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Dos ángeles baleados, un milagro: ¿seguiremos matando el futuro?

La guerrera tiene cara de ángel y se acerca despacio. Viste de camisilla fucsia y un short. Lleva chancletas sencillas. Sus ojos, bellos y negros, se ven serenos y su sonrisa se muestra tímida. Esta niña de piel morena y rizos apretados habla suave y lleva un yeso en su brazo derecho. Apenas tiene nueve años y ya ha batallado de tú a tú con la muerte misma.

A las diez de esta mañana, el sol no parece tan inclemente en la calle de La Cruz, del barrio Boston. El día transcurre tranquilo, como la niña, que ahora se sienta en un mecedor y saluda con una sonrisa.

Parece mentira, pero esta es la misma niñita que protagonizó los titulares de las noticias judiciales de Cartagena el once de mayo pasado: “Niña de 10 años gravemente herida en ataque a bala en el barrio Boston” o “Bajo pronóstico reservado niña de 10 años herida en ataque a bala en Boston”... ¡cuánta desesperanza!

Y sí, la tragedia tenía todas las de ganar.

***

Ese martes, la nena regresaba de clases feliz. Traía en las manos el regalo que ella y su hermana menor pensaban dar a su mamá en el Día de la Madre: una flor de papel rosado y verde, con una inscripción.

“No hay amor más grande que el de una madre. Mujer, amiga, hermana y madre, una valiente que es capaz de tener un niño nueve meses en su vientre para que la llamen mamá. Feliz día”, decía la rústica tarjeta.

Mientras la pequeña se acercaba a su abuela paterna para mostrarle el regalo, apareció ‘el mismo diablo’:  una moto con dos sicarios se detuvo y los tipos empezaron a disparar.

Eran las doce y media de la tarde y en la terraza de aquella barbería estaban, además de la niña, dos hombres y la abuela.

Los pistoleros disparaban sin pena ni piedad. Uno de los muchachos y la abuela corrieron sin un rasguño. El otro joven -allegado a su familia- la abrazó en el agónico afán por protegerla. A él lo impactaron cinco balas, tres lo atravesaron con tanta fuerza, que terminaron alojados en el frágil cuerpo de la muchachita.

Así, herida y abrazada por el pánico, ella dejó caer la flor, ahora teñida del rojo de la sangre, y corrió a los brazos de su papá. Se desplomó. Ahí comenzó la guerra contra el tiempo y la muerte.

La llevaron en una moto a la Casa del Niño.

“Me avisaron como a la una (de la tarde), yo estaba en Torices. Llegué a la Casa del Niño y la encontré consciente. Mi niña me decía: ‘¿mami, esto es un sueño?’...yo solo le respondí que sí y ella replicaba: ‘ay, sí, mami, qué sueño tan maluco. Yo quiero despertar’. Le decía que no se preocupara, que iba a despertar rápido, pero nada. Le indujeron un coma y la metieron a la UCI. Estaba llena de tubos y se complicó mucho. Tuvieron que hacerle diálisis porque una de las balas le perforó el pulmón derecho, eso le afectó el corazón y los riñones. Estaba hinchada y parecía que los ojos se le iban a salir. Tenía la presión muy baja. Me derrumbaba siempre que entraba a verla porque sentía que estaba viva solo por esos tubos”, recuerda la mamá.

Aún le tiembla la voz.

Los pronósticos no eran alentadores. La esperanza parecía esfumarse.

“Mientras ella estuvo en UCI, los médicos nunca me dieron esperanza. Siempre me decían que la situación era crítica, que estaba complicada, que estaba mal...y yo sentía de todo: impotencia, rabia, dolor...uff... eso era horrible —dice la madre y su voz tiembla otra vez— . 

Entraba a verla en las mañanas y en las tardes y siempre salía destrozada.

“Las mamás sentimos lo que sienten nuestros hijos, a mí me pasó. Cuando ella estaba mal, yo me sentía mal, pero un día, cuando comenzó este milagro, empecé a verle otro semblante. Mi niña no había despertado, pero yo sentía que se estaba mejorando y los exámenes médicos lo comprobaron. Y ella despertó preguntando por la fecha. Dios existe”.

