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De monagillo a Grandes Ligas

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Orlando “El Ñato” Ramírez Leal fue de los pocos peloteros de la época gloriosa del béisbol amateur de Bolívar que se atrevió a probar suerte en una organización de Grandes Ligas.

Su hambre de triunfo lo hizo desafiar los temores infundados que tenían los beisbolistas de la época. A la mayoría de los que le hicieron la propuesta se abstuvieron porque había una norma que rezaba que el que se fuera y regresara ya no podía volver a jugar béisbol aficionado y esto significaba perder también el empleo estable que les brindaban empresas prósperas como Colpuertos y Conastil.
Pero, Orlando se jugó el todo por el todo y hoy cuenta con satisfacción como su talento lo llevó a ser una estrella del béisbol estadounidense.
Regresó hace 23 años de México, donde fue por once años el short-stop del modesto equipo Chiguagua. Radicado nuevamente en su tierra se dedicó a ser entrenador de béisbol y desde hace un año es el administrador del estadio de béisbol Once de Noviembre.
Es pensionado de Coldeportes por el subcampeonato de la serie mundial de Cuba y recibe un dinero por el tiempo servido a Grandes Ligas.
Vive en el barrio Nuevo Bosque, en unión libre con Ledys Estrada García. En entrevista con El Universal, “El Ñato” Ramírez hizo un recuento de su vida.

¿Cómo fue su niñez?
-Fue agradable, pero también dura. Éramos 12 hermanos, yo estoy como en la mitad. En realidad mi historia tomó su propio rumbo a los 6 años. Para entonces ya conocía el béisbol, jugaba bolita de trapo con mis amigos del Callejón de los Positos, en el Pie de la Popa, el barrio donde nací. Pero, debido a la escasez económica que había en mi casa yo me dediqué a hacerle mandados a la gente hasta que el padre Medrano, de la Ermita del Pie de la Popa, me propuso que fuera monagillo. Desde la 5 de la mañana estaba en la iglesia para asistirlo en la primera misa, después lavaba los platos a las 6 de la mañana y lavaba los del medio día y los de la noche. A cambio me daba una la palangana de comida que llevaba para mi casa. Para esa época, la gente acostumbraba a darle la limosna a los monagillos, así que en los entierros, en los matrimonios o bautismos me rebuscaba hasta $100, también para mi casa. Eso lo hacía con Eugenio Baena Calvo, bastante conocido hoy en la radio y por ser el papá de la “Chechi Baena”.

¿Sus padres qué decían al respecto?
-Mi papá, Miguel “El Ñato” Ramírez, murió cuando yo tenía 6 años, recién comenzado de monaguillo, casualidad que a mí me tocó ser el monagillo durante su entierro. Murió de una apendicitis. De él heredé el apodo. Fue un gran pelotero, de la misma época del Mono Judas, de Pedro Miranda, de Niño Bueno Crisón, del Fantasma Cavadía, del Papi Vargas, de Corbi Flórez, de Policía Peñaranda y otros tantos.

¿Y su mamá?
-Después que mi papá murió, mi mamá se fue para Venezuela a buscar trabajo y no la volví a ver sino cuando yo tenía 22 años, ya era Grandes Ligas y Los Ángeles me habían prestado al equipo Las Águilas de Zulia para jugar un partido en Caracas, allá pedí ayuda por la radio y la televisión para encontrarla y fue así como se presentó al estadio. Fue un momento muy emotivo y me fue super bien en el juego.

¿Con quién se crió usted?
-Con mis hermanos. Mi mamá mandaba plata y todo, pero no podía venir. Ella se dedicó allá a trabajar en casas de familia y cuando me fui para los Estados Unidos perdí todo contacto con ella. Afortunadamente las cosas cambian para bien, ya ella está de regreso en Cartagena, vive en el barrio San Isidro, con mi hermana Gilma.

¿Cómo pasó de monaguillo a beisbolista?
-Bueno a los 12 años el padre nos dijo: ‘hasta aquí llegaron ustedes porque el uniforme (la sotana) ya no les queda’ y cada uno cogió su camino: Eugenio cogió para su radio y yo cogí para el béisbol.
Empecé a jugar béisbol juvenil con el equipo Caribesa del doctor Alfonso Gutiérrez De Piñeres Torres, quien me instó a firmar para primera categoría a los 14 años de edad con el equipo Willard. Hoy en día su hija es la directora del Ider, Rosario Gutiérrez De Piñeres.

Antes de ingresar a Colpuertos ¿a qué equipos perteneció?
-De Willard salté al Kola Román, después al Lesa y a Conastil, que fue campeón ese año. En cada uno duré un año porque uno iba pasándose para la empresa que le ofreciera mejor empleo, mejor salario. De Conastil pase a Colpuertos, ahí sí duré tres años, en los que fuimos campeones y era empleado fijo de la compañía.

¿De qué le dieron trabajo en Colpuertos?
De ayudante de mecánica.

¿Qué logros obtuvo en el béisbol amateur?
-Los mejores. Colpuertos fue campeón durante los años que estuve ahí. Con la selección Bolívar conocí varias ciudades, fuimos campeones varias veces y con la selección Colombia estuve en tres series mundiales: estuve en la de República Dominicana, estuve en la del 70 que se jugó en Cartagena y estuve en la de Cuba, en el 71; donde quedamos subcampeones. Aparte de eso estuve en los Panamericanos de Cali y en unos Bolivarianos, en Maracaibo.

¿Qué posición jugaba usted?
-Short-stop, la más emocionante, para mi concepto. Varias veces quedé champion estafador (roba base). En la serie del 70, me robé, contra todos los pronósticos, la tercera base, jugando contra Estados Unidos; después de haberle batearle un doble a Richard Tompson, quien al año siguiente subió a Grandes Ligas.

