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El desamor de un donjuán

No tenía si quiera que abrir la boca, porque seducía con solo mirar y sonreír. Juan es un donjuán en el más amplio y sensual sentido de la palabra: a sus treinta y dos años ha perdido la cuenta de cuántas han pasado por su regazo, lo que jamás olvida es la fórmula para conseguirlo. Se asegura de que su perfume varonil, pero suave, quede impregnado siempre en la piel de sus amantes para que ellas lo recuerden con cada sorbo de aire. Quiere ser inolvidable y vaya que lo logra: en la alcoba, sabe cuándo ser el tierno y amoroso príncipe azul y cuándo convertirse en el chico rudo.

***
El primer y más inocente recuerdo que Juan tiene del amor es María. Ambos tenían siete años. Ella, una negra de ojos café y rizos rebeldes, y él, de piel clara y ojos negros grandes, solían encontrarse en el parque del barrio y jugar en los columpios, y, de vez en cuando, tomarse de la mano. En aquellas tardes Juan solo tenía un corazón que latía más rápido siempre que María sonreía.

La inocencia fue desapareciendo con los años y ya María no iba al parque, entonces apareció Ceci, una adolescente con cara de barbie y cuerpo de diosa. Eran vecinos, pero ella tenía novio, así que Juan apenas se atrevía a mirarla y a soñarla. Un buen día, Ceci peleó con el novio y se acercó a nuestro donjuán, charlaban, reían, cuando no estaban juntos, ella lo llamaba por teléfono, entonces la taquicardia volvía cuando ella lo besaba en la boca. Pero un día la barbie pasó por su casa y ni siquiera volteó a mirarlo. La llamó mil veces, se cansó de escribirle y ella lo ignoró hasta que una tarde gris mandó a su mejor amiga con un recado: “Ceci dice que no la molestes más, que ella volvió con su novio”.

El mundo del muchacho pareció estremecerse, pero la bella Alma evitó que se cayera. Alma era la sensual amiga de la familia: 33 años, caderas pronunciadas, ojos negros y cabello lacio. Nuestro Juan, un fornido adolescente de 14 años, comenzó a notar sus curvas un día que ella se agachó a coger una moneda en el suelo y la blusa descubrió sus senos medianos y firmes. Un día estaban charlando y al otro en la cama, y se amaron tan intensamente desde esa primera vez que en adelante buscaban cada momento solos para tener sexo en la cocina, en el cuarto, en el baño, en las escaleras… en la cama de los papás.

Al principio era solo Alma, pero enseguida llegaron Daniela, Margarita, Rosa, el universitario podía con todas, las enamoraba a todas y, por supuesto, les hacía el amor a todas. Unas veces llegar a la cama era cuestión de meses, otras de semanas y otras de una noche, como con Julieth. Todas se juraban la novia de Juan y a él le gustaba que lo creyeran, el problema fue cuando Rosa supo que también existía Margarita. ¡Qué lío! Se llamaban y le reclamaban a Juan, pero él se decía inocente y a cada cual le juraba amor eterno. Y el día que Margarita quedó embarazada, cuando Rosa lo supo lo dejó, pero él le insistió tanto, le rogó amor como un niñito y Rosa lo perdonó y le parió un hijo. Aún con dos hijos, seguía con las dos flores y ¡con Daniela! Y además se cuadró a Natalia, obviamente a ella le prometió “el amor puro y verdadero solo se vive una vez en la vida” que le profesaba a todas… ¡Qué va! Las dejó a todas por Aleja.

Aleja era otra cosa: bellísima, cabello negro, blanca, una boca pequeñita y unos ojos grandotes. “Era una víbora, pero me encantaba”, dice el donjuán. Ella tenía una hija y un marido al que “amaba” solo cuando necesitaba plata, tenía otro amante, Juan lo sabía y juró no enamorarse de ella, ¿pero cómo evitarlo? A veces, jugaban a la botellita con los amigos de la universidad, a quitarse la ropa poquito a poco durante el juego, perdía el que primero quedase desnudo. ¿Y cómo terminaba el jueguito? Con besos, caricias y sexo. Mucho sexo. El problema es que no siempre era con Juan. Una de esas noches locas, Aleja puso sus ojazos en un compañero de clases y, cuando acabó el juego, le dijo a Juan que iba al baño del segundo piso. Mientras el donjuán la esperaba abajo, ella le hizo el amor al dichoso compañero, tan salvaje como siempre. Juan, que había jurado no enamorarse jamás de Aleja, estaba tragado, tanto que aunque supo lo del compañero, siguió con ella. “No he conocido una mejor en la cama, ni una tan víbora y perversa, ni una sonrisa más bella”, me dice. Le robó una cámara nueva, se le perdía, lo dejó plantado muchas veces, volvió a acostarse con aquel compañero (y quién sabe con cuántos más), un día la vio salir de su casa en una camioneta lujosa, con un viejo rico y nuestro amigo seguía con ella como lo que nunca había sido: un perro fiel.

Una noche se la encontró en una discoteca: bailaba y besaba a otro. Ella miró a Juan a los ojos y lo ignoró. Ni siquiera le pidió perdón, no le dijo ni púdrete, pero sí: su corazón comenzó a descomponerse. Terminó borracho, escuchando vallenato y llorando como un loco afuera de la discoteca. Se quería arrancar el corazón.

Es más difícil para ellos
El psicólogo y consultor de parejas Eric Fleming asegura que el desamor es más difícil de asimilar y superar para los hombres por las conocidas diferencias entre los cerebros de ambos géneros. Fleming sostiene que las mujeres usamos más el lado derecho de nuestro cerebro y resistimos más las separaciones porque conocemos bien nuestras emociones y las sabemos expresar. Los hombres, en cambio, usan más el lado izquierdo y "sienten por igual el dolor, pero no lo expresan y lo almacenan". Van tragándose el dolor y se refugian en el alcohol, el deporte, los amigos y otras mujeres, pero no solucionan el problema de fondo.

Y culturalmente...
“Los hombres tardan más tiempo en superar el duelo y cerrar ciclos que las mujeres, por un hecho sencillo, que es la facilidad que tenemos las mujeres de hablarlo. Cuando tú eres capaz de decir las cosas, inconscientemente las estas aceptando, luego, si no lo haces, la carga no sale nunca, no lo aceptas, y el proceso es más difícil. Los hombres culturalmente son ‘la parte fuerte de la sociedad’ y aceptar sus debilidades a veces no es una opción, entonces hablar de aquello que es doloroso y humillante a la vez les cuesta mucho más”, explica Margarita Márquez, psicóloga.

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