Del bien, el mal y otras blasfemias: Caín y Abel

05 de febrero de 2017 12:00 AM

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Sus manos heladas se posaron sobre un cuello fornido que se estrelló contra el concreto de una pared húmeda. Caín manoteó buscando el brazo de Abel que se acercaba hacía su estómago, pero solo se encontró con gotas de lluvia danzando en el aire. Ya era demasiado tarde, un frío metal le atravesaba el estómago y su agresor parecía un leopardo cuyas fauces no se aflojan de la garganta de una gacela hasta tanto no deje de respirar.

Caín abrazó a su hermano con todas sus fuerzas y levantó el rostro sobre su hombro.

-Corre...-, alcanzó a gritar Caín luchando contra el dolor y dirigiéndose hacía una mujer paralizada a las espaldas de su atacante.

Una cortina de repetidos gritos resonó entre las paredes del oscuro callejón acompañados de un taconeo constante. Ahí estaban los dos, la vista se le antojaba borrosa a Caín frente a una cara roja llena de odio, sus brazos empezaron a calentarse con su propia sangre y Abel comenzó a luchar por liberarse del último abrazo de Caín.

Solo necesitaba unos minutos más, debía aprisionar a Abel hasta que su madre estuviera lo suficientemente alejada para ser alcanzada. La sangre brillante no dejaba de fluir como río sobre su mano izquierda, sintió incluso que sus zapatos resbalarían con cualquier leve movimiento, el dolor era agudo y le restaba firmeza a su agarre.

Su cara se inundó con la neblina de su tibio aliento, pero notó que Abel liberaba la hoja plateada al mismo tiempo que sus brazos perdían fuerza.

Abel detalló el rostro de Caín desfigurado y con los ojos desorbitados. Con asco bajó la cabeza y notó que dos lágrimas cayeron de sus ojos y se fundieron en el charco de sangre que se agrandaba en el suelo, sus músculos dejaron de ejercer fuerza y Caín cayó herido de muerte en el suelo.

-¿De qué sirvió salvar a nuestra madre?, huyó despavorida y ni siquiera intentó separarnos-, dijo Abel mirando hacia abajo mientras secaba sus mejillas.-

-Ella no es nuestra madre, ingenuo, solo me crió, pero ella no nos parió- rezongó Caín presionando con fuerza su herida.-

-¡¿Qué?!-

-Te conozco y esta historia se repite, la única diferencia es que nuestros nombres están invertidos. ¿De verdad pensaste que expondría a nuestra madre a tus celos y envidias?-

-Me abandonaron y todo lo que te pase lo tienes bien merecido.-

-Nadie es responsable de nuestra maldición ¿no puedes simplemente aceptar la realidad que nos tocó? ¿A quién vas a culpar? ¿A nuestros ancestros muertos? ¿A Dios? Tuviste la oportunidad de romper esta cadena y no lo hiciste – Caín tosió y escupió sangre sobre su pantalón.

-Si rompí la cadena, solo que aún no te das cuenta. Nuestros nombres no están invertidos, pero nunca imaginé que mi última imagen en este mundo sería tu cara inerte, pero no te preocupes, nuestra historia no termina aquí, nos volveremos a ver en el infierno...hermano. Es hora de acabar con esto.-

Ahogándose en su sangre Abel murió y en el rostro de su cadáver quedó grabada su expresión de sorpresa al escuchar las últimas palabras de su hermano.

La oscura ciudad empezó a agitarse con una vibración siniestra acompañada de una tenebrosa ventisca y desde la más oscura y remota ubicación, una figura inescrutable pronunció una frase que los dos jóvenes escucharon antes de que sus corazones dejaran de latir:

-La sangre de tu hermano se ríe desde la tierra...Abel.-

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