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El cronista oral de Cartagena

Federico Herrera de Ávila puede quedarse en silencio, pero su estampa alta, delgada y quijotesca cuenta ella misma una historia de Cartagena de Indias. Tiene más de treinta años de ser el cronista oral de la ciudad.  En todo ese tiempo ha sido el habitante ambulante y estacionario del parque y del corazón amurallado de Cartagena de Indias. Sin salir de su ciudad ha recorrido leguas inimaginables acompañando a los viajeros que lo buscan bajo la sombra de los árboles, en el Parque de Bolívar, donde llega todos los días de la semana, de diez de la mañana hasta la medianoche, a ejercer uno de los oficios apasionantes  y embrujadores de la ciudad: contar la historia de Cartagena de Indias. Federico es cronista oral y escrito, lector insaciable e investigador de los secretos de la historia de su ciudad natal. Desde el parque guía a los viajeros del mundo y a los turistas que le preguntan sobre cuatrocientos ochenta y cuatro años de historia local. Van en su búsqueda solo para  escucharlo, fascinados por el torrente verbal de sus metáforas a flor de labios. Esa vocación por la tradición oral le viene de su madre María del Socorro de Ávila, una mujer alta, blanca, con gran sentido del humor, que le contaba desde niño episodios de la picaresca cartagenera.
A él le llueven las preguntas insólitas, difíciles y descabelladas: ¿Dónde está enterrado Blas de Lezo?  y Federico tiene respuestas para casi todo: “Es probable que su tumba esté en el mar, pero puede estar enterrado en el Castillo de San Felipe o en la iglesia de la Tercera Orden.  Nadie ha podido encontrar el aro de bronce que llevaba Blas de Lezo en su pata de palo”, me dice riéndose. Unos parientes de Blas de Lezo llegaron una vez a la ciudad y fueron tras su búsqueda para que les contara lo que sabía del héroe que se convirtió en “media pisada, media mirada y medio abrazo”, al perder medio cuerpo en todas sus batallas.
Federico ha escrito tres libros de crónicas sobre su ciudad, se considera un historiador y un divulgador de la historia local, y sus fuentes han sido las crónicas de Daniel Lemaitre; el Nomenclator de Donaldo Bossa Herazo; los libros de Juan Manuel Zapateto sobre ingeniería militar; la semblanza sobre Claver, de Juan Valtierra; la historia del tráfico negrero de Roberto Arrázola; los cuatro tomos de la Historia General de Eduardo Lemaitre; y las novelas y crónicas de Germán Espinosa, “que logra recrear los acontecimientos históricos de Cartagena de Indias”.  Su libro “Historias, cuentos y leyendas de Cartagena”, publicado en 1998, es un texto de consulta para todos ellos. Su segundo libro “Cartagena, fantasmas y aldabones oxidados”, son crónicas en las que Federico revela su talento narrativo y su imaginación para recrear la historia. Su tercer libro “Cartagena, grito de agua en el aljibe”, muestra además sus recursos narrativos y poéticos en el límite con la historia y la ficción que se deriva de la misma cotidianidad. “Es difícil separar los límites entre la verdad y la imaginación, porque en el caso de Cartagena lo imaginado también se ha vuelto otra forma de la realidad”. Su abuelo Policarpo de Ávila  le decía que “en Cartagena las cosas nunca se pierden sino que cambian de lugar”. Los guías de turismo y los estudiantes de historia le consultan en el Parque de Bolívar. Algunos de ellos vuelven convertidos en historiadores y no dejan de escucharlo. El viajero le pregunta por qué la ciudad solo ha producido en la historia un Presidente de la República, y Federico aclara que “hemos tenido cinco presidentes. No solo Rafael Núñez. También: José Fernández de Madrid, Juan José del Río, Bartolomé Calvo Díaz y Manuel Rodríguez Torices. Juan José Nieto no era cartagenero”.

Infancia frente al mar   
“Toda mi infancia transcurrió frente a las playas de Marbella, en donde me convertí en un excelente nadador. Allí jugué fútbol en la playa. Y sofbol en el Parque Miguel Medrano. Nunca he salido del país, pero conozco toda Colombia. En cuarenta años no me he enfermado. Me operaron de una apendicitis. He sido sano. No bebo alcohol porque no me gusta estropear el cuerpo y mucho menos la mente. Estudié en el Gimnasio Bolívar, con el profesor Fragoso. Y toda mi vida transcurre ahora en un área privilegiada: el Parque de Bolívar, la Iglesia de San Pedro, la Catedral de Cartagena, los museos, las bibliotecas, etc”.

El paisaje fascinante
Federico recorre todo el Centro amurallado de Cartagena de Indias, y su voz es un viaje a la ciudad del siglo XVI. Le enseña a los viajeros cómo descubrir el invisible reloj de sol que la piedra ha silenciado bajo la luz del tiempo. Los lleva a mirar desde el Baluarte de San Ignacio la panorámica de agua y piedra de la ciudad: la cúpula de San Pedro Claver, en donde están los restos del santo español, ungido por León XIII en 1888. La vida de Federico es sencilla, noble, divertida y minimalista. De contar la historia de su ciudad vive, aunque lo que gane le alcance solo para su café y sus cigarrillos y las dos cervezas que se toma solo para una pausa del sopor, sin perder su elegancia de caballero andante. En su misión que ejerce con pasión no hay codicia. El oro del mundo le llega por las vías del afecto de los viajeros que se maravillan con él. Él no cobra a nadie. La historia suele tener milagros generosos para él que da más de lo que recibe. Ese don natural de ser y de contar lo han premiado con su hija Diana Carolina Herrera Pineda, Psicóloga de la Universidad San Buenaventura, que le ha dado dos nietos chinos: Sarita y María. “En mis orígenes negros e indígenas  la vida me sorprende con el ramaje de los nietos chinos”.

Epílogo
También lo buscan al atardecer, los jugadores de ajedrez en el parque. Él ha sido artífice de ese juego mental en las dos últimas generaciones. Lo enseña, practica y fomenta. “Es el único juego en el mundo donde un simple peón puede comerse una reina”, dice con picardía.

Los viajeros vuelven solo por el placer de escuchar la historia del ingeniero español que tardó diez años en construir una franja de murallas, y dispuso de las piedras con la paciencia con que su corazón esperaba a una mulata en una penumbra del atardecer. Sobre la piel de la muralla el ingeniero dejó tallados dos corazones que las lluvias no han podido borrar.



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