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Don Ramón vende agua de coco en Playa Blanca

“Buenas señorita”, saluda con amabilidad. Su amplia sonrisa muestra unos dientes blancos con incrustaciones brillantes. “Son imitación de diamante, porque digamos si tú me hablas yo tengo que sonreírte”, explica divertido.

Su indumentaria luce natural al pasar los minutos, tanto que luego su dentadura reluciente pasa a un segundo plano y todo porque Don Ramón no está muerto, no señor. Está en Playa Blanca, Barú, vendiendo cocoloco, piña colada, caipiriña y mojitos.

El icónico personaje encarnado por el actor mexicano Ramón Valdés, es representado a diario por Jaime Girado, un humilde comerciante, oriundo de Santa Ana. Él tiene las patillas anchas y pobladas, la cara flaca en forma de corazón con los pómulos pronunciados, la contextura delgada, un bigote en el que se asoman varias canas y una sonrisa eterna.

El característico sombrero de Don Ramón, que él mismo manda a hacer, le da los últimos detalles a su personificación, que causa sorpresa  y divierte a turistas y locales.

- ¿Dile a ella cómo me llamo yo?,
- ¡Don Ramón!, exclama un sujeto moreno de cara amistosa.
La rutina del viejo Jaime, empieza a las cuatro de la mañana, cuando sin falta sintoniza el Canal de las Estrellas para verse El Chapulín y luego El Chavo del Ocho. “Después salgo a las 6 y media a comprar en el mercado la piña, el coco, las cosas. Luego llego a la casa, me relajo, me baño, y salgo a trabajar a las 8 o 9”. A veces, escoge el jueves para descansar.

Tiene la piel tostada por el sol, pero no le importa porque en medio de las carpas de los bañistas, sitúa  su carrito de ventas. En un pequeño cartelito mandó a hacer un montaje con photoshop donde aparece junto al verdadero Don Ramón.

Un visitante del interior del país alista su celular y lo llama,
- ¿Puedo tomarme una foto con usted?
- Claro, le dice Jaime, y empieza la sesión de selfies.
Noto que pone una expresión rabiosa, como imitando a Don Ramón cuando está a punto de darle un cocotazo a El chavo del 8, o cuando Kiko le sube los humos con sus preguntas indiscretas.

Todo un personaje
El señor Jaime tiene 60 años, vive con su esposa Casta y tiene seis hijos. “A todos les gusta mi personaje sí, sí. Una vez me visitó una señora de un canal de televisión y me propuso hacer la misma comedia de El Chavo, pero no pude buscar a los otros personajes y no se dieron las cosas”, dice con algo de pesar. Confiesa que frente al espejo practica los parlamentos de Don Ramón, “pero ahora mismo sólo tengo el físico, aunque lo paso ensayando y ensayando”.

El pequeño sombrero que lleva puesto, es un obsequio. Dice que le han regalado varios, y a que veces, él mismo los manda a hacer. Recorta el pedazo de tela, y le da instrucciones a la modista.“Pero no me he podido levantar este”, explica señalando la foto original del actor, “este es de lona, y el mío es de jean”.

Cada vez que uno de los personajes de la serie parte de este mundo, no puede ocultar las lágrimas. “Cuando me enteré que murió el chavito fue duro, me pregunté ¿cómo así que murió el chavito?, sí sé que Don Ramón fue de los primeros que se fue”.

Al caer la tarde, el sol parece hundirse en el agua azul de Playa Blanca. Uno o dos bañistas aún disfrutan de las olas, del mar y de la soledad. Sólo quedan en la arena, las huellas de cientos de visitantes. Un carrito de venta de agua de coco y piña colada espera solitario, a que su dueño lo lleve a casa.

“Me gusta mi trabajo”, dice como quien no está convencido, “aunque me gustaría más un puesto fijo, porque así podría poner mucho más grande este cartelito donde salgo con Don Ramón”.



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