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Diciembre llegó con su ventolera...

Cuando se acercaban los días de las novenas, usábamos el alambre “dulce” y las tapas de  cerveza, sobre todo Costeñita, la más barata y apetecida por el pueblo, para hacer las panderetas. Más de una vez me martillé los dedos mientras aplastaba las tapas. Cuando no teníamos suficientes martillos, los reemplazábamos con piedras. Otra cosa que siempre recuerdo para esta fecha, son las ‘Chispitas mariposas’, que también fueron prohibidas para proteger a los niños y con las que pretendíamos hacer figuras en el aire.

La nostalgia de diciembre
No hay nada más cierto que aquella estrofa de la canción de Diomedes Díaz en ‘Mensajes de Navidad’: “Hay corazones que les da tristeza/que les da tristeza al llegar diciembre/hay corazones que al llegar diciembre/que al llegar diciembre se ponen alegres...”

Mientras muchos esperan con ansias este mes, otros reviven con nostalgia episodios de un pasado lleno de alegría e ilusión. Hace unos días, en una emisora local, sonaron las trompetas de ‘Bomba en Navidad’, de Richie Ray y Bobby Cruz. Un leve frío recorrió fugazmente mi cuerpo y despertó los poros de mi piel. Fue inevitable que mi mente viajara a años atrás, aquellos años en mi pueblo, donde el olor a pintura fresca, las fuertes brisas, el inigualable brillo del sol y el vivo azul del cielo me vaticinaban la llegada del “mes lindo del año”, como lo canta Jorge Oñate; o del “bendito diciembre, lleno de guayabos, lleno de recuerdos”, como pregonan Los Betos.

¿Quién no siente esa sensación extraña al escuchar por lo menos alguno de los “clásicos decembrinos” que parecen no tener reemplazo jamás? Al menos en la Costa, puedo contar cerca de unos 30 que se repiten cada año sin falta. ‘Domingo 24’, de Lisandro Meza; ‘Navidad sin ti’, de Marco Antonio Solís y los Bukis; el álbum completo ‘Navidades con La Sonora Matancera’, donde cantan Celia Cruz, Celio González y Carlos Argentino; ‘Navidad’, de Rafael Orozco y el Binomio de oro; ‘Cantares de Navidad’, de Billos Caracas Boys; ‘Bella es la Navidad’, ‘Seis chorreao’ y ‘Aguinaldo navideño’, de Richie Ray y Bobby Cruz; ‘La Fiesta de Pilito’, ‘Reluciente sol’ y ‘No hay cama pa’ tanta gente’, del Gran Combo; ‘El aguinaldo’ y ‘25 de diciembre’, de Diomedes; ‘Parranda de Navidad’, de Tania de Venezuela; ‘Tiempo navideño’, de Tito Rojas; ‘Brisas de diciembre’, de Rufo Garrido; ‘La víspera de Año Nuevo’, de Guillermo Buitrago, y ‘Vientos de Navidad’, de Los Diablitos, entre otros que quizás se me escapan.

¿Quién no revive su infancia al escuchar a Nuris Borrás en ‘Cuatro Fiestas’, o, incluso, al mismo Diomedes Díaz con la misma letra? “Qué linda la fiesta es, en un ocho de diciembre/qué linda la fiesta es, en un ocho de diciembre/al sonar del triki traki, qué sabroso amanecer/con ese ambiente prendido, me dan ganas de beber”.
Recuerdo que en Soplaviento, mi pueblo, los jóvenes no paraban de comprar el famoso y ahora prohibido ‘triki traki’ desde que llegaba diciembre. Lo prendían contra el piso o con dos piedras “chinas” y el olor a pólvora se disfrutaba cual perfume de Christian Dior o Carolina Herrera.

El 8 de diciembre, nos despertábamos en la madrugada a encender las ‘velitas’ y no nos apartábamos de ellas. Y no era para rezar, más bien era para “velar” que no se derritieran por completo y poder hacer el popular “diablo encuero”, que, por cierto, tiene distintas denominaciones y en mi tierra es un tanto más vulgar. Todos los años era la misma historia. Los papás, abuelos y tíos nos regañaban porque estábamos expuestos al peligro con ese “experimento”, que consistía en hacer un pequeño hueco en el suelo, meter un mocho de vela, cruzar un pedazo de alambre “dulce” y poner una tapa de cerveza o gaseosa a manera de fogón. Allí echábamos trocitos de las velas y ya derretidas, se les salpicaba agua para ver quién lograba la llama más grande e intensa.

Cuentan los más viejos que para diciembre hacían la “vara de premios”, un palo alto que untaban de cebo o grasa e incrustaban en el suelo. Quien llegaba a la punta era el ganador. También salía la “vaca loca”. Cada noche, alguna de las calles del pueblo se convertía en el epicentro de un divertido desorden. Era como una corraleja, pero sin animales y a espacio abierto, donde los pretiles de las casas eran los palcos de los espectadores y donde la gente se ponía a salvo de un hombre que cargaba sobre sus hombros una “vaca” de palos y saco, con enormes cachos, y una cola hecha con “pringamosa”, que correteaba a quien se le cruzara en el camino. La “bola de candela”, que se ha dejado de hacer por lo peligrosa que resulta, era un evento típico de diciembre.

Me llena de mucha nostalgia escuchar los clásicos comerciales navideños de Águila Roja y Caracol Radio, o el de la chocolatina Jet, que hace mucho no veo en televisión. Recuerdo también que mi abuela pasaba todo el año guardando los sobres de Café Sello Rojo porque cada diciembre llegaba un camión a cambiarlos por juguetes. A las niñas siempre nos daban unas muñecas de plástico, de ojos azules y pelo grabado, a las que casi no se les podía mover las piernas ni los brazos; para los niños había más variedad: carritos o balones, también de plástico. En las tiendas donde se instalaban ponían unas grecas y las impulsadoras repartían el café. Todo eso ocurría muy temprano, por la mañana, y los niños éramos felices haciendo una larga fila bajo el sol ardiente.

En Cartagena, otras ciudades y algunos pueblos, en las noches decembrinas, pasaba la inolvidable caravana de Coca-Cola que ahora solo presenciamos en televisión. La gente se agolpaba en los andenes cuando escuchaba el ruido, la música y los pitos de los camiones decorados con luces navideñas, esperando que Papá Noel saludara y de paso lanzara regalos.

Los muñecos de Año Viejo todavía no se han convertido en historia. Con ellos, muchos queman los recuerdos más dolorosos para recibir esperanzados “año nuevo, vida nueva”.

Para muchos, diciembre y la Navidad han perdido el sentido, pero, tal vez debemos poner en práctica el ‘Mensaje de Navidad’ de Diomedes: “Que mueran los recuerdos que nos duelen”. Eso sí, nunca olvidemos esas gratas experiencias que, a pesar de que nos arrugan el alma, siempre nos harán sonreír.



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