¿Cómo fue la vaciada del ojo de Bartolo Gaviria?
-En realidad yo lo golpeé, pero no fue de maldad, sino una cosa de práctica. Bartolo cuando eso era un niño. En un descuido yo bateé y cuando lo quise advertir ya tenía la bola en el ojo. Pero él logró desarrollar con éxito su carrera, jugaba con gafas; ahora, con los años, es que se le ha empeorado el problema.

¿En qué momento le propusieron ser Grandes Ligas?
-Durante los Bolivarianos, en Maracaibo. Ese año Manía Torres no quiso ser el manager y nos pusieron al puertoriqueño Carlos Manuel Santiago, que resultó siendo el “buscador de talentos” del equipo Los Ángeles.

¿Lo pensó para aceptar?
-No. Él me hizo sentir seguro de que con mi talento, en dos años yo sería Grandes Ligas y así fue. La única condición que le puse es que yo firmaba, pero él enviaba los documentos a Los Ángeles cuando yo regresara de la serie de Cuba y así lo hizo. Entonces pedí una licencia en Colpuertos por 90 días y me fui a la de Dios. Si no rendía ya yo sabía que podía seguir siendo empleado de Colpuertos, aunque no pudiera regresar al equipo. Tenía otra ventaja, era que estaba jovencito, tenía entre 17 ó 18 años y no estaba casado.

¿Por cuánto lo firmaron?
-Por 300 dólares. Con esa plata compré una casa en El Socorro, en la que todavía viven varios familiares.

¿Cómo fue la experiencia de llegar a Estados Unidos sin saber inglés?
-(Risas) Me cogían como un niño. Las azafatas me ponían un papel en el pecho que decía: favor ayudar a este muchacho, va para el campo de entrenamiento de Los Ángeles. No habla inglés. Así volé a Miami, después a Orlando y de ahí a California. Allá me esperó un taxi que me llevó a un hotel muy bonito. Me dieron un cuarto para mí solo, en el que veía puro muñequitos. A la mañana siguiente, a las 5, ya estaba en el lobby; ahí conocí a Miguel Obarrientos un dominicano que me sirvió de traductor en las prácticas, para comer; mejor dicho en todo.

¿Qué tal fue su evolución para ingresar a Grandes Ligas?
-Primero, en el 72, estuve en el equipo doble A, quedamos campeones. Al año siguiente subí a la Triple A, quedamos de tercero; y al siguiente año, en el 74, fui el único del equipo que ascendieron a Grandes Ligas.

¿Le pagaban todo?
-No todo. Durante los tres meses de prueba que viví en el hotel, sí. Cuando pasé a la doble A me pagaban 800 dólares, ya tenía que costearme mis propios gastos. Vivía en un apartamento arrendado, con varios compañeros. En la triple A me pagaban $1.000 dólares. Cuando subí a Grandes Ligas, las cosas sí fueron diferentes. Me pagaban $9.000 dólares, me pagaban la mitad del arriendo; lo llevaban a uno a mejores hoteles, viajaba uno en mejores aviones y los estadios eran los mejores.

¿La gente en Estados unidos lo reconoce como estrella del béisbol?
-Sí, todavía me mandan fotos para que yo las firmé y después las venden allá.

En el tiempo que estuvo en Grandes Ligas, ¿qué tal fue la relación con sus compañeros gringos, qué tal el trato para los latinos?
-A mí tocó una época brava de racismo. Había restaurantes, hoteles, discotecas, almacenes, diferentes lugares en los que por ser negro no me dejaban entrar. Tenían un letrero colgado a la entrada que decía: solo gente blanca; y otros en los que había letreros prohibiéndole la entrada a los blancos. Yo entraba era a los sitios de negros.

¿Qué expeciencia vivió en ese aspecto?
-Una vez nos hospedamos en un hotel de Luisiana en el que no me atendían en el restaurante. Debía tomar un taxi para ir, como de aquí del estadio (Once de Noviembre) a Bazurto para ir a una cafetería de negros. A veces los compañeros blancos compraban la comida y los morenos nos quedábamos en el bus. En otra ocasión llegué de primerito a una peluquería en la que el peluquero se reía, pero yo no sabía por que, después de una hora de estar esperando me mostraron el letrero de que sólo se atendía gente blanca.

Y ¿Con el tema de las mujeres que tal?
-Era tremendo. El manager le prohibía a uno tener amigas blancas. Si llegaba a ver a algún moreno con una blanca, si le daba la gana lo ponía en la banca o lo botaba del equipo. A mí nunca me lo hicieron a pesar que tuve novias blancas, porque yo era bueno en mi posición.

¿Qué tal se vivía esa discriminación en el terreno de juego?
-Durante el juego la gente te aplaudía lo que tu hicieras, el problema era afuera. Una vez un compañero, Frank Tanana, se casó y no invitó a ninguno de los integrantes del equipo que éramos morenos.

¿Esas vivencias, en algún momento, lo hicieron pensar en renunciar?
-No, uno se sentía mal en el momento, pero seguía adelante. Es que a ellos le caía mal, por ejemplo, si tu vestías bien. El gringo es gringo y como saben que uno no tiene el inglés igual que ellos pasaban tirando la puya en su idioma. Allá ellos son los que mandan. Eso no quiere decir que yo no haya gozado por allá. Gocé bastante, conocí artistas de Hollywood, fui a discotecas; hice lo que quise.

¿Se arrepiente de algo?
-De nada. Soy un hombre feliz con lo que Dios me ha dado.

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