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Daniel Lemaitre, visto por su nieto

Vive rodeado de arte.

Nada hace tan feliz al arquitecto Rafael Tono Lemaitre, que evocar al abuelo genial que hizo de su vida una obra de arte. Todos los ámbitos de su casa nos llevan a la gracia fascinante del artista, cronista, poeta, músico, empresario e inventor, Daniel Lemaitre Tono (Cartagena, 1883- Cartagena, 1962).

¿Cómo recuerda a su abuelo Daniel Lemaitre Tono?
- Era un hombre alto, de un metro con ochenta, un ser muy generoso, cariñoso, con un gran sentido familiar y una curiosidad por todo lo que le rodeaba. Era un genio para crear e inventar. Lo recuerdo en las reuniones que hacía todos los miércoles en su casa de la Calle del Bouquet, en Manga, invitando a cenar a toda la familia. Allí convocaba a todos sus hijos y nietos, y a las esposas de sus hijos. Todos sus hijos se sentaban en aquel comedor gigante de la casa de Manga: Ernesto, Eduardo, Rafael, Gustavo, Conchita (mi madre) y Hernando, el menor.  Su esposa Clara Román Del Castillo, murió muy joven.

¿Cómo era Conchita, su madre?
-Era una Lemaitre pura, absolutamente alegre. La madre de mi abuelo Daniel era Matilde Tono Maciá, descendiente directa de Rafael Tono Llopis, apellido catalán. El hermano de Matilde era Augusto Tono Maciá, el padre de mi padre. Allí se unen las dos familias: Lemaitre Tono.

Mi padre Alcides Tono De La Espriella, empresario, era un hombre de carácter rígido, un ser muy responsable. Cuando joven solía cantar boleros y canciones de la época y dar serenatas. En 1938 conoció a mi madre. Y mi abuelo compuso en 1939 su canción Sebastián, rómpete el cuero, cuando supo que mi padre pretendía a mi madre:

“Sebastián, rómpete el cuero si pretendes la muchacha/ Una casa no se arregla con tripas de cucaracha/ Busca el radio, la nevera y el carrito relumbrón/ Sebastián, rómpete el cuero o te quedas solterón”.

Mi abuelo cambió Alcides por Sebastián, porque no rimaba, pero el porro fue compuesto para mi padre. En 1940 fue el matrimonio de mis padres. Mi abuelo compuso en 1919 el primer bolero del país y tal vez de todo el continente: La muchacha de los ojos verdes, inspirado en una muchacha muy bella que él veía pasar rumbo al colegio La Esperanza, de los Irrisari.

¿Alcanzó a verlo pintar sus acuarelas?
-Los médicos desahuciaron a mi abuelo cuando, siendo muy joven, sufrió de tuberculosis. Y él buscó todas las medicinas para sanarse, hasta que le recomendaron en aquella época, que bebiera la sangre de una vaca recién sacrificada, y mi abuelo iba al matadero a buscar su vaso diario de sangre. Lo increíble es que venció a la tuberculosis, luego de dos años de estar en cama. En esa convalecencia, abuelo se dedicó a pintar acuarelas en pequeño formato, en su habitación. En uno de sus viajes por Europa, conoció al acuarelista español  Vicente Pastor Calpena (1918-1993), quien exhibía sus pinturas en la calle. Y mi abuelo miró sus acuarelas y le dijo: ¿Te quieres venir conmigo a Cartagena de Indias?

El hombre miró con perplejidad a mi abuelo y le dijo en su tono de castellano grave y andariego: “¡Cartagena de Indias! Es una ciudad que todo español tiene en su memoria. Es una invitación que acepto”. Y a mi abuelo le pagó el viaje a la ciudad y lo hospedó durante mucho tiempo en su casa de Manga, en un altillo. Fue Calpena quien le enseñó la técnica de la acuarela a mi abuelo y a mi tío Hernando Lemaitre. Era muy niño cuando mi abuelo me dio un papel y un lápiz de color para que le pintara algo: ¡Hazme un avión! Y yo pintaba unos mamarrachos, pero abuelo miraba sosteniendo el papel pintado, y decía: ¡Muy bello!, y salía a enmarcarlo. Llegué a pintar junto a mi abuelo y al acuarelista Calpena. Y heredé algunos de sus pinceles que aún conservo. Calpena resultó ser uno de los mejores acuarelistas del mundo.

