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Discusión en la fila

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- ¿Oiga, señora, qué turno tiene?
- El 63, ¿por qué?
- Ese turno pasó desde hace rato y tampoco creo que tenga ese número porque yo estoy aquí desde las 9 de la mañana y usted llegó fue hace poco.
- Tengo el 63 y no tengo por qué darte explicaciones.

Esta es una de las tantas discusiones diarias en las filas de entidades bancarias, de salud, estatales, entre otras. En esa ocasión, una mujer que en un banco le reclamó a otra porque, aparentemente, pretendía “colarse”.

Los demás usuarios, desesperados pero a la vez resignados, la calificaron como “viva”, “avispada” y “bollona”, como se define popularmente a las personas que buscan sus objetivos pasando por encima de los demás.

Solo bastó que una persona se quejara para que los demás también lo hicieran, como ocurre usualmente. En las busetas de transporte público, por ejemplo, se desata el escándalo apenas alguien le dice al conductor que deje de “mamar gallo” y no juegue con el tiempo de los pasajeros.

La señora, que fue atendida por una asesora con la que al parecer había tratado con anterioridad, rompió el papel del turno cuando salía del banco y lo lanzó a quien le había reclamado. “Ahí tienes, para que te limpies el culo”, dijo de manera déspota y grosera.

La respuesta no se hizo esperar: ¡Vaya!, vieja atrevida, quien la ve bien vestida, con lipo, tetas y nalgas y no respeta ni sabe tratar a la gente.

¿Cuestión de cultura?

Es común ver en las largas filas rostros malhumorados y gestos que muestran desespero, como por ejemplo, exhalar aire de los pulmones hasta que llegue a tocar el hombro de quien está adelante, cruzar los brazos, mover la boca de un lado a otro, hacer un comentario sin destinatario específico pero que genera una reacción estrepitosa.

En este último punto, como se dice coloquialmente, se forma el “arroz con mango” y los usuarios empiezan a utilizar los eslóganes de las entidades para manifestarse: “pónganle el alma”, “y eso que este es mi banco”, “no me están dando lo que quiero tener”.

Si bien es cierto que existen personas impacientes que no acaban de llegar cuando ya quieren ser atendidas, también hay que reconocer que exaspera estar en medio de un laberinto de personas y ver a los encargados de atender caminando de un lado para otro o hablando y riéndose con los compañeros.

“A veces no es que conozcamos a alguien sino que vienen personas que por ejemplo están en proceso de hacer un crédito y han venido antes, y si tienen que firmar un documento los hacemos pasar y los ayudamos mientras atendemos a otro cliente. La gente muchas veces no sabe eso y tampoco lo entiende porque se desespera al esperar”, comentó una asesora de cierta entidad financiera, sin conocer las razones de mi conversación.

En otro diálogo, una auxiliar de droguería que suministra medicamentos a varias EPS de la ciudad manifestó: “a veces los usuarios llegan de mal humor porque no les fue bien en la cita y arremeten contra nosotros, nos insultan”.

La psicóloga Maria Claudia Bustillo explicó por qué hay este tipo de situaciones. “La impaciencia es un rasgo de personalidad. Hay gente que es tranquila, controlada y paciente y hay gente que es impulsiva, acelerada e impaciente. La gente impaciente, valga la redundancia, se impacienta cuando el entorno exagera. Por ejemplo, cuando el día del pago a los pensionados no estén habilitadas todas las cajas en las horas de mayor afluencia de personas. La impaciencia queda en evidencia o no dependiendo de la situación que esté ocurriendo”.

El ventajoso

Con relación a la actitud ventajosa o “viveza”, definida por la Real Academia Española como la “agudeza y prontitud para aprovecharse de todo por buenos o malos medios”, y considerada por muchos como una deshonesta forma de vida, Bustillo argumentó:

“Por un lado existen unas características individuales que socialmente son reforzadas porque generalmente no les pasa nada a los aventajados. Si existiera sanción para ellos o si la gente no lo permitiera no ocurriría. Hay personas con unas características de personalidad que los hacen ser tendientes a no cumplir las reglas, no interiorizan las reglas, no se orientan por el deber ser, y dentro de estas individualidades están los delincuentes y los que son permeables, que no son delincuentes pero se dejan persuadir por terceros, son fáciles de manipular. Por otro lado está una cultura nuestra, de permisividad, de pasividad, en donde uno permite que los demás hagan lo que quieran. Las personas ventajosas no están interesados en el bien común sino en sus particularidades”.

El profesor de filosofía y ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, se refiere a la “cultura del atajo” como una característica de personas que pretenden tomar ventaja sobre los demás de manera inapropiada, como por ejemplo: colarse en la fila, adueñarse de lo que a alguien olvidó o hacer trampa en exámenes o juegos.

“En Colombia hay mucha 'cultura del atajo', que es cómo lograr los resultados rápido, a veces 'chambonamente' y con consecuencias preocupantes para uno, para los demás, para el mediano, para el largo plazo... Es mi mayor sueño que Colombia coja ventajas en el mundo a través de la autotransformación de su cultura”, dice Mockus en un video en el que habla sobre la cultura colombiana.

Si usted es de los que les gusta colarse en la fila, evítese un mal rato, no sea “bollón”, no aplique la “ley del más vivo”. Respete la fila. ¡Respete a los demás!

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