Cuando no hacen falta las palabras…;

29 de octubre de 2017 07:00 AM

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Llegar y cambiar el mundo. No todo el mundo, uno pequeño, el de su trabajo. Eso lo logró en solo unas semanas. La espontaneidad de María José Benítez Cárdenas, de 19 años, va más allá de su intermitente sonrisa, de aquella alegría que irradia su ser. Va más allá de las palabras.

Hace algunos años o meses, la posibilidad de trabajar, quizá era algo remoto para ella. Además de las mil y una dificultades a las que se enfrenta cualquier persona del común para encontrar empleo en una ciudad tan excluyente como Cartagena, ella tenía una dificultad extra.

Dios no la dotó con la posibilidad escuchar los sonidos de la vida. No escucha nada, a menos que el sonido sea algún estruendo demasiado fuerte. Pero en contraposición, nació con una personalidad única, espontánea, que le ha abierto puertas.

Hija de una contadora pública y de un taxista, y mayor de dos hermanas, María José se graduó de bachillerato en el colegio Soledad Román de Nuñez, una institución educativa cartagenera donde integran a estudiantes sordos con alumnos sin esa discapacidad.

Al terminar el colegio, pese a que la oferta educativa superior para personas no oyentes no es amplia en Cartagena, consiguió estudiar algo que le gusta en el Sena. Se convirtió en tecnóloga en operación de eventos.

Luego entró en un programa de inclusión laboral para personas en condición de discapacidad y fue seleccionada para formar parte del personal que atiende el área de eventos del Hotel Las Américas.

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Es viernes. María José Benítez se ha levantado bien temprano, a las 5 de la mañana, para emprender un viaje de unas dos horas, con destino a su trabajo. No trabaja en otra ciudad distinta a la suya, ese es en promedio el tiempo que tarda el trayecto entre su barrio, San José de Los Campanos y el hotel, en la Vía del Mar, a donde ingresó hace algunos meses.

Ahí la encontramos, en su oficina, frente al computador. Alza las manos, dobla los dedos, se toca la cabeza,  el cuello, la frente.  Está comunicándose con su jefe, Edwin Torres, un hombre que hasta antes de conocerla, no tenía idea del lenguaje de señas.
María José se ha encargado de mostrar su mundo, un idioma diferente a todos sus compañeros en ese lugar.

“Ella es una mujer que está feliz todo el tiempo. Ayer decíamos que estamos interesados en aprender cómo comunicarnos un poco más, porque eso la hace feliz, porque sinceramente hemos buscado la forma de adaptarnos a su medio de comunicación. No pedirle a ella que se adapte a nosotros, no. Todos nosotros hemos ido un poco más allá”, comenta.

Ese más allá, ha sido el hecho de aprender la comunicación por señas y expresiones. Eso es lo que, en un mundo confeccionado para quienes sí hablan y escuchan, María José les enseña. En parte, ella cambió ese pequeño mundo, su entorno laboral y lo convirtió en el suyo.

“Bastaron 24 horas, para nosotros poder empezar a asignar formas de comunicación con ella. Hoy es una persona que trabaja con todo el equipo de este departamento sin ninguna dificultad. Ella maneja el software de eventos y la documentación del departamento es ejecutada por María José. Además da apoyo al Centro de Convenciones, de negocios y a toda la operación del mismo. Ella es igual a todos nosotros, sabe que la queremos, que la amamos y la respetamos, pero igual que todos los demás debe cumplir con su trabajo”, cuenta el jefe Torres.

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“Antes de conocer a María José, yo era una persona poco expresiva, hablaba pero sin moverme mucho. Ahora eso ha cambiado, bastante, soy totalmente diferente, bastante expresiva. Para hablar quiero moverme. He aprendido con ella, es una experiencia nueva, porque nunca había trabajado con una persona que se comunique diferente a mí. En este trabajo el nivel de exigencia es bastante alto y ella lo hace bien”, narra María Fernanda Ortiz, compañera de María José.

A través de su compañera, María José nos cuenta que le encanta ir a playa, que ama viajar. Cuenta sobre el apoyo económico que da en su casa con lo que está ganando en su nuevo empleo.

Dice que se ha sentido muy alegre, que le da gracias a Dios por tener un trabajo. Sonríe una y otra vez. Cuenta que es muy puntual con la llegada, y que también lo es más con la hora de salida. Que ha aprendido a leer los labios, pero solo algunas palabras. Que los momentos más felices de su vida han sido al lado de su familia.

Entre sus señas, cuenta que le gustan los números y que sueña con estudiar algún día contaduría pública, preferiblemente de noche para seguir trabajando en el hotel. Nos cuenta que, en algún momento, su padre ha llorado lágrimas de felicidad, porque ella está trabajando.

“Ahora mismo María José está como aprendiz del Sena, pero nos enorgullece que ella el año entrante, en febrero, cuando termine sus prácticas, siga trabajando con nosotros como auxiliar administrativa, esa es la proyección que tenemos”, afirma Edwin Torres.
Sin lugar a dudas, la pequeña historia de María José es un ejemplo de inclusión que debe replicarse cada día más en Cartagena. En cualquiera que sea el entorno.

María José llegó a cambiar el mundo. No todo el mundo. El mundo de su familia, del lugar donde trabaja y de quienes trabajaban con ella. 

Su dulzura
“En el tema de inclusión laboral del Sena, nos pusieron un video, y cuando yo vi a María José, dije: ella refleja la cultura de lo que es el hotel. Enseguida dije: Yo la quiero. Me enamoré de esa niña, de su dulzura, de su sonrisa, que no la tiene cualquiera. Enseguida la llamamos, vino con su intérprete y enseguida la vinculamos como pasante Sena. Es una niña que ha dado más de lo que esperábamos. Nos ha enseñado muchísimo. La intérprete llegó un solo día, pero ha sido tanto el compromiso de todo el equipo que se tiene en la oficina un papel con el lenguaje de señas”, cuenta Rosalinda Puerta, directora de gestión humana del hotel.

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