Cuando duele mucho más que el cuerpo

22 de octubre de 2017 12:30 AM

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A Juan le duele el corazón. O no exactamente el corazón… ¿le duele el alma? Yo no sé si a uno puede dolerle el alma, el caso es que Juan padece un despecho crónico que le ha vuelto trizas los nervios y por ahí derecho la autoestima. El desamor de Juan es como una incertidumbre infinita, un miedo sordo a que su ex, que se convirtió en ex hace más de tres años, nunca lo vuelva a amar.

A Pachita le dolía tanto el talón izquierdo que ya no era capaz de dar un paso, no dormía, no comía ni el pescado frito con yuca harinosa que tanto ama, no más le provocaba llorar. Imagínese que usted camina sobre un valle donde no hay arena, sino miles de alfileres, bueno, así, pero peor sentía doña Pachita día y noche por culpa de una enfermedad llamada espolón.

Ella tiene 88 años (la delatan la cantidad de verruguitas de su cara y ya no se acuerda en qué año nació), él tiene 29, y uno pensaría que no tienen nada en común, pero en realidad sí, y mucho: los dos son pacientes de la Clínica del dolor.

Un lugar para curar el dolor
Médico hace treinta años, docente de la Universidad de Cartagena con un doctorado y una maestría en neurociencias, y especialista en el manejo exclusivo del dolor, el doctor Freddy Pomares Herrera es el indicado para responder dos preguntas que me quedaron sonando tras conocer a Juan y a Pachita: ¿qué son las clínicas del dolor? ¿Cómo así que en el mismo lugar tratan un dolor tan físico como el espolón y otro tan ‘intangible’ como la tusa?

Lo primero que me explica el doctor Pomares es que el dolor existe para dos cosas, fundamentalmente: una, como una alarma de nuestro organismo para decir que algo está mal y dos, para evitar un daño mayor en caso de una lesión. Por ejemplo, si te fracturaras una pierna y no te doliera tanto, seguro seguirías caminando y aumentaría el daño.

Cuando no escuchamos esa alarma, entonces el dolor deja de ser un síntoma y se convierte en una enfermedad, se vuelve constante y tan rebelde que no te deja vivir en paz. Ahí es donde surgen las clínicas del dolor.
Estas unidades especializadas aparecieron en Estados Unidos durante en los años 60, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los médicos se dieron cuenta de cuán complejo era tratar el dolor crónico y que era necesario crear equipos multidisciplinarios para tal fin.

“Los pacientes que vienen a estas clínicas son los pacientes crónicos, que han pasado ya por muchos hospitales y muchas urgencias, en los cuales el dolor es la enfermedad principal, que los limita y los deprime. Le bloquea todas las actividades normales de la vida diaria”, explica Pomares.

Doña Pachita me dice que estuvo “caminando sobre alfileres” durante quince días, y que ya en últimas pedía llorando que la llevaran a la clínica del dolor. “Ya yo había estado aquí antes –me dice, acostada sobre una camilla-, y se me había pasado el dolor, pero me descuidé, volví a sentirme mal y el día que regresé fue cargada. No podía ni pensar en dar un paso”.

Y Juan, el pobre Juan, dice que pasa comprando ropa que al final ni usa. Que ya no sale a divertirse y que todo le sabe a... nada. Es como si la vida se hubiera vuelto desabrida y tan exasperante que ya no quiere ni trabajar. Hubo una época que ni dormía y tanto dolor del alma estaba empezando a calar en su bienestar físico.

“También manejamos esa angustia, por eso tenemos psicóloga. Verás, es muy importante saber que el dolor puede causarse por varias vías y un dolor somático es, por ejemplo, la pérdida de un ser querido, o el desamor, ese dolor entra por la parte afectiva, no por un maltrato físico… entra por los sentimientos y se activa todo: taquicardia, depresión, llanto incontrolable, ansiedad, no te da apetito, aparece la diarrea. Y no es un dolor físico, pero es muy profundo. Son diferentes sensaciones que conllevan dolores físicos y si no se les presta atención pueden volverse algo crónicos”.

Así que el dolor de Juan puede no ser tan físico como el del señor Gonzalo -otro paciente-, un químico moreno, de cabello, cejas y ojos grises, pero sí puede terminar dañando su cuerpo.

¿Cuántos años tiene usted, señor Gonzalo?
-Eso es un secreto profesional –ríe-.

Está bien, lo acepto.
-Tengo ochenta años –vuelve a reír, porque alguien le dice que parece de 60.

¿Por qué está aquí?
-Tengo reumatismo, artrosis y problemas musculares.

Lo diagnosticaron hace unos veinte años y llegó un momento en que el dolor era tan insoportable, que girar una llave para abrir un clóset se había convertido en un cruel desafío. Ya no sentía confianza en sí mismo, estaba frustrado.

También me hablan de una señora, Cecilia, que vivía con dolor de cabeza, pero no cualquier dolor de cabeza. Era una migraña maldita, que no la abandonaba ni un minuto –me cuenta Esperanza, la administradora de la clínica-, tenía que dormir en un cuarto oscuro y cuidadito que pusieran música a su alrededor. “El primer día, duró media hora sin sentir dolor y ella no se cansaba de agradecer, porque eran los primeros 30 minutos en mucho tiempo que pasaba sin dolor”. Luego fue una hora, luego dos, luego 24 y por fin el dolor se ha ido”.

Aquí tratan también a los enfermos terminales, que padecen dolores casi inhumanos. Para el doctor Pomares, hay pocas cosas más gratificantes en la vida que devolver la tranquilidad a una persona que sabe que está a punto de morir.

Antes de despedirme, Pachita dice que cuando uno siente un dolor así, tan intenso, conoce el infierno, y que de allá no se sale tan fácil, pero cuando logras salir, puedes entrar un ratito al paraíso.

Me despido y no sé por qué ahora siento que Juan no le cree a las canciones que dicen que de amor nadie se muere.
 

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