La pequeña duró veintidós días en la clínica. Regresó a casa el viernes tres de junio.

Despertó preguntando si era lunes, martes o viernes...había perdido la noción del tiempo, pero no del miedo. Recuerda todo lo que le pasó.
“Un día despertó llorando, gritaba que cerraran las puertas porque la iban a matar. Tenía miedo, pero se ha ido calmando”, continúa su progenitora, quien no sabe cómo arrancar esa pesadilla de la cabeza de su nena.

“No se sabe para quién era el atentado. Cuando mi hija estaba al borde de la muerte yo solo me preocupaba por ella, pero la verdad es que ahora le pido a Dios que así como me hizo el milagro de salvarla, haga otro milagro y me aclare todo. Sería injusto que esto quedara así porque mi hija es apenas una niña, un ángel, y ella no tenía por qué pasar por esto. Necesito saber qué pasó”, exige la señora. Su voz se arrecia.

¿Y a qué te gusta jugar?, pregunto a la pequeña.

A todo —responde y vuelve a sonreír con timidez—.

Me cuenta que cursa cuarto de primaria. Le gusta Disney Junior. Su color favorito es el rosado y su materia preferida es castellano.

¿Qué quieres ser cuando grande?

—Doctora— dice sin titubeos —.

ERAN PRIMAS
La otra cara de esta moneda es Yeris Púa Angulo. Tenía cuatro años. Tenía, porque está muerta.

“Una niña de cuatro años fue la víctima fatal de un intercambio de balas en el sector Playa Blanca, del barrio Olaya Herrera", dice una nota publicada por El Universal el 5 de junio.

Según el comandante de la Policía en Cartagena, el general Carlos Rodríguez Cortés, el domingo a las nueve de la noche agentes de su institución llegaron a un local comercial a solicitar que se bajara el volumen de la música y los recibieron a piedra, palos e insultos. La cosa pasó a las balas y Yeris pagó por las miserias de los grandes. Una de las balas la impactó en el pecho. “Me duele el pecho, llévenme donde mi mamá”, son las últimas palabras de la niña, que había salido a comprar un yogurt y murió antes de llegar a la clínica.

¿Habrá algo más triste que esto? Sí, probablemente saber que Yeris y la niña de Boston que comenzó esta historia eran primas. Dos ángeles, un milagro.

Pero no son solo dos. Según la Asociación Colombiana de Pediatría, en la última década, en Colombia, han muerto mil personas por culpa de balas perdidas. El setenta por ciento de las víctimas son menores. ¿Vamos a seguir matando nuestro futuro?

DATOS
17 menores de edad asesinaron en 2015 en Cartagena en sicariatos, atracos y riñas, según reportes de prensa. Tenían entre 10 y 17 años y dos de ellos fueron víctimas de balas perdidas.

11 menores han sido asesinados en la ciudad en lo que va de 2016, una falleció a consecuencia de una bala perdida.

Entre enero y junio de 2015 mataron a 7 menores, este año, en el mismo periodo, han muerto 11.



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Comentarios

Estimado alcalde....

Se da cuenta ud que la razon principal de los robos, el sicariato, y la vida perezosa que llevan aqui en cartagena son las motos???, sr sé que al igual que yo mucho tienen moto y que la utilizamos para transportarnos, pero estamos dispuestos a utilizarla para eso solamente, quite el P.U.T.O PARRILLERO, GRANDISIMO INFELIZA, CUANTAS VIDAS MAS DEBEN TERMINAR, CUANTAS VIDAS INOCENTES DEBEN PAGAR, CUANTAS FAMILIAS MAS DEBEN SUFRIR, creame UD sr alcalde, quedará como la persona, que tuvo los C.O.J.O.N.-E.S para decretar el NO PARRILLERO, esta ciudad se mamó de los burros estos al volante, de los robos, de las imprudencias de estas bestias, Digame ud una cosa, SERA QUE UD DECRETARÁ ESTO CUNADO CAIGA UN FAMILIAR SUYO? UN HIJO, UN SOBRIMO???? No tenga miedo, se que mas de la mitad de cartagena lo apoya, si tiene dudas, realice un CENSO,, NO SEA COBARDE..