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Ejemplo de vida: Superando la discapacidad

En diciembre, el último y anhelado mes del año fue el mes en que conocí a Eloy Gómez Martínez, un hombre de 34 años que se moviliza en la ciudad en silla de ruedas y que pese a su condición de discapacidad sale diariamente a disfrutar la vida. Actualmente es abogado y trabaja en la secretaría de Participación y Desarrollo Social de la Alcaldía. 

A las 8 de la mañana partí de mi casa a conocer esta historia, pues debía llegar a Villas de la Candelaria, un barrio situado a orillas de la carretera de La Cordialidad y muy cerca a la Terminal de Transportes de Cartagena. Aunque nunca había llegado hasta ese lugar, llegué muy emocionada a charlar con él.

Esperé varios minutos que saliera de su casa a atenderme. De repente, se abrió la puerta y el joven salió con una sonrisa de oreja a oreja, con una camisa guayabera blanca y pantalón gris. Muy elegante, como todo un abogado.

Me dijo que esperáramos un taxi, que él todos los días tomaba uno para el trabajo, ubicado en el centro comercial Ronda Real, en Santa Lucía, pero se le olvidó decirme cuánto tiempo debíamos esperar.

El sol estaba resplandecente, casi insoportable. Pasaron 10 minutos y a los taxis que cruzaban vacíos le extendíamos la mano; sin embargo no paraban. Así pasó en unas 4 o 5 ocasiones. Lo confieso, ya estaba muy desesperada. El sudor corría por la frente de Eloy, pero él ya estaba acostumbrado, por eso tenía una toallita en la piernas con la que secaba sus gotas.
 
Duramos en esa situación aproximadamente 20 minutos, hasta que se cansó y mandó a su compañera, Dayana Palomino, con quien lleva 7 años de relación y tiene una niña de 4 años a la avenida de La Cordialidad a parar y traer un taxi o cualquier otro medio de transporte hasta la terraza de su casa. 

Después de casi media hora, llegó un carro gris, sin aire y un poco destartalado, que fue el único que estuvo dispuesto a recogernos.

Me impresionó ver que el hombre del carro no se bajó del auto a ayudar a Eloy a subirse, quería decirle muchas cosas, entre eso, lo poco solidario que era; sin embargo, me detuve al ver que él con su silla de ruedas se acercaba más y más al carro, abrió la puerta delantera y con algo de dificultad se subió solo, sin ayuda, al vehículo. Luego Dayana, le montó la silla de ruedas en los puestos de atrás.

Así emprendimos nuestro viaje para su lugar de trabajo.

Todo inició...

Yo era un adolescente, estaba en tercer año de bachillerato y como todos los jóvenes de mi edad, me gustaba correr, jugar fútbol, montar bicicleta y molestar; sin embargo, la noche del 17 de febrero de 1998, 4 días después de mi cumpleaños número 16, todo cambió.

Eran las 10 de la noche, todo estaba oscuro, la luz de la luna era la única que iluminaba la calle. Salí de mi casa en el barrio la Troncal para la casa de un amigo cerca de la discoteca Wikan, no llevaba nada extraño, ni cadenas, ni nada de valor, solo una gorra.

De un momento a otro salen 5 hombres a mi acecho-que ya no recuerdo sus rostros- quienes según rumores venían de una fiesta. Me amenazaron con una navaja. En esa época yo apenas estaba conociendo el mundo era inocente e indefenso, no hice nada, no puse resistencia, me quede perplejo del susto, solo dejé que me robaran un objeto insignificante: la gorra.

Con la navaja que tenía uno de ellos en sus manos me apuñaló en la espalda. Al instante caí al suelo desmoronado, no supe que pasaba, solo empece a llorar y a gritar. 

Mi voz entrecortada se escuchó hasta mi casa, fueron segundos que parecían años, los sentí eternos. Mi hermano mayor identificó mi llanto, salió de la casa y llegó donde yo estaba tendido en el suelo bañado en sangre. Minutos después llegaron mis padres, quienes de inmediato me cargaron y me llevaron en un taxi a la clínica Blas de Lezo. Eso es lo único que recuerdo, lo demás me lo contaron mis familiares que estuvieron conmigo esa fatídica noche.

Estaba grave, según los médicos estaba entre la vida y la muerte. El primer parte médico dijo que había sufrido una lección con arma corto punzante a la altura de la c6, una de las 7 vertebras cervicales que manejan las extremidades superiores.

Como la clínica no tenia los implementos necesarios para estas emergencias, me remitieron al Hospital Universitario. Yo continuaba inconsciente, solo al tercer día de estar internado abrí los ojos y desde ahí fue que volví a recordar.

No entendía lo que pasaba, desperté pero no sentía mis piernas, ni mi mano derecha, y los rostros de mis padres llorando desconsolados fue una dura imagen que quedó grabada en mi mente.

