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Cuando se cae la piel...

Todos los billetes procedentes de los ‘lazaretos’ debían ser incinerados y reemplazados por billetes nuevos. Por los menos, así lo disponían las leyes colombianas. Había que evitar el contagio a toda costa y, entre muchas otras estrictas medidas de sanidad, se les tenía prohibido a los 'lazarinos' casarse y tener bajo su custodia a sus hijos sanos.

Para aquella época, el estigma sobre este mal era tal que se construyó un hospital solamente para atender a quienes padecieran de lepra, se les relegó a vivir desterrados en una isla. ¿Sabía usted que el hospital para leprosos de Colombia quedaba en una isla cartagenera? ¿Sabía que la lepra, ya conocida en África, Asia y Europa, entró al reino de Nueva Granada a través de La Heroica? Así lo cuentan investigadores como Hugo Armando Sotomayor, en la Revista de Ciencias Biomédicas.

Al leprocomio de Caño de Loro, en la isla de Tierrabomba, llegaron decenas de enfermos, desde su entrada en operación en 1796. “Eso propició que personas del interior venían a visitar a sus familiares, se quedaban y se casaran con nativos de Caño de Loro. Por eso aquí hay apellidos como el Palacio”, comenta un líder de la isla.

El pueblo estaba dividido por un muro. De un lado vivían los sanos y el otro era ocupado por chozas para enfermos del Mal de Hansen o Mal de San Lázaro. En 1950, los pacientes de la Isla fueron trasladados al hospital Agua de Dios, en Cundinamarca. Tras ser desocupado, la Fuerza Aérea Colombiana bombardeó el caserío de Caño de Loro como medida de limpieza para erradicar cualquier rastro de la lepra.

Sin embargo, según relata el mismo líder isleño, varios enfermos regresaron a vivir en el pueblo. “Recuerdo mucho que ayudaba a uno de esos leprosos a hacer bollos, y nunca se me pegó nada. Andaban y se relacionaban con la gente y nunca vi a alguien contagiarse. El último de ellos murió hace muchos años ya, lo sepultamos aquí”, agrega.

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Si a usted, en pleno siglo XXI, le hablan de lepra, quizá se pregunte: ¿Eso todavía existe? Pues sí. Ya no es un problema grave de salud pública, ya no se destierra a quienes la padecen, pero sí, existe. Y por más que se ha luchado, el estigma no desaparece del todo.

Si hubiera nacido en aquella época, seguramente a Aidé Franco Castellanos la hubieran obligado a vivir aislada en Caño de Loro, a renunciar a su matrimonio, a estar separada de sus hijos. Ella primero pensó que las extrañas manchas en su piel eran efecto de las píldoras anticonceptivas. Descartó esa posibilidad cuando dejó de tomar las pastillas y, al cabo de dos meses, quedó embarazada de su tercer hijo.

Al nacer el bebé, las manchas se transformaron en ronchas. Los papás de Aidé creyeron que alguien había conspirado contra ella. Entonces tenía 22 años, un día su nariz comenzó a sangrar y sus papás la convencieron de viajar desde la vereda Puerto Rey, en La Boquilla, hasta Luruaco, Atlántico, para consultar a un brujo. Las pócimas para contrarrestar el supuesto hechizo le costaron $300 mil. Pero su piel seguía enferma y los dolores no desaparecían.

“Después de que mi hijo nació fui a varios médicos y al (Hospital) Universitario. Me hicieron una biopsia. Como a los tres años descubrieron lo que tenía”, recuerda. Ya Aidé no tenía varias falanges de sus manos cuando se enteró del diagnóstico.

“Me dijeron: ‘tienes la enfermedad de Hansen’. No me alteré, no sabía bien qué era, pero sabía que tenía cura. Comencé a tomar mis medicamentos, luché y me curé. No me derrumbé. Cuando me diagnosticaron dijeron que tenía nueve años de estar conviviendo con la enfermedad. Mi hijo, gracias a Dios, nació sano”, explica.

Aidé tiene más de 15 años de haberse curado y ahora es líder y parte de una organización que lucha para abolir la estigmatización.

“En todas las ciudades hay una asociación sin ánimo de lucro. Somos una familia muy grande, la semana pasada nos reunimos en Cartagena, este año la ciudad fue la sede del encuentro. Nunca me encontré con alguna persona que me rechazara, pero sí nos pasó alguna vez con un compañero en el banco, el cajero que lo atendió no le prestó el lapicero para firmar porque tenía los dedos incompletos. 300 años atrás a las personas las aislaban pero ya no es la idea. Te da, te curas y haces tu vida normal. De pronto me dio eso porque tenía que nacer mi otro hijo”.

“Él era lo que yo necesitaba para cambiar mi modo de vida. Yo no pensé nunca viajar y montarme en avión y he viajado a varias ciudades, Cali, Bucaramanga, Neiva, Bogotá, aquí se me están dando las oportunidades esas. Me ha gustado esas experiencias”, afirma.
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De los tiempos en que era un pueblo-hospital solo quedan en Caño de Loro la fachada de una iglesia que parece estar a un empujón de desplomarse y unos aljibes. Agua de Dios y la Contratación, dos sanatorios de Colombia para el tratamiento del Hansen, fueron declarados monumentos nacionales. Sin embargo, el edificio de los médicos para la lepra de Caño de Loro está abandonado, se cae a pedazos, sin que nadie haga nada al respecto. En la isla hay quienes dicen que el edificio parece tener la misma enfermedad por la cual se construyó.



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