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El día en que soñó llamarse Francisco

La noche en que Jorge Mario Bergolio (Buenos Aires, 1936) decidió llamarse Francisco, en homenaje al santo italiano Francisco de Asís, fue la noche más temeraria de su vida. La noche de aquel marzo de 2013, resplandeció con un arco iris interior.

No ha sido fácil seguirle los pasos al más grande juglar de Dios del siglo XIII. Fue como el día en que el santo despojado de las vestiduras de su padre mercader de telas, salió medio desnudo con su sola camisa de crin y se adentró en el bosque. Jamás pidió nada, y solo cuando alguien le quería ofrecer algo, decía “dame piedras”. Con esa colección de piedras, el peregrino iluminado construyó las iglesias de Asís. Era un juglar no en el sentido de la época, sino en el más íntimo y sublime sentido poético, un emisario espiritual a la intemperie, que llamaba hermano al sol y hermana a la luna. Y consideraba que todas las criaturas de la tierra, eran sus parientes. Solía decir: “Bienaventurado quien nada espera, porque de todo gozará”. Y una frase inquietante resplandeció en su vocación de ir tras los pobres de la tierra: “Presta oído a los que Dios mismo no ha querido escuchar”.

“Toda la filosofía de San Francisco se mueve en torno a la idea de una nueva luz sobrenatural iluminando las cosas naturales, que implicaba la conquista definitiva, no la definitiva renuncia, de tales cosas”, precisa el inglés Gilbert K. Chesterton, en su biografía sobre Francisco de Asís. Es uno de los libros más bellos que he tenido el privilegio de leer.

De esa doble vocación hacia la naturaleza y la condición humana, proviene el inmenso corazón del papa Francisco, un argentino hijo de inmigrantes italianos, y la filosofía que comparte en su magistral encíclica “Laudato Si” (2015), una proclama universal que mira al planeta como la Casa Común, amenazada y vulnerada por el mismo ser humano. Esa carta ambiental, teológica, filosófica, es un tratado de sabiduría contemporánea. Se lee como pan caliente en las barriadas de Cartagena, antes del arribo del Sumo Pontífice.

En su texto de más de doscientas páginas, el papa Francisco nos advierte del destino ambiental y espiritual, y de los usos y abusos de los millones de inquilinos de este planeta. Su voz tiene la cadencia del poeta y del filósofo y la exactitud del ambientalista y del científico.

No es mera metáfora poética aquella que recuerda que allí donde ha habido sufrimiento extremo, dolores inimaginables, la misma tierra se provee de antídotos, floreciendo en medio del dolor de los hombres. Y la flor es otra forma de sobrellevar los dolores que los mismos humanos han aportado al planeta.

El tono de la encíclica se inicia con una visión científica, y no abandona su propuesta teológica y ambientalista, recordando que la obra de la creación, “la casa común que Dios nos ha confiado”, ha sido menoscabada y deteriorada por el hombre. 

En su encícilica también se refiere a las contaminaciones que generan empresas, poniendo en riesgo el equilibrio y la armonía del planeta: “Hay que considerar también la contaminación producida por los residuos, incluyendo los desechos peligrosos presentes en distintos ambientes. Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radiactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.

  La mirada del santo del siglo XIII se entrelaza con la del papa del siglo XXI. En cualquier escenario del mundo su palabra tiene la resonancia de un visionario. Sopla el universo con sus bosques vulnerados y en su único pulmón cabe toda la respiración del planeta.

“Numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros), emitidos sobre todo a causa de la actividad humana”.

Huellas de la historia

El papa Francisco, al igual que el santo de Asís, ve en cualquier ser humano un tesoro que Dios ha moldeado a su imagen y semejanza. Pero esa obra es siempre una promesa inacabada hacia una mejor alfarería. No hay nada perfecto: ni los seres humanos ni las familias. El tránsito por este mundo es la oportunidad de reinventar el perdón, de multiplicarlo y de encontrar nuevas formas de practicar la inocencia. Muchas guerras se hubieran disipado y borrado de la historia de la humanidad, si el ser humano sintiera que el otro, el prójimo y el próximo, son una parte de sí mismo, uno de los infinitos fragmentos de la divinidad.

Francisco arriba a Cartagena por los senderos de la historia, del paisaje y los conflictos de la ciudad. Se abraza a los vecinos del barrio San Francisco, contempla los laberintos del agua y del cielo, el medio millar de árboles que se sembraron en estos días para celebrar su llegada, las piedras del tiempo en donde la mano de Pedro Claver acarició el hombro lastimado de un africano al descender de un barco, en la noche delirante y despiadada del comercio negrero. Su encíclica y su palabra son bálsamos en medio de los desastres sociales, ambientales y políticos de la ciudad, y un antídoto contra la otra guerra de los despojos. Al igual que su inspirador, Francisco sale al encuentro con los pobres del mundo y de la ciudad. Su presencia de ocho horas tiene la resonancia de un gigantesco augurio. Dios otra vez deambulará bajo los manglares, sucio de tiempo y esperanza. Descenderá bajo los puentes corrigiendo el destino de las aguas detenidas. Se encontrará con el rostro invisible de los peregrinos y sembrará bendiciones en los surcos pantanosos del invierno.

Epílogo

Allí en el antiguo santuario de Claver dará la misa, bajo el aleteo de las palomas que tallaron un nido entre las piedras. Mirará los restos del santo español, bendecirá sus pasos en Cartagena. Confirmará que ha conocido de cerca a una nación privilegiada con una inmensa reserva humana, más allá de la tormenta.

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