Pero mi herencia mayor es tener en mi casa una gran colección de sus acuarelas, que son retratos de calles, paisajes y escenarios de Cartagena. Hay una que debió pintar en uno de sus viajes porque cae la nieve entre las hojas. Pero el común denominador es Cartagena vista desde distintos ángulos, en el muelle, en la bahía, en sus calles, en sus monumentos.

¿Cómo era la faceta del abuelo empresario e inventor?
-Mi abuelo viajaba al país de sus ancestros, que es Francia, donde aún hay muchos familiares, y allí aprendió muchas artes. Una de ellas es la del perfumista. Hizo con su primo Lecompte, que era el que maneja los números, la empresa de jabones de glicerina, los jabones Lemaitre,  los jabones de tocador; el Sanit K, el Menticol, el jabón Mano Blanca, y el jabón Chegrel, que inventó con las iniciales de sus seis hijos: Conchita, Hernando, Ernesto, Gustavo, Rafael y Eduardo.

Cuando se inauguró en 1908 el Club Cartagena, frente al actual Parque Centenario, a mi abuelo se le ocurrió inventar lo que sería un indicio elemental de aire acondicionado, para enfrentar el calor de la ciudad. Dispuso enormes bloques de hielo en cajas de aserrín y les puso frente unos enormes abanicos que dispersaban el aire helado en el recinto del club. Aquello fue una novedad que culminó en desastre, porque en una ceremonia el hielo empezó a derretirse. Lo inició en su casa, poniendo pedazos de hielo debajo de la regadera.

¿Cómo fue la experiencia de su abuelo como alcalde?
- Mi abuelo fue dos veces alcalde de Cartagena. Le tocó en 1939 trasladar los barrios  Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo, que estaban pegados a la muralla, y mudarlos a Canapote. Mi abuelo compró un enorme terreno para hacer un barrio en Cartagena, cuyos primeros habitantes fueron los empleados de la perfumería y la jabonería que no tenían casa, les construyó las casas y se las vendió a un precio simbólico. Ese barrio hoy lleva su nombre.

¿Leer las crónicas de Lemaitre es viajar al siglo XIX y comienzos del XX?
-Las crónicas de Cartagena que reunió en su libro ‘Corralitos de piedras’, son estampas de la ciudad cotidiana. He vuelto a leerlas y me impresiona su crónica sobre los velorios, y sobre su barrio de Manga, en donde se asombra al descubrir que en el barrio circulan ya diez vehículos a principios de siglo XX.

También tuvo tiempo su abuelo para escribir  un libro sobre las vacas.
-Hizo un libro sobre su experiencia como ganadero en su finca que aún existe cerca a Turbaco. Se llama Apuntes de mi corral. Tenía un cultivo de millo. Y tuvo tiempo para editar el periódico El Gerifalte, que circulaba en Manga, Fue también periodista y uno de los mejores cronistas de la ciudad. Autor de grandes poemas como El pescador de sábalo y El Alcatraz.

¿De qué murió su abuelo?
-Tuvo complicaciones respiratorias, pero vivió hasta los 78 años. Lo recuerdo en sus últimos meses,  activo, escribiendo, y creando cosas hasta el final, pese a estar conectado a unos aparatos  de respiración grandísimos en aquel 1962. Yo tuve el gran privilegio de tener a ese abuelo genial y compartirlo con mi familia a mis 17 años.

¿Cuál es el legado  de su abuelo que usted desea ver reflejado en los cartageneros?
-El inmenso amor que tenía él por Cartagena, y su infinita generosidad y su gran capacidad para crear, como artista, humanista, industrial, empresario, músico, escritor y poeta. Un hombre inigualable e irrepetible.

Epílogo
Rafael Tono Lemaitre es una conciencia y sensibilidad artística. Hereda el humor y la gracia del abuelo. Toca el acordeón piano, la guitarra, canta las canciones de su abuelo y está rodeado de música, de recuerdos de viajes por el mundo y maravillas  deslumbrantes que la vida le ha deparado. Una es una barracuda de Obregón, su amigo, y otra pintura de Grau, regalada a Rafael, el día de su matrimonio. Conserva una enorme acuarela de Calpena.

Los colores del abuelo resplandecen con su luz que no desgasta el tiempo.

Y lo iluminan.



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