Francisco Javier, era hijo natural de Pedro Ayala y Juana Pereira, y murió el 30 de marzo de 1958, a la edad de 168 años, en Montería, según lo precisa Toño Sánchez.
Pensé que mi padre estaba desvariando cuando me contaba aquella historia.

Y creí que aquello tenía que ver con su afición a los estudios de magia por correspondencia, que llegaban en un paquete a nuestra casa de la calle 31 con 7 en Montería. Pero cuando tuve la suerte de ganar un premio de cuento a mis catorce años, organizado por la Extensión Cultural de Córdoba, le pregunté a los escritores mayores, si era cierta la existencia de aquel hombre de 167 años. No solo era cierta, sino que le había dado la vuelta al mundo.

Ahora, yo soy el viejo curioso que pregunta por aquellas cosas y ha contactado a Hernán Suárez, hijo del periodista José Santander Suárez, en el Sinú, y a Mateo Blanco, vinculado a la Compañía Ripley en los Estados Unidos, para comprobarlo.

“Es cierto”, me dice Mateo Blanco. “En 1955, el presidente de la compañía Ripley viajó a Colombia y descubrió a Javier Pereira, que se cree es el hombre más viejo del mundo. ¡Con una edad reportada de 167 años!

La noticia recorrió el mundo, y la Miss Colombia, Luz Marina Zuluaga y el joven periodista García Márquez salieron a buscar a aquel personaje. En aquellos años, Douglas Storer, presidente de Believe it or Not, Inc, que era la empresa matriz de Ripley, recorría Sudamérica en busca de extrañas e inexplicables| rarezas para el Ripley’s Museum, en Florida. Storer se enteró de Javier Pereira y pasó por Colombia para ganar al viejo para él. Le debió haber gustado lo que vio, porque poco después, Storer voló a Javier Pereira a Nueva York para lo que sería un exámen médico. Pero por exámen médico, Storer también quiso decir espectáculo.

Hordas de prensa esperaban en la pista de aterrizaje a Javier Pereira. Y más tarde, el personaje desfiló por la Quinta Avenida sobre un Rolls Royce, mientras los neoyorquinos se volvían locos. Los documentos de Estados Unidos etiquetaron a Pereira como el descubrimiento de Douglas Storer. Allí salió la demanda de José Santander Suárez por 167 millones”.

Epílogo

Javier Pereira no se cansaba en decir que le gustaba masticar granos de café y que ocasionalmente, elegía un buen cigarro. Al parecer murió de viejo, aunque los médicos dijeran que de insuficiencia cardiaca.

Hernán Suárez me envió en estos días de octubre, fotos de su padre, de frac, y de Javier Pereira, empequeñecido, sentado en un banquillo, con un sombrero de fieltro y una corbata, y con zapatos de cuero. Los ojos pequeños de Javier Pereira eran como los ojos de una ardilla, con un brillo sereno, y no se les ven arrugas.

Mi padre Honorio, intimidado por su propia magia, descubrió que al nombrar a José Santander Suárez, descubridor de Javier Pereira, le desvió el rumbo de sus pisadas, y vino hacia nosotros. Y de pronto, sin yo esperarlo, me puso la mano en el hombro, como si esperara esta crónica.



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Comentarios

interesante

Interesante y apasionante cronica, se quedo corta , el tema daba ara mas , valdria la pena una segunda con mas detalles del hombrecillo de marras.

Era una epoca donde no habia

Era una epoca donde no habia contaminacion las aguas de los rios era pura los alimentos del campo no tenian pesticidas y la gente no agonizaban mucho en el cotidiario de la vida