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Cuando se nace para servir

Si le preguntan quién es más importante: un médico, un policía o un bombero, ¿cuál sería su respuesta?

Para Aníbal Guerrero Torres es más importante un bombero. “El bombero salva vidas y evita que ocurra cualquier emergencia o calamidad, es decir, cumplimos la función de un policía y de un médico”, dice Guerrero. Y vaya que habla con autoridad: hoy completa 39 años y 25 días de servir a la comunidad a través de esta profesión.

Quienes conocen a Aníbal lo describen como un ser generoso, y yo lo percibo en su forma de tratar mientras intenta rememorar “sus mil y una hazañas” como teniente operativo del Cuerpo de Bomberos de Cartagena, una institución que se ha ganado el respeto en la ciudad a pulso.
Cumplió 60 años en febrero, está a cargo de un grupo de 92 hombres distribuidos en las estaciones de Bocagrande, Martínez Martelo y Santa Lucía. Todos reconocen su experiencia, hablan de su labor como bombero y aún lo llaman “el Comandante”.

Comenzó en el Limbo
Fue un 16 de octubre de 1978 cuando Aníbal llegó a la estación Limbo, en Bocagrande, para formarse como médico. Sí, él quería estudiar medicina y vio como “trampolín” el Cuerpo de Bomberos, pues el gobierno de la época ofrecía estudio a los jóvenes que ingresaran a esta institución. Pero el destino le trazó otro plan, le propuso salvar vidas, arriesgando la suya propia y él aceptó.

“El sueño de ser médico se truncó por algunos compañeros que no supieron aprovechar la oportunidad que nos estaban dando, pero aun así no me marché de la institución, yo me quedé y me dediqué a formarme como bombero”, dijo.

Del Aníbal veinteañero todavía le queda el coraje, el valor de enfrentarse a lo desconocido, de sentir miedo -sí, porque es humano-, pero no sucumbir ante él. Aún recuerda cuando se quedó paralizado de pánico en su primera emergencia como bombero aprendiz. La escena era caótica. Las llamas tras la explosión de varios cilindros de acetileno industrial consumían un buque en la Base Naval. Aníbal Guerrero, con 22 años, llegaba con sus colegas al lugar, cuando su jefe exclamó:

- ¡Nuevo! Diríjase a inspeccionar el área para ver si hay sobrevivientes o personas atrapadas.
Anibal sintió escalofríos, obedeció mudo la voz de mando y justo antes de descender al remolcador, no pudo avanzar más y reconoció que tenía miedo.

“Yo llegué hasta la boca del buque, pero no bajé. Recuerdo que me regresé y le dije a mi jefe que ellos eran quienes debían bajar, pues tenían más conocimiento y podían emitir un primer dictamen”. 

Al finalizar la jornada, un regaño de su superior le permitió adquirir la valentía que hoy le acompaña ante cualquier emergencia, aún si se trata de enfrentar la muerte.

“Yo tuve miedo de ser bombero pero uno se prepara para esta profesión, con entrenamientos, capacitaciones, y le agarré amor a este oficio y amor para servirle a la comunidad”, dice.

Tragedias como la del avión HK-3839, que cayó con 52 personas a bordo en Flamenco, corregimiento del municipio de Marialabaja, una explosión en el Mercado de Bazurto y dos en el terminal marítimo han marcado su carrera y lo enfrentaron con la fragilidad del ser humano frente a la muerte.

A Aníbal Guerrero parecen no pesarle los años, asimila con orgullo el tiempo que ha dedicado a este organismo de socorro y ve en uno de sus seis hijos, que se forma como bombero, la oportunidad de mantener viva su pasión por esta profesión.

Se despide
El teniente Aníbal está próximo a jubilarse, la idea no lo emociona y a ratos le da nostalgia. Cree en la institución y profesa tener el don de servir a la gente.

Ha coleccionado un sinfín de agradecimientos y de experiencias que lo motivan a llegar desde las 6 de la mañana a la Estación y cumplir su rutina con esmero. Aunque ya no entrega reportes o novedades a los periodistas desde las 3 de la mañana, cuando se dispone a dormir, siempre deja junto a su mesa de noche su celular y un radio para estar preparado para cualquier eventualidad.
“Mi esposa se acostumbró a mi rutina, mis hijos también, siento que debo estar preparado para atender alguna emergencia en cualquier momento”.

Antes de marcharme de su oficina, le pregunté: ¿Cuál es su recompensa frente a tantos años de servicio?

-Cumplirle a la gente -me dijo-. Recibir las gracias de una persona es lo más importante. Uno siente que se le hincha el pecho. Se siente un héroe.



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