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Dejar y fundir las armas

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En febrero de 1983 García Márquez se reunió con Jaime Bateman, el Comandante del M-19, a quien describió como un “Caribe típico” que no parece ser un guerrero sino  “un iluminado que estaba dispuesto a apelar a cualquier medio-inclusive la guerra- para lograr un diálogo unificador”.

Cuando tomó la avioneta de un solo motor con un piloto inexperto que se estrelló con él en la tormenta, iba en busca de un diálogo que posibilitara la paz en el país. García Márquez se había citado con él fuera de Colombia, abriendo una nueva posibilidad de paz “al amparo de la amnistía amplia y completa promulgada meses atrás”.

Bateman tenía una actitud temeraria ante la justicia y no se escondía porque creía que “quien se esconde corre el riesgo de que lo encuentren”. Se especuló al revelarse la noticia de que su avioneta había sido derribada por un cohete enemigo, e incluso, hubo quien inventara la noticia de que se había fugado del país con los fondos del movimiento.

Nadie había luchado en el país por una amnistía como Bateman, pero cuando se dio esa posibilidad se sintió en una incertidumbre “sin un proyecto político definido para amaestrar la fuerza incontenible que él mismo había desencadenado”. García Márquez sabía que una incertidumbre como esa en un momento histórico del país,  impactaba a todos de modo grave, y en especial, a aquellos que como Bateman y él, desde distintos caminos de la vida pública y secreta, habían puesto todas sus cartas en un único destino: la paz. El escritor confió en que los herederos de Bateman cumplieran los sueños de un país que anunciara para siempre el fin de la guerra.

Gabo participó en el Palacio de Miraflores en Caracas, en la definición de qué se iba a hacer con las armas de los guerrilleros del M-19.  Su propuesta era fundir las armas y hacer con ellas, un monumento a la paz, con todos los lingotes reunidos. En esa reunión participaron además el Comisionado de Paz que era Rafael Pardo, Heber Bustamante del M-19, Ricardo Santamaría, asesor de la Consejería de Paz,  entre otros.

“El primer paso era inventariar las armas para luego destruirlas. El asunto no era entregar las armas, porque eso era sinónimo de rendición y aquello recordaba la entrega de las armas de los guerrilleros de los Llanos que luego fueron asesinados”, me dijo en  2015 Rafael Vergara Navarro, que integraba las filas del M-19.
“Lo esencial era destruir las armas, como hizo Carlos Pizarro que envolvió la suya en la bandera de Colombia, para que fuera fundida”.

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