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El día que bautizaron al pueblo

Cuentan que hace muchos años hubo una disputa muy grande en una población de Bolívar. Para impedir que continuara, decidieron separar a los dos bandos. A una parte hacia un lugar distante, para “evitar”, mientras al resto lo dejaron ahí mismo. Ellos obedecieron, pero de “mala gana”.

Esa sería la historia de los singulares nombres de Evitar y Malagana, dos corregimientos del municipio de Mahates. Y así hay muchos en Bolívar y el Caribe, asignados, en particular, debido a situaciones sociales, ambientales o económicas. Otros, como los que hacen honor a sus santos (San Juan Nepomuceno, San Jacinto, San Cristóbal, San Pablo, Santa Catalina) también habrían sido proclamados en honor a personajes o familias: Zambrano, Clemencia, Gamero, entre otros.

En Soplaviento, por ejemplo, existen dos versiones que explican el origen del nombre del pueblo. Por una parte, hay quienes aseguran que Simón Bolívar, en su paso por esas tierras, llegó al sitio más alto (ahora conocido como el barrio La Loma) y al sentir una brisa suave y fresca expresó: “Aquí soplan buenos vientos”. Otros dicen que el libertador, en medio la sofocante temperatura, exclamó: ¡sopla, viento! ¡sopla, viento!

San Estanislao de Kostka no se queda atrás. Por más que haya sido bautizado en honor al beato polaco Estanislao Kostka Kryska, integrante de la orden religiosa ‘Compañía de Jesús’ que fundó esa población, también fue llamado de otra manera. “En el año 1860 hubo una inundación y eso hizo que la población se reubicara a un kilómetro de distancia del sitio donde se encontraba inicialmente, pues quedaba a la orilla del Canal del Dique, y se trasladó a unos terrenos arenosos. Por eso la gente empezó a manejar el nombre ‘Arenal’”, señala el investigador e historiador san estanislaense Rodolfo Ramos Jiménez.

¿Qué había en el caño?
En Caño de Loro, o Caño del Oro ocurre algo muy especial. Además de que no se sabe a ciencia cierta cuál es su verdadero nombre, puesto que aún sigue vivo el debate entre los dos, por lógica, se tejen varias historias alrededor de ellos. En el libro Nomenclátor Cartagenero, el fallecido historiador Donaldo Bossa Herazo explicó el origen de algunos nombres de arroyos, bahías, calles, haciendas, islas, pueblos de Cartagena y su antigua Provincia y Gobernación, conformada por los territorios que hoy ocupan los departamentos de Bolívar, Atlántico, Córdoba y Sucre, y las zonas litorales del norte de Antioquia y Chocó.

De acuerdo con Bossa Herazo, no es Caño de Loro sino Caño del Oro y explica que “lo de Caño del Oro tiene cierto resplandor legendario de galeones cargados con el preciado metal”. Sin embargo, y aunque ya la mayoría de sus lugareños lo reconozcan como Caño del Oro, algunos insisten que el verdadero nombre es el primero.

“Aquí nunca ha habido oro”, afirma Jorge Palacios De La Rosa, nativo de este corregimiento de Cartagena. “Tengo un artículo del periódico El Tiempo, del año 50, en donde aparece la cédula de un leproso y dice Caño de Loro. Lo que pasa es que aquí, en los años 70, no había bachillerato, y llegó una profesora que le pareció muy bonito cambiar el nombre del pueblo. Empezó a decirles a los alumnos que era Oro y no Loro. Y esto de oro no tiene nada. En cambio aquí sí hubo loros, los caños que estaban a la entrada, que desafortunadamente la erosión y el tiempo los desaparecieron, se llenaban de loritos en las tardes. Aquí nunca hubo minas de oro ni nada, ni los españoles guardaron oro aquí. Lo que hacían en los hornos era poner piedra caliza y convertirla en cal para hacer las construcciones en Cartagena”.

Otro argumento de Palacios para ratificar el término ‘Loro’, es que los mismos lugareños, aunque aseguran que el nombre de su comunidad es Caño del Oro aún sin saber la razón, se autodenominan como “loreños”, su gentilicio.

Pasaban caballos
Bossa desvirtuó en su libro, guía de muchos historiadores, que este Pasacaballos se llamó en algún momento Pata de Caballo y se basó en el significado del mismo término para explicar el origen del nombre. “Pasacaballos es una embarcación plana, un bongo en la jerga marinera de hoy, que se utilizaba para eso, para pasar caballos (fue primero artefacto de uso militar) y luego para toda clase de cargas, de una orilla a otra (...) El que dio nombre a este pueblo de la bahía de Cartagena funcionaba entre la tierra firme y la vecina isla de Barú, en el Caño del Estero”.

Tierrabomba o Tierra Bomba
“El istmo que cerró la canal (de Bocagrande) en 1642 se pobló bien pronto de mangles e icacos, permitiendo pasar a pie enjunto desde la península de Bocagrande a la isla (antes llamada Carex, que era un cacique), que fue llamada desde entonces tierra bomba o Tierra Bomba. La tierrabomba, quería decir, entonces y ahora, la tierra abombada, la tierra podrida, la tierra hedionda, la tierra que despide mal olor; como ocurre con el agua abombada. Etