Darío Plaza: Un jinete sin caballo

05 de agosto de 2012 12:01 AM

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El reloj marca las 5 de la tarde y por la Plaza de Bolívar todavía no ha aparecido.
De pronto, escucho un caballo relinchar, y, entre la algarabía de la gente, sé que algo pasó; o mejor, alguien llegó.   
Se trata de un jinete muy particular en un caballo más peculiar aún, que, en medio de un divertido espectáculo, va anunciando un mensaje de paz.
La persona que lo cabalga es Darío Plaza Córdoba, “El caballito por la paz”, un hombre a quien lo que le falta en altura, le sobra en personalidad. Él, junto a “Folclórico”, su caballo, irradia alegría  donde llega y tiene la habilidad de sacar sonrisas y carcajadas, incluso, entre los más acartonados.
“En la vida no todo puede ser violencia y maltrato, porque con la cultura, el arte y el conocimiento se pueden conseguir la paz y la armonía en Colombia y —¿por qué no?— en el mundo entero”, expresa, en tono alto, Plaza Córdoba.
Es como si el caballo tuviera vida propia. Hace movimientos tan auténticos a los de uno real. Se pone en dos patas, salta y corre tan veloz como una bestia joven en sus mejores épocas.
Hoy, muchas personas se quedan perplejas al verlo. Por instantes, piensan que es real y llegan a preguntarme si la cabeza es disecada, si es tomada de un caballo de verdad, y con propiedad les digo que los elaboro yo. Soy artesano de caballos y de toros”, dice.
“Folclórico” es un híbrido de varios ejemplares. A veces se comporta como un caballo de paso fino; otras veces, es uno de galope; y la mayor parte del tiempo, parece un caballo de carrera.
Darío lleva puesta una de sus mejores camisas y, si bien intentó no sudarse para estar bien presentado en la entrevista, cuando se sube sobre “Folclórico” se transforma. Después de cada dos preguntas, tiene la necesidad de seguir actuando. No se cansa y siempre muestra el mismo entusiasmo. 
No le gusta sonreír para las fotos. Siente que pierde el personaje. Todo el tiempo vive en función del caballista que intenta ser. Es todo un profesional, conoce su trabajo y es tan bueno en lo que hace que le  cuesta dejar de interpretarlo, incluso, cuando no está trabajando. Nunca se bajó del caballo.
Se refiere a su caballo como una bendición desde el día en que lo creo. Fue en los festivales del porro que se realizan en San Pelayo (Córdoba). Él y su hermano querían participar en el desfile de las aguadoras con un disfraz denominado “Arreador de ganado”, de modo que elaboraron un caballo lo más parecido a uno real.
El nombre también debía reflejar mucho acerca de su personalidad. Tenía que estar relacionado con el Caribe, las fiestas,  la alegría de los costeños. Por eso, después de mucho pensarlo, decidieron llamarlo “Folclórico”.
Diseñarlo no fue cosa de un día para otro. La figura del caballo se hizo con varas de totumo, mientras que la piel salió de un saco de fique; y la cabeza, de la bota de un pantalón.
En 2008 comenzó a cabalgar por la paz, y con su carisma se fue haciendo a un público que lo quería y respetaba su trabajo.
Todos los días tenía para su sustento. Luego de un par de años adquirió su casa y logró darle estabilidad económica a su familia.
Y es que Folclórico se ha convertido en su vida. Es lo único que sabe hacer perfecto. Es lo que mejor le sale y a quien le debe todo lo que ha conseguido.   
“Mi caballo me llena de satisfacción. Él es mi vida. Con decirle, señorita, que hay veces en que mis hijos me preguntan que por qué hablo con el caballo. Y es que lo siento parte de mi vida”, expresa emocionado. En ese momento, el caballo guiña el ojo.

¡Nunca se ha montado a un caballo!
Lo más peculiar de este jinete, que lleva más de 20 años cabalgando sobre “Folclórico”, es que nunca ha montado un caballo real.
Cuando sabe que hay una cabalgata en la ciudad o en sus alrededores, está pendiente para ir y copiar los gestos y expresiones que hacen los caballistas.
“Nunca he montado un caballo de verdad; y hoy, estar montado en ‘Folclórico’ es como si los hubiera montado a todos. Él es un caballo de paso fino, de galope. Todos esos movimientos me los he robado de los profesionales, y se los muestro al público”, comenta.
Explica que, de un tiempo para acá, hay varias personas interesadas en dedicarse a su negocio. A ellos los felicita por seguir sus pasos, pero les recuerda que él y su hermano fueron los primeros en cabalgar por la paz.
Lo que más disfruta de su oficio son las anécdotas que le pasan todos los días. En una ocasión, por ejemplo, un extranjero se quedó observando su show y, luego de terminar, se le acercó y le compró un caballo como  “Folclórico”.
Hubo otro que también se llevó un modelo igual para presentarlo en la Copa Mundial de la FIFA Sudáfrica 2010. Cuenta Darío que cuando vio por la televisión el caballo que con tanto esmero había diseñado, se llenó de orgullo y de una emotividad que todavía lo acompaña.

Ofrece disculpas a Colombia
Luego de su participación en el programa de televisión Colombia tiene talento, la situación mejoró. Ahora está más cotizado y lo llaman casi todos los fines de semana para que anime fiestas, horas locas, bodas y juegos.
Aunque llegó mucho más lejos de lo que pensaba en el concurso, siente que no dio todo de sí; y por eso, cada vez que le preguntan en la calle, o en cualquier otro lugar, por su participación en el programa, ofrece disculpas.
Esta experiencia, dice, contribuyó también a reafirmar su sueño de emprender lo que él ha denominado “La cabalgata ecológica nacional por la paz”.
Adicional a esto, pretende en unos años montar una escuela para enseñarle a los niños cómo se pueden construir caballos similares a “Folclórico”. Cree que estos ejemplares se pueden aprovechar para incentivar a la paz.
Hasta la fecha, ha recorrido Villavicencio, Cali, Barranquilla, Sincelejo, Córdoba, Bolívar, Sucre, Ibagué, Pasto y Bogotá haciendo su extraordinaria actuación.
Sin embargo, más allá del espectáculo, lo que más sorprende de este carismático hombre, de sonrisa amplia y ojos saltones, es el mensaje de paz y de optimismo que va sembrando.
“Hoy los invito a que hagan un caballo, un tigre, lo que quieran, pero háganlo con cariño y buscando el modo de aportar a la paz. Les digo a muchas personas que sí hay formas de trabajar sin maltratar a nadie, mostrando una sonrisa en el parque, en los semáforos, en las plazas y en cualquier lugar”, concluye, como si se tratara de una lección que está impartiendo, el caballito por la paz.

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