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Cuando la música se escuchaba en cassettes...

Cuando tenía 9 años, me gustaba jugar con el tocadiscos de mi hermana, ponía una moneda de a 50 en el brazo para que se oyera mejor el disco de Woodstock que mi primo Ricardito le había traído de Estados Unidos.

Ella nunca se dio cuenta de ello y de vez en cuando ponía el aparato y escuchaba la música de su agrado, tres álbumes de Gigiola Cinquetti, de Piero y de Engelbert Humperdinck.

Y eso que en esa época no usábamos los teléfonos portátiles para oír la música estridente que ahora les gusta y la moneda de a 50 desapareció, nadie sabe lo que es un Long Play o no conciben la vida sin un celular.

En aquel entonces, nos contentábamos con unos cuantos bloques de madera y el invaluable tesoro que escondía la mesa de noche en la que mi hermana guardaba sus recuerdos más entrañables.

Los muchachos de ahora no saben de acetatos y los tocadiscos son una pieza de museo, a la que acuden unos cuantos fanáticos para disolver sus nostalgias.

La moneda de a 50 ya no la sacan y no se necesita para escuchar bien a cualquier cantante. Basta con sintonizar bien el celular y está la magia. El tocadiscos es un aparato que se esfumó en la vorágine de la tecnología. La música en toda su dimensión y con todo su colorido.

El Kilométrico y los cassettes
En un tiempo, la cinta de los cassettes era rebobinada con un lapicero azul que todos llevábamos al colegio. Así escuchábamos nuestra música. El cassette duraba una hora, media de cada lado y en él cabían 2 discos LP. Llevábamos nuestras inmensas grabadoras a todos lados.

Así nos enamoramos oyendo al baladista de nuestra preferencia y les mandábamos a nuestras novias un cassette grabado por nosotros del disco que nos gustaba a ambos.
A veces, la cinta se enredaba y con mucha paciencia, la sacábamos de la grabadora y rebobinábamos el cassette con el Kilométrico azul de Paper Mate.

Eran lapiceros interminables que nos compraban a principios de año donde el Niño Luis, en la calle del Sargento Mayor.

Yo dormía en un altillo de madera de dos cuartos que había en mi casa, donde recibía las visitas. Uno de mis cassettes preferidos era uno que oía pensando en una muchacha que vivía a unas cuadras y que me gustaba mucho. Tenía a Richie Ray, a Roberto Carlos y a Julio Iglesias. La grabadora era de mi hermano, uno de los dos.
Muchas tardes, desenredé la cinta del cassette usando un Kilométrico.

La máquina de escribir
Aprendí a usar las teclas en una vieja máquina que me regaló mi hermano, no sin antes regañarme muchas veces porque la usaba sin permiso. En la azotea de la casona grande de Santo Domingo, donde transcurrió mi niñez, había un casquete oxidado que alguna vez fue una máquina de escribir y desde cuando recuerdo, siempre jugaba con ella.

De la vieja máquina de mi hermano, que había sido de mi padre, según supe después, salieron el primer periódico que dirigí en mi vida: El Estudiante, en la Universidad Libre, colegio de bachillerato donde estudié por la época en que estaba en sexto de bachillerato la hoy senadora Daira Galvis, quien hacía teatro, como yo.

Las computadoras y el programa Word reemplazaron a las viejas máquinas de escribir, pero jamás podrán imitar el golpeteo que acompañó mis primeros años de periodista.

Recuerdo las de El Liberal, en Popayán; y las de El Universal, de la calle San Juan de Dios.

La televisión sin control
Cuando estaba pequeño, solo había dos canales y los cambiábamos mediante una clavija que hacía mucho ruido.

Así nos acostumbramos a ver al Señor Spock y al doctor Smith con unos minutos de diferencia.

No veía la hora de salir del colegio, para ver Ultra Man en el aparato incómodo al que todos mirábamos con respeto y que ocupaba casi media sala. Era un armatoste que ocupaba casi un metro de profundidad, porque la imagen salía en un tubo de rayos catódicos.

Lo mandábamos a arreglar cuatro o cinco veces, hasta cuando solo servía para jugar a los computadores.

Seguramente los niños de ahora se burlarían de las luces que salían de la nave de “Perdidos en el espacio”.

¿Adónde van?
Todos estos y otros aparatos, como la alcancía de la Caja Agraria, la cartilla La Alegría de Leer y los telegramas desaparecieron un día y nadie sabe qué se hicieron. Lo único cierto es que no se usan. ¿Adónde fueron a parar? ¿Acaso, como dice Silvio, flotan eternos como prisioneros de un ventarrón?
¿Acaso se van? ¿Y adónde van?



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