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Eduardo Herrán, cazador de la belleza

“No es fácil recodar a un ser tan especial sin que la tristeza no aflore en nuestra alma, sobre todo cuando traemos del pasado instantes de inocencia o de años juveniles convividos con alguien que supo vivir la vida. Sí, él sabía vivir la vida”.

Las palabras de Jorge Herrán Garavito resumen algo del sentimiento de quienes conocieron a su amado hermano, Eduardo. Amigos y colegas describen su nobleza abundante, la paciencia que siempre lo caracterizó a él y a sus creaciones. Porque en cada foto había mucho de su carácter.

Describen ese don apacible de esperar hasta horas enteras para presionar el obturador en el momento preciso y lograr aquella imagen que idealizaba. Y es que Eduardo Herrán Garavito más que reportero, era un artista que componía cuidadosamente sus piezas.

Con una cámara de su hermano Jorge fue que Eduardo se inició en el oficio de la fotografía. Aquella madrugada, un vehículo pasaba por una curva, se salió de la vía en El Bosque y se estrelló aparatosamente contra una casa vecina. La escena del accidente fue captada por el ojo de Eduardo y se convirtió en su entrada al mundo periodístico.

“Él agarró la cámara del hermano, tomó fotos y sin pensarlo mandó la que iba a ser su primera foto publicada en El Universal. De ahí empezó a mandar fotos. Le gustaba bastante la fotografía, hizo cursos, estudiaba módulo por módulo, por correspondencia”, afirma su hijo Luis Eduardo.

***
Oriunda de Villavicencio, en principio, la familia Herrán Garavito llegó a Cartagena por asuntos de trabajo de Raúl, cabeza del hogar, era marinero. Ya establecido en la ciudad, Eduardo, tercero de seis hermanos, siguió sus estudios de bachillerato en el Liceo Bolívar y “hasta quiso ser comunista, tendencia que estaba de moda, pero yo no compartía por temor a que le pasara algo malo”, explica su hermano Jorge.

“Aquí tuvo una vida muy complicada, por la pobreza extrema en la que estaba su familia, pero mi abuela siempre fue muy trabajadora y los sacó adelante”, agrega Luis Eduardo. Tras graduarse del colegio, trabajó en bancos de mensajero y en la Telefónica de Cartagena.

“Fue hasta profesor de teatro, siempre le gustó el arte. Siempre tuvo esa vena artística”, narra Luis y Elida, esposa de Eduardo, añade: “Eso fue en un colegio que se llamaba Politécnico Femenino, quedaba en Manga, en la parte de atrás del Montessori. Tenía como 27 años, después montó una obra de teatro en el colegio Promoción Social, en El Socorro”.

“Mi papá fue hasta vigilante en Ingeominas, yo creo se sentía tan mal allá que pasaba aburrido”, dice Luis. De ahí renunció, impulsado por su hermano, para seguir su sueño de ser fotógrafo y comenzó en este oficio en la Alcaldía de Cartagena, donde “duraban hasta tres meses sin pagarle”. En 1988 entró al periódico El Universal, donde estuvo hasta 2007. Falleció el 30 de abril de ese año.

***
“El tipo más tranquilo, tenía una de las grandes facultades de un buen fotógrafo: la paciencia. Era muy paciente, no se desesperaba por nada, hasta cuando tenía la foto, él esperaba pacientemente. Cero egoísmo y era un tipo de muy buen humor. Dos o tres días antes de morir fui a visitarlo al hospital, estaba mamando gallo, feliz. Era mi gran amigo”, expresa el fotógrafo Antonio Alcalá.

“Él manejaba la quietud, encuadraba una foto, la pensaba demasiado y la dibujaba en su mente, de ahí la plasmaba. Fue una de las cosas que se le aprendió a él. La sensibilidad que tenía para las imágenes artísticas era muy grande y muy buena, era única. Sus imágenes la muestran mucho. Hay que tener en cuenta que era un fotógrafo de rollo”, sostiene Julio Castaño, compañero y también colega.

Y es que las descripciones de su trabajo y su forma de captar la realidad son infinitas. Sus fotos ocuparon decenas de portadas de El Universal, convirtiéndose en uno de los más destacados fotógrafos de la ciudad y también fueron galardonadas.

“Hizo una carrera muy bonita con la gente. Se ganó tres premios Pegazos de Oro, que entregaban aquí, en la ciudad. Mi papá tomó fotos muy recordadas. Tomó una foto donde a un señor se le acusaba de ladrón, y el tipo en plena calle se desnudó, todo para que vieran que no tenía nada. Y salió el tipo desnudo y el policía que lo tenía agarrado. Esa foto fue impactante. Fotografió a Yaser Arafat con Fidel Castro, la gente siempre lo recuerda. Le aprendí a imaginarme las imágenes desde un punto de vista diferente. A no temer”, asegura Luis Eduardo.

“Una foto de él que me impactó fue la de un desastre: una explosión de un gaseducto que desapareció un pueblo entre Atlántico y Bolívar. Otra que recuerdo mucho, en los tiempos de buena brisa en la ciudad, entre enero y febrero, en la Avenida Santander, Eduardo hizo una foto de una chica que se le levantó todo el vestido, y él captó el momento, eso tiene que ser en el instante preciso”, recuerda Óscar Díaz Acosta.

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Han pasado diez años desde que Eduardo dijo hasta luego a su familia y amigos. Desde que su cámara su apagó. El domingo 30 de abril los suyos se reunieron para recordarlo, para recordar su sonrisa, su paciencia, su amor. Su hermano Jorge lo recordó con emotivas palabras y hubo una misa en su memoria.

“Era un romántico, siempre andaba agarrado de la manos con mi mamá, como si fueran novios. Un gran papá, Marisol, Francisco y Orlando pueden dar fe de que tuvimos un gran papá. Todavía recibo mucho de ese cariño que tuvieron con mi papá, gente que no conozco, muchas personas sienten que tuvieron una gran amistad con él y yo todavía recibo mucho de ese aprecio. Heredé el cariño y la profesión de él.

“Él falleció diciendo que aún no quería irse, que le faltaba fotografiar el amanecer de Bocachica, que le faltaban muchas cosas por hacer... un libro. Quería conocer a sus nietos, estuvimos en la casa con él, hizo un poema también, se llama así ‘No, aún no’, no se quería ir todavía. Fue un ser maravilloso”, comenta el hijo que sigue sus pasos.



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