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Cuando un periódico se va, queda un espacio vacío

A finales de 1978, le di a Eduardo Gómez Cerón un artículo sobre la película “Jesus de Nazaret”, en dos cuartillas que mi amiga Claudia Terán había pasado a máquina, para que se lo llevara al director del periódico El Liberal de Popayán, Gerardo Fernández.

Después de trabajar un año y medio en el Noticiero Modelar de Bolívar, me había ido a estudiar a la capital del Cauca y deseaba seguir ejerciendo, aunque fuese a ratos, el oficio de periodista.

A los dos días, el artículo salió en la página quinta, arriba a la derecha, destacado a dos columnas, y mi amiga Claudia Terán me lo trajo corriendo y emocionada a la esquina de La Ermita, donde nos reuníamos a conversar todas las tardes bajo el cielo de arreboles del atardecer.

Así empecé a colaborar en El Liberal, primero sin recibir un peso, gracias a la generosidad de Carlos Campo, que me mostró la oficina polvorienta de la redacción, donde él era a la vez jefe y reportero, seleccionando artículos de todos los temas posibles y escribiendo él mismo todas las noticias.

Poco tiempo después, murió Gerardo Fernández y asumió la dirección del periódico Francisco Lemos Arboleda, don Pacho, un hombre ya bastante mayor, siempre de impecable vestido entero y quien caminaba las siete calles que separaban su casa de la sede de El Liberal con la parsimonia de los recuerdos inmemoriales de esa ciudad blanca.

Don Pacho me llamó un día y me dijo que escribiera artículos de cine dos veces a la semana y me los pagaba a 1.500 pesos el metro de texto publicado a una columna de ancho.

La necesidad de ganar lo máximo posible en esa época de carencias estudiantiles me impidió desarrollar el estilo conciso ideal de todo escritor y tuve que copiar el tono de los viejos columnistas bogotanos, ampuloso y sobrecargado de esdrújulas para que mi sueldo mensual llegara a 12 ó 15 mil pesos.

Don Pacho era un demócrata indeclinable, liberal ideológico y político, que había trabajado con Alberto Lleras Camargo en su publicación “Sábado” y luego en su gobierno. Le gustaba burlarse de la izquierda estudiantil y sus jornadas de protesta. Una vez redactó el mismo la noticia sobre una huelga de hambre de los estudiantes de Derecho y en el segundo párrafo escribió: “Inmediatamente después de ingerir un suculento almuerzo, los estudiantes comenzaron la huelga de hambre”.

Gracias a su amplitud y a que yo era el único que le recitaba de memoria los poemas del Tuerto López, me vi de pronto escribiendo notas sobre teatro, arte, cine y literatura, casi todos los días, con lo cual podía ganar hasta 30 mil pesos al mes.

Al grupo de poetas juveniles trasnochados que soñábamos ser los siguientes León de Greiff o Barba Jacob, y que por fortuna no fuimos, nos dio una página todos los domingos y tengo la sospecha de que, además de nosotros, el único que leía esos poemas prepotentes y escandalosos era don Pacho, para reírse.

En ese tiempo feliz y despreocupado de mis 22 a 24 años, El Liberal tenía un formato inclasificable, entre tabloide alargado y universal, se imprimía en una máquina tipográfica plana, luego que los armadores ordenaran los lingotes de plomo que salían del linotipo con los textos justificados y alineados, y las líneas de título que componían los operadores de la Ludlow, para formar página a página, con una experiencia de años que les había dado además la destreza de leer al revés.

Los talleres eran un galpón inmenso con pedazos de metal por todas partes, manchas de tinta negra y roja, y el vapor permanente de plomo y antimonio fundidos de los linotipos.

En las máquinas Remington altísimas y viejas habían escrito los innumerables periodistas que trabajaron desde el domingo 13 de marzo de 1938, cuando Paulo Emilio Bravo y otros dirigentes liberales como Francisco José Cháux, Carlos Lemos Simmonds y Víctor Mosquera lo fundaron.

A finales de 1982, don Pacho me encomendó encargarme de tres páginas, la primera y dos interiores, para que escribiera o reprodujera todo lo que a mí me diera la gana sobre Gabriel García Márquez, quien acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura.

Al año siguiente, Eduardo Gómez, un amigo entrañable que me mostró Popayán desde su más pura entraña, fue nombrado director de El Liberal y cuando apenas estaba empezando a organizar el rumbo, el jueves santo 31 de marzo de 1983, un terremoto que arrasó con casi toda la ciudad, le asestó un golpe demoledor al periódico.

Después del susto, y de corroborar que Dios había previsto que me emborrachara en casa ajena para no quedar debajo de la inmensa viga de concreto que cayó sobre mi cama en el cuarto 302 de las Residencias Universitarias, corrí a ver cómo había quedado la casona del periódico y tuve que sentarme en la acera para no desplomarme del llanto.

Se había caído media fachada y las ventanas amplias de hierro y madera estaban semidesprendidas. Adentro era peor, todos los techos se habían caído sobre los escritorios, las máquinas, los archivadores, la impresora, los linotipos, sin dejar pieza intacta.

Tres días después salí de la ciudad blanca y desolada, sin luz y sin agua, para regresar a Cartagena, convencido de que El Liberal se había muerto como las 262 víctimas del terremoto de hace 29 años.

Pero estaba equivocado, a los dos meses reapareció, impreso en Cali y llevado todas las noches en un viaje de dos horas por la Panamericana, con señales de esperanza y hasta de humor en medio de caos, como lo muestra el cambio de nombre del crucigrama por sismograma.

Regresé a Popayán en julio, y en diciembre empecé a trabajar de planta en El Liberal, con su extraño formato y sus lingotes de plomo, bajo la dirección de Eduardo Gómez.

Fueron tres años donde aprendí a pulso lo que era el periodismo de verdad, donde ni en las fiestas universitarias más desorbitadas dejé de escribir con una pasión que no se me quita.

Como periodista de El Liberal recorrí el Cauca entero, desde el páramo en las nubes hasta las húmedas y frondosas selvas del Pacífico para escribir sobre los dramas épicos de la vida diaria.

En una ocasión nos arriesgamos a meternos en la montaña escabrosa de los Guambianos para entrevistar a los líderes del M-19 que querían hablar de paz.

Para El Liberal cubrí meses más tarde la firma de esa paz en Corinto, con Carlos Pizarro y Álvaro Fayad encabezando las filas de guerrilleros desarrapados y hambrientos.

Eduardo Gómez me nombró editor y en sus vacaciones fui director encargado, cargo que volví a desempeñar desde comienzos de 1986, cuando él se retiró del todo.

Esos 10 meses fueron maravillosos. Desde El Liberal me sumergí en las fiestas tradicionales, viví la Semana Santa, opiné sobre política local, entrevisté personajes que parecían vivir desde hacía siglos y vine con la Señorita Cauca al reinado, pero el 8 de diciembre de 1986 decidí que era tiempo de regresar, me propusieron la jefatura de redacción de El Universal y acepté.

Esta semana me llamaron de La República para pedir mi opinión sobre el cierre de El Liberal por problemas financieros y sentí las mismas ganas de llorar de aquel 31 de marzo cuando el terremoto destruyó el periódico.

Tengo la esperanza de que, como entonces, El Liberal no muera.

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