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Cuando llueve la incertidumbre

Por: Santiago A. Chaves
Especial para El Universal

Subiendo las escaleras resquebrajadas del barrio Lo Amador, es muy fácil pasar de largo sin mirar siquiera la casa de los García: está casi escondida entre otra casa y una pila de escombros, ramas y cintas de ‘peligro’, en lo que solía ser parte de su terraza.

La entrada de la vivienda está tapada por  más cintas de ‘peligro’ y tendederos llenos de ropa húmeda, los cuales dan la impresión de estar cuidando la casa. Uno tiene que agacharse y dar un paso adelante para llegar a la puerta de los García.

Aquí es donde nos recibe Yarima Padilla García, quien nos muestra su casa. Al entrar, hay una sala con paredes agrietadas llenas de adornos misceláneos: ángeles, delfines, relojes y hasta un cuadro de ‘Te quiero mucho madre’. Un abanico viejo se esfuerza por botar aire fresco en el fogaje de la sala y un pequeño televisor solo da una imagen gris intermitente.

Yarima nos conduce por un corredor tapado por una tela rasgada y rodeado de más paredes fisuradas. A un lado están unas cinco personas apretadas en un cuarto, viendo televisión, mientras que al otro está una estufa con varias ollas hirvientes. Al fondo hay un patio estrecho cubierto de moho: ‘‘de aquí sale agua cuando llueve’’, dice Yarima, apuntando a un hueco en la pared. Después de mostrarnos la vivienda, ella se sienta en la entrada y mira el cielo nublado con inquietud.

En la madrugada del pasado 9 de mayo, Yarima estaba en su cuarto con su madre cuando escucharon un golpe duro. Salieron corriendo de la casa con sus familiares y vieron que la terraza se había desplomado bajo la lluvia. Contemplando los escombros, los García no pudieron hacer más que entrar a la casa e intentar dormir, pero esto se les hizo imposible. La ansiedad los mantenía despiertos.

Nada de esto es algo nuevo para ellos: el problema lleva sucediendo unos diez años. La terraza fue solo el comienzo: el resto de la casa está llena de grietas y rajas. Además, con la lluvia, el agua que corre por un canal vecino los inunda. La realidad es que la casa puede caer en cualquier momento. Los García conviven con el peligro.

La vida no es fácil para los García, día y noche están prevenidos, en cualquier momento puede llover y destruirse más y más su casa, que parece no soportar una gota más. La familia tiene una bolsa con documentos indispensables, como cédulas de ciudadanía y registros civiles. Tienen que estar preparados para evacuar rápido en caso de emergencia.

La matriarca, Ana Modesta Muñoz, una señora de 90 años, se rehusa a irse de su casa, afirmando que los doscientos mil pesos que el gobierno les otorga como subsidio no les alcanzan para acomodar a los trece integrantes de su familia de los cuales doce son mayores de edad. Irse de su casa implicaría costos agregados de arriendo que ellos no pueden pagar. En la vivienda, solo dos personas trabajan por el salario mínimo: uno como panadero y el otro como guardia de seguridad. También está la sobrina de Yarima: una pequeña de seis años que sufre de parálisis cerebral.

Epílogo
Oigo decir que en otras casas las grietas son tan grandes, que la luz de los cuartos y salas se filtra y entonces desde la calle se puede ver todo.

Y vuelvo a pensar en Los García... En los extremos de esta familia hay dos mujeres: una tiene 90 años y la otra 6. ¿Podrían ellas correr para salvarse en una inminente emergencia? A todos les da miedo. Y, ¿cómo no? Es realmente impactante ver a esta familia vivir en tal estado de riesgo. Cuando las grietas en las paredes empiecen a ceder, la familia... ¿podrá defenderse? ¿Les dará tiempo de huir? Los García saben el peligro bajo el cual viven, pero si la ayuda que les están dando no es realmente ayuda, ¿a dónde más pueden acudir?

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