Finalmente, me informaron que esa puñalada había afectado la parte motora de mi médula espinal y que no podría mover mis piernas ni mi mano derecha nunca más, pues tenía paraplejía.

Sentí que mi vida se derribó y por varios días pensé que el mundo se había acabado. Sin embargo, la tragedia no acababa ahí, a la semana de aquel hecho los médicos encontraron que tenía meningitis, una inflamación de las membranas que recubren el cerebro y la médula espinal, producida en mi caso por una infección en la herida hecha por la navaja.

Estuve hospitalizado 6 meses, fueron momentos difíciles para todos. Nosotros no teníamos dinero, mi papá que en paz descanse trabajó muy duro para cubrir todos los gastos.

Casi un año asistí a las recuperaciones. Primero estaba en una etapa donde no comprendía lo que había pasado y tampoco lo aceptaba, hasta que comprendí mi realidad y empecé a reorganizar mi vida con el apoyo de mi familia.

Comencé a estudiar en el colegio Caribe Real, pero en la noche, porque era la única jornada que por mi condición de discapacidad podía asistir. 

Cinco años después de terminar el bachillerato, por situaciones económicas y por las terapias, entré la Universidad Rafael Núñez a estudiar derecho, motivado por mi padre, quien costeó la carrera.

Ejemplo de superación

Al llegar a Ronda Real, nos bajamos del carro y nos dirigimos a su oficia, en la que Eloy siguió narrandome su historia.

En estos momentos, Eloy vive con su mamá, su niña y su pareja Dayana. Todas los días se despierta a las 7 de la mañana se baña y se viste sin ayuda.

Luego sale a coger un taxi, único medio de transporte para él y las 14.000 personas que en condición de discapacidad están caracterizadas en la base de datos del Distrito. Pero unos días es más demorado que otros, ya que los conductores no quieren coger estas carreras, porque tienen que bajarse del carro, subir la silla, y toda una serie de cosas que a ellos los incomodan, y algunos los hacen pero cobran tarifas exageradas.

En el trabajo, en la secretaría de Participación Ciudadana, donde estábamos, Eloy tiene un contrato por prestación de servicios, ahí él es asesor jurídico; contesta derechos de petición, responde algunos oficios, apoya en atención al público y contesta  tutelas, entre otros asuntos jurídicos. Claro, está ahí hasta la hora en la que siente bien, ya que aveces tiene molestias en su cuerpo y no puede cumplir con el horario de oficina.

Siempre alguien lo acompaña, a veces su madre, Norma Martínez Grau o su mujer. ¿Por qué? porque hay parar el transporte, bajar un anden muy alto, cruzar una calle peligrosa sin cebras, -típicas de la ciudad- y muchas veces no hay nadie de corazón noble que lo ayude.

Eloy ya tiene un poco más de sensibilidad en sus piernas y tiene control de sus órganos reproductores.

Y ¿los agresores? Pues no se sabe, porque ni él ni su familia nunca presentaron una denuncia, por lo que no los capturaron y nunca se supo porque lo hicieron. Simplemente escaparon.

Lo más difícil…

Para mi lo difícil para las personas con paraplejía o en condición de discapacidad es que nos enfrentan a una dependencia médica, psicológica y familiar.

En ocasiones la salud se debilita. El estar siempre en una silla de ruedas el cuerpo físicamente se deteriora, he regresado al médico por algunas escaras, me partí el fémur en una ocasión y he sufrido descalcificación de los huesos, por eso debe estar tomando calcio y yendo algunas veces al doctor.

Personalmente se me parte el corazón cuando mi hija me dice: papi ven a jugar conmigo, ven, y obviamente yo no puedo. Me pregunta, por qué estoy así, que por qué no salto como ella y me salta al lado, pero yo le digo más adelante cuando crezcas, vas a entender por qué no puedo.

Además, la inclusión para los discapacitados en la ciudad es poca, falta apoyo del Distrito, programas que brinden estudios, para capacitar a esa población y sobre todo acondicionamiento de la vías, andenes, espacios amplios en las instituciones educativas y entidades gubernamentales.

Finalmente, después de conocer su casa, familia , trabajo e historia de vida, he quedado satisfecha y alegre por dar a conocer esta historia de Eloy García Martínez, quien día a día lucha por salir adelante.

Vocabulario

Discapacidad: 
Es una persona que tiene deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales; temporal o a largo plazo, que al interactuar con diversas barreras, incluidas las actitudinales pueden impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con los demás.

Inclusión: Es un proceso que sostiene y asegura que todas las personas tengan las mismas oportunidades y la posibilidad real y efectiva de acceder, participar relacionarse y disfrutar de un bien, servicio o ambiente.



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Comentarios

Uffffff

Triste historia, pero es una persona con ganas de superarse y lo ha demostrado, Dios lo ayudara a el y a su familia...