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¡Del piropo al acoso!

Regresaba a mi casa del gimnasio, con pinta deportiva, aunque daría lo mismo si hubiera llevado el escote más profundo. Caminaba a paso rápido cuando un tipo muy bien vestido comenzó a referirse a mi sexo, a mi cuerpo, con palabras extremadamente vulgares y por supuesto a describir lo que podría hacer conmigo.
Me regresé indignada.

—Repite lo que me estabas diciendo—, le dije con un asco inexplicable, con voz fuerte.

—Solo te estaba pidiendo la hora—, dijo con cara de susto.

—Escuché perfectamente lo que dijiste—añadí.

Con los ojos más abiertos que nunca le dije que era un idiota y que ojalá nadie tratara así a su hija, hermana o mamá solo por caminar en la calle.
Me sentí poderosa, pero luego miré atrás y un par de señoras me veían con cara de vergüenza infinita. Se quedaron conversando con el tipo y yo solo fui la escandalosa que sale en licra y reclama si un hombre “ve”.

***

En una calle del Centro Histórico, un tipo blanco, alto y “regordete” se me acercó. Se puso a mi lado y comenzó a hablarme. Al tiempo que caminaba, achicaba el espacio donde me movía. De repente me quitó el audífono del oído y me dijo que si me iba con él. Sentí mucho miedo. Miraba a la gente como buscando ayuda, y creo que más de uno lo notó, pero nadie dijo nada. Pensé que pasaría lo peor. Gracias a Dios tuve una oportunidad y pude cruzar y salir corriendo. Lloré mucho. Nunca me había sentido tan violentada.

¿Sabes qué es lo peor? sentí vergüenza por no haberme podido defender y hasta por ser mujer.

***

Pueden parecer tan simples como silbar, pero no son historias baratas. Son relatos de la periodista Juliana De Ávila Romero. Segura, dice que las mujeres deben hablar en voz alta: “no tenemos porqué permitir el acoso. Que digan que tenemos ‘tetas lindas’ no es un piropo, es acoso”.

La mayoría de las mujeres en Colombia “se ha ganado”, sin querer, a un tipo sin escrúpulos al que se le llena la boca de sandeces cuando una se le cruza por el frente... o por la web.

Dice María Fernanda Muñoz, psicóloga de la Universidad del Valle, que la inseguridad forma parte de la naturaleza femenina. “La mujer que está frente a un caso de acoso, suele retraerse porque el resultado al contarlo o denunciar es más nefasto que bueno. Si miramos la historia, cada vez que una mujer expresa experiencias que atentan contra su integridad física o sexual, tiende a perder.

“Hay silencio porque, sobre todo en Cartagena, —explica Muñoz— se aprueban a diario el piropo, el ‘siseo’ y el acoso”.

Sí, el acoso sexual callejero en Colombia, en especial en el Caribe, se ha ido naturalizando a través del piropo.

“Piropear constituye una forma de violencia sexual, en la medida en que limita la posibilidad de la presencia de las mujeres en el espacio público (usualmente se da de hombres a mujeres)”, confirma el investigador social Jair Vega.

Claro está, la profesora Elvia Vargas, de la Universidad de Los Andes, plantea una diferencia entre el halago y el piropo. Un halago es un cumplido que engloba un conjunto de cualidades para elogiar a una persona. El piropo suele emitirlo un desconocido que se siente con la autoridad de hacer un juicio de valor, positivo o negativo, sobre una mujer. “Lo que lo convierte en acoso sexual es que el piropo tiende a atentar contra la condición física o sexual”, añade Vega.
 

EN LO OCULTO
Pese a que la mayoría ha sido acosada de alguna manera, pocas denuncian.

Imagínese, en toda Colombia, la Fiscalía ha recibido solo 1.743 denuncias por acoso sexual, entre 2015 y febrero de 2016. Cartagena reporta 33 investigaciones en 2015. La ciudad con más denuncias es Medellín con 264 procesos.

