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Derlis le ganó a la violencia

Derlis Villalba Mendoza parece una mujer común y corriente: madre, esposa y ama de casa. Aquí eso de "las apariencias engañan", toma bastante sentido: a sus 37 años, ella ha desafiado a la violencia, la desigualdad y el miedo. Y sigue en pie.

Nació en San José del Playón, un corregimiento de Marialabaja, Bolívar. Allí, en el año 1999, vivió en carne propia la injusticia del conflicto armado, cuando las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) llegaron al pueblo en busca de “colaboradores de la guerrilla”. Mataron a cinco personas. Quemaron vehículos y tiendas de abarrotes. Sembraron puro horror.

Ese 18 de agosto, mientras Derlis dormía, el grupo insurgente irrumpió en la casa de su suegra buscando a su esposo para matarlo. Fueron momentos de angustia, terror y llanto. Con 19 años de edad y dos hijos, que se aferraban a ella llenos de lágrimas, afrontó la noche más cruel de su existencia. Afortunadamente, su marido había viajado a Cartagena a hacer una diligencia y no estaba en casa.

Han pasado 17 años y Derlis aún no se explica por qué los paramilitares se marcharon, después de tanto insistir en llevarla con ellos. Quizás -como ella misma supone- se condolieron al ver a dos seres inocentes que se agarraban a las piernas de su madre sin tener la mínima idea de lo que sucedía. Ellos solo entendían el miedo.

Los "paracos" no se fueron sin antes quemar la camioneta de la familia de su esposo, en la que transportaban alimentos y en la que, según los delincuentes, se trasteaba la carga de la guerrilla. Pretendían usarla, pero en vista de que no quiso arrancar, le prendieron fuego.

Se marcharon esos hombres. Derlis, con toda su familia, se fue del Playón y, una vez más, se convirtió en víctima de la violencia, pues su hermano también había sido asesinado.

“Apenas ellos se fueron nos vinimos todos para Cartagena... A un primo mío se lo llevaron, lo descuartizaron y lo sepultaron en una fosa. Se llevaron a una 'cachaca' que estaba embarazada, le sacaron el bebé y la mataron, la tienda grande que tenía se la quemaron. También asesinaron a tres hombres y los dejaron tirados en las calles. Yo no entiendo por qué eso que ocurrió en mi pueblo no se ha mostrado como masacre”, cuenta.

Después de varias horas de recorrido, en vías en pésimas condiciones, llegó a la capital de Bolívar y se reencontró con su esposo, que se enteró de lo ocurrido cuando arribó a esta ciudad un bus que recogía pasajeros en El Retiro y Playón. Empezar de nuevo. Era lo que le tocaba.

Empezar de cero
“Cuando llegamos aquí nos fuimos para donde una tía de mi marido, que vivía en San José de Los Campanos. Al poco tiempo conocí a una muchacha que tenía una guardería y me pagaba 20 mil pesos mensuales por lavarle los platos. También me daba la comida. Con eso que ella me pagaba empecé a comprar accesorios en electroplata y luego plata, los repartía y me los iban pagando en cuotas. Después solo me quedé con el negocio, pero más adelante conseguí un trabajo en una casa de familia en Manga, y seguía vendiendo mi mercancía. Mi esposo empezó a manejar una buseta”: así narra Derlis la manera en que comenzaron a enfrentarse a una situación difícil como el desplazamiento.

“En San José de Los Campanos nos mudamos a otra casa del barrio, arrendada, pero después de dos años la señora nos llevó a una inspección porque, como éramos desplazados, creyó que le podíamos quitar su casita. No sé por qué ella pensó eso. Pero gracias a Dios nos entregaron esta casa, aquí en Refugio de la Carolina. El Gobierno Nacional nos dio un subsidio de 10 millones de pesos y la Arquidiócesis de Cartagena nos puso 8 millones. Nosotros no pusimos ni un peso”, añade.

Derlis no ha tenido una vida fácil, pero ha podido reponerse a los obstáculos. Su infancia estuvo marcada por el maltrato intrafamiliar y el desamor paternal. A los 12 años, cuando decidió conformar una familia, lo que estaba dentro de sus planes era otra cosa. “Yo no iba a buscar marido. Pensaba irme para las altas montañas porque mi idea era coger un 'mal camino'. Mi idea era meterme a guerrillera. Pero me encontré en el camino con un muchacho, que hoy es mi esposo. Dios me lo puso en el medio. Él me dijo que no me fuera para allá, me convenció de que me quedara donde algún familiar y así lo hice... Con el tiempo nos fuimos enamorando hasta que me llevó para su casa, y ya tenemos 24 años de estar juntos”.

Se mudaron a la Urbanización Refugio de la Carolina en el año 2007 y en el 2008 Derlis descubrió su capacidad de liderazgo con pequeñas actividades en su comunidad y desde entonces entró a la Red de Empoderamiento Cartagena y Bolívar y la corporación Sisma Mujer. Ahora, también hace parte de la Mesa de Víctimas de Cartagena.

Con mucha propiedad, Derlis se refiere a los ordenamientos y a las leyes, como el Auto 092 de 2008 (en el que la Corte Constitucional adoptó medidas comprehensivas para proteger los derechos fundamentales de las mujeres desplazadas por el conflicto armado en el país) y la Ley 1257 (por la cual se dictan normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres), al trabajo que se ha logrado en la lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres y lo que falta por hacer.

“Nunca pensé que tenía ese liderazgo, con decirte que yo estaba criando a mis hijos y pensaba que no lo sabía hacer. No sé en qué momento, pero le he cogido un amor que ni te imaginas. Yo no sé estar aquí en mi casa y que venga alguien a consultarme algo y no lo sepa orientar”, dice orgullosa.

Y añade: “Cuando empecé en la Red de Empoderamiento no sabía leer muy bien. Sentía que cuando lo hacía no se entendía. Temblaba cuando me daban un micrófono, pero hoy en día ya nada me da pena”.

Aunque añora su tierra, al escuchar y pensar en la palabra “regresar” se llena de nostalgia. No cree que sea posible. Sus hijos, de quienes no quiere separase, se acostumbraron a esta ciudad que los acogió. Ella espera contribuir con el resurgimiento y el desarrollo del Playón, donde la mayoría de las familias que antes habitaban no ha vuelto y ha sido poblado por personas de veredas cercanas.

“Si yo en ese entonces hubiera tenido el conocimiento que tengo ahora, Playón sería otro, porque hubiese ayudado a mi pueblo a salir adelante. Me han invitado a participar en un comité que se llama 'La gente que quiere a Playón' y espero poder hacerlo... Si me llego a morir haciendo este trabajo me voy contenta, pero si pasa y nunca hice lo que quería me iría triste. Mi familia respeta eso. Este trabajo no tiene remuneración, pero es muy bonito. Tengo a mi esposo que me ayuda económicamente y también soy feliz vendiendo mis zapatos y mis bollos los fines de semana”, concluye.

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