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Cuando se pescaba con lanza y cometa

El corazón de Mónica late más fuerte cuando llueve. Cuando las gotas caen de noche o de madrugada en su tierra salada, el alma de la mujer se agita. Es que su marido sale con tiempo bueno a la una de la mañana y son las tres y comienza a llover.

Santander toma la atarraya y el trasmallo cuando los totumos no han sonado en el techo de su casa. Mientras todos duermen, él escoge la segunda vigilia de la noche para pescar en altamar, solo si los totumos no suenan se va, porque cuando hacen bulla con el viento es porque lloverá y así es mejor no irse.
Eso lo sabe solo el buen pescador porque la experiencia se lo ha enseñado.

“Soy boquillero, nacido y criado. Afrodescendiente. Tengo 62 años y principié a pescar a los doce porque cuando el pato sale a nadar, los pisingos van detrás de él, y yo aprendí de mi abuelo y mi papá a coger ‘pescao’ para llevar la comida a la casa. Desde entonces esa es mi profesión”.

Habla Santander González de Arco y en sus 54 palabras deja clara su pasión por el mar.

Llegar a su casa, que tiene unos cinco por tres metros cuadrados, es encontrarse con esa pasión del hombre. Está llena de trasmallos por todos lados, hay un motor y un entramado de nylon como una enorme telaraña en el aire y así lo acepta Mónica García, la reina de su corazón, su única mujer, la madre de sus tres hijos y abuela de sus seis nietos. Ella lo denomina un pescador–pescador. No hace nada más que eso. Es un experto en ese arte al que le debe la vida.

“Vea, yo no duermo pensando en que se le ha podido voltear la canoa, en un rayo, en tantas cosas. No es sino pensar en que él es pescador, para saber que siempre tiene a alguien que lo espera en su casa con ansias de que regrese bueno y sano”, dice.

Y Santa, como prefiere que le digan, le da la razón a su mujer al expresar que “la vida del pescador es una aventura en la que muchas veces uno sale con el tiempo reinante y ya en alta mar las cosas cambian. Con la rudeza y fortaleza que Dios da, uno busca una costa donde refugiarse mientras pasa la tormenta”.

Una sola vez sintió que no volvería a tierra. Estaba pescando de Punta Galera hacia afuera (mar abierto). Tres de la tarde, el norte estaba fresco y una ola los golpeó y les llenó de agua hasta la mitad la lancha de fibra de vidrio que tiene el pescador. “Hasta aquí llegamos”, dijo Santa, cuando milagrosamente el viento se calmó, achicaron el agua, él y su compañero Tomás y se ganaron veinte kilos de pargo rojo.

Santander es pescador de mar y ciénaga. En las tormentas de ambos ha podido sobrevivir. Aunque en las de ciénaga busca la manera de refugiarse en el mangle, en el mar depende solo de Dios.

La nostalgia de aquellos tiempos

“La Boquilla lleva este nombre porque tenía cinco bocas por donde salía y entraba pez que daba miedo, pero el desarrollo de la ciudad, cerró las bocas del pueblo y de vez en cuando, las nuestras”, dice Santa.

De aquellas nutridas faenas en las que Santander lanzaba su atarraya y recogía diez kilos de pescado en un solo lance, hoy solo resta la nostalgia de tirarla y no agarrar ni siquiera el kilo.

Con lanza y con cometa. Sus ancestros utilizaban esta técnica para agarrar los peces porque hace treinta años, los peces estaban a merced del día o de la noche. “Rebuscar”, esa acción no existía para ellos.

Hoy se conforman con la frágil ganancia de siete mil pesos diarios, libres de combustible para la embarcación.

Vuelve Mónica a decir, “cuando uno se emparienta con un pescador tiene que estar preparado para que el día que no haya, no se coma. Hay días malos. Y así la hemos pasado varias veces nosotros en este tiempo donde ya no se ven la cantidad de pescados de antes”.

Será por eso que a más de una en ese territorio de agua le dicen: “usoooooo, cuidao te sales con un pescador”. Irónico, pues poco menos de la mitad del pueblo, que tiene diecisiete mil habitantes, se dedica a la pesca.

Esta cercana tierra
La situación pinta empeorar, según Santander. Lo mejor no está por venir porque cada vez son más limitados los escenarios para pescar. Las islas del Rosario, Barú, la zona hotelera de Cartagena y La Boquilla ya restringen al pequeño pescador que por años ha sido el único dueño, después de Dios, del ancho mar.



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