Insólito: es normal que la impotencia de una mujer al ser acosada quede en la criminalidad oculta, advierte el abogado especialista en derecho penal Enrique Del Río. “Y quedan en esa criminalidad oculta, en gran parte, porque ni siquiera caen en cuenta de que las están acosando.
“De acuerdo al artículo 210-A del código penal colombiano, —manifiesta Del Río— para que exista acoso sexual, se requiere que una persona se valga de la superioridad que ostenta o de su autoridad o poder para acosar, perseguir, hostigar o asediar, física o verbalmente a su víctima, por supuesto, con intenciones obscenas”.

Lo grave aquí es que, tal como dice Del Río, las mujeres se han adaptado a la cultura del acoso. Con el simple hecho de que un jefe, por ejemplo, salga con chistes verdes todo el tiempo, o que haga explícitos sus deseos sexuales ante las subalternas, hay acoso. Pero aún no se es consciente de eso.

“El acoso no debe ser consentido por la víctima”, agrega el abogado. Es decir, hay que denunciar.

Es muy fácil, ante la Fiscalía se hace la denuncia penal. Ellos están en la obligación de comenzar a indagar contra el acosador. “En el trámite del proceso, la víctima puede solicitar protección especial a las autoridades”, advierte Del Río.

Hay lugares donde encontrar apoyo. La Oficina de la Mujer, cuya coordinadora es Carolina León, es uno. Otro es el Centro de Orientación de la Mujer, creado por la Secretaría de Participación y Desarrollo Social en convenio con la Universidad Rafael Núñez, donde cualquiera que sea víctima de todo tipo de violencia puede acudir. La recibe un equipo interdisciplinario que le muestra una ruta.

Cómo olvidar a Víctor Alfonso García, que en junio de 2005 conducía una bicicleta cuando vio a una hermosa mujer en el camino a la que le estampó la mano en la nalga, y tras el apoyo de las congéneres de alrededor, la Policía lo detuvo y lo trasladó a un juzgado donde se le obligó a presentarse cada 15 días para demostrar buena conducta. Un mes más tarde, la joven no se conformó con las citaciones de García, y ante un juzgado lo demandó por el delito de acto sexual violento. Víctor Alfonso García fue condenado a cuatro años de cárcel.

El Artículo tres de la Declaración de los Derechos Humanos dice que todo el mundo tiene derecho a sentirse seguro. A pesar de eso, no siempre las mujeres están tranquilas en el espacio público. Pero cada vez son más leyes las que las respaldan, así que “no hay por qué esconderse”, “ni por qué buscar a un hombre con quien caminar por la calle para sentirse protegidas”.

¡AL FIN! ALGO DE JUSTICIA
Hace apenas una semana fuimos testigos del caso de la periodista Teresita Goyeneche, en internet, quien pasó de ser víctima a atacante ante las autoridades porque denunció públicamente en Facebook a un hombre que le envió mensajes sucios con una foto de ella. Y no era la primera vez. Así de simple, la red social censuró la publicación porque iba en contra de sus políticas de privacidad. Goyeneche denunció en la Policía y no encontró respaldo. El acosador en cambio, con una alta dosis de descaro, sí puso queja por una supuesta amenaza, argumentando que ella le quería hacer daño.

Lo más cruel es que a él sí le hicieron caso, y Goyeneche fue citada para una conciliación (¿queda claro porqué las mujer prefieren silenciarse la mayoría de las veces?). Para fortuna de la periodista, la jueza encargada creyó en sus palabras, y su acosador aceptó el acoso por escrito y le fue puesta una caución.

Por medio de la misma red, Teresita explicó que hacer una denuncia por Facebook no era llegar tan lejos: “esa sola acción abrió una ventana a un montón de información y realidades sobre temas de género, redes sociales, leyes y la personalidad de la ciudad donde vivo, Cartagena”.  

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