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Cuando la historia se vuelve novela

Las novelas pueden reconstruir los intersticios del tiempo y la vida de la humanidad, luego de sumergirse en todos los documentos posibles, para encontrar en el laberinto del conjunto, el lejano eco de la existencia que nos devuelva lo que la historia escrita soslayó.

La novela de Arturo Aparicio Laserna (Bogotá, 1947), “Pedro de Heredia: la maldición del oro y la espada”, es la prueba de que la escritura tiene que vencer la dureza muchas veces hermética de las estadísticas para hallar el alma de los episodios que tejen los días y las noches de un ser de carne y hueso convertido gracias a sus desatinos y aciertos, en personaje de novela. El autor de esta novela tardó seis años en reconstruir la travesía del conquistador Pedro de Heredia, sus amores y desventuras, su arribo a Cartagena de Indias y su naufragio en España. Nunca apareció su cadáver, lo que avivaría la imaginación de otro escritor de ficción para suponer que jamás naufragó, sino que se inventó su propia muerte para escapar de su destino trágico en América.

La novela de Aparicio Laserna, publicada por Editorial Planeta en 2017, fluye en 414 páginas y en 28 capítulos. Para narrar cada instante de la vida de Heredia, el escritor Arturo Aparicio consultó todo lo que se ha escrito sobre el personaje, desde los documentos, biografías, tesis y ensayos, que aparecen en su nutrida bibliografía de la página 401 a la 411.

En Madrid, ciudad natal de Heredia, en donde había 3 mil habitantes, resuenan los cascos herrados de los caballos y las ruedas de las carretas, cuando él intenta huir de la justicia en 1520. “Felipe II la convertiría años después, en 1561, en sede oficial de la corte, capital de sus estados y centro de un vasto imperio en cuyos dominios no se ponía el sol” (pág. 50).

El río Guadalquivir, con sus 87 kilómetros de estuario, apestaba en sus orillas. Por Sevilla deambulaban por aquellos días, en el puerto, mendigos, caballeros, moriscos, indios y negros, curas, prostitutas y aventureros tras el espejismo del oro. La precisión es una de las virtudes del cronista y del novelista. Uno siente que Aparicio Laserna está allí, al pie de los acontecimientos, del paisaje y de la palpitación de sus habitantes. En toda su vida como médico ginecólogo, jamás perdió la pasión secreta de la historia. En su batalla contra el tiempo, escribía su segunda novela, nutrida del espíritu dramático de Cartagena de Indias.

La descripción del viaje entre Sanlúcar de Barrameda hasta Sevilla, me llevó a recordar mi travesía por el río Guadalquivir, en mi  viaje a España, en 2012. Un río cantado por poetas no es en verdad un río espléndido. Arrastra impurezas como casi todos los ríos poetizados. A medida que viajaba, pensaba en García Lorca. Y al ver la Torre de Oro en Sevilla, pensé que todo ese oro vino de nuestra América, y en especial, de Cartagena de Indias. Hoy deslumbra a los viajeros del mundo.

El novelista nos describe a los tripulantes del barco de Heredia, y al mismo aventurero que se une a Constanza Franca, una mujer que ha enviudado dos veces, y le pide su dinero para emprender el viaje hacia Cartagena de Indias. Era propietaria de una hacienda en Prado de San Jerónimo, en Madrid, y había heredado una fortuna, de la cual Heredia utilizó dinero para pagar deudas y encarar sus líos con la justicia de la época. Precisa Aparicio que la aventura de Heredia se hizo más por coraje que por “conocimiento mismo de la navegación”. Heredia se basó en las rutas que le entregó la Casa de Contratación, y se comprometió traer a su regreso un detallado informe de lo que encontraba en América: vegetación, fauna y flora, qué pájaros volaban en el cielo americano, qué peces nadaban en las aguas del Caribe. Los conquistadores eran muchachos jóvenes ilusionados con enriquecerse antes de regresar. Muchos de ellos, eran soldados desempleados que habían luchado en la guerra de reconquista ibérica contra los infieles, señala Aparicio. A estos capitanes osados, traviesos y soberbios que no terminamos de conocer en sus vidas secretas, les rendimos culto en América, quinientos años después.

Antes de zarpar se dejaba de último, el embarque de alimentos. La carga podía llegar a pesar 30 y 50 toneladas. El barco donde viajaba Heredia era una carabela de origen portugués. “Las maderas de las naves crujían mientras, perezosamente, la nave se iba enrumbando” (pág. 60).

El novelista devoró todo lo posible: la extraordinaria biografía de la española María del Carmen Gómez sobre Pedro de Heredia; los cuatro tomos de la Historia General de Cartagena, de Eduardo Lemaitre; “La llave de las Indias”, de Nicolás del Castillo Mathieu; y “Biografía del Caribe”, de Germán Arciniegas, entre otros.

Este es el tono del libro: “Cada día en el barco traía sus sorpresas. No obstante, reinaba también una rigurosa rutina de trabajo. La navegación oscilaba entre la ciencia y la intuición” (pág.67).

La descripción de cómo Heredia percibe la desnudez de las indígenas, desde la perspectiva europea puede ser controvertible. La justicia española castigaba “la cohabitación con una india que no fuera bautizada. Las indias eran generosas. No tenían cohibiciones respecto al sexo, la desnudez era lo normal. Experimentó un sexo que nunca había tenido en su tierra natal. Las indias estaban predispuestas a entregarse y bautizarlas solo exigía una ceremonia sencilla” (pág. 85). Me queda la pregunta en desacuerdo: ¿Estaban predispuestas?

El novelista nos describe como un testigo de primera línea cómo fue la empresa desmesurada y delirante de la Conquista de América: “Para viajar se exigía una reputación intachable y una prueba de religiosidad. Se excluía a judíos y musulmanes y también a judíos conversos”. La novela fluye hasta el final, con un ritmo narrativo verosímil y contagioso.

Al llegar a Calamari, Heredia tuvo el pálpito de que era el mejor sitio para fundar una ciudad. Los amores tormentosos con la India Catalina figuran en uno de los capítulos. Los juicios a Heredia. La descripción minuciosa de cómo eran aquellos tiempos: el paisaje, la historia, la humanidad. El mar aquí, nos devuelve página a página, sus inesperados colores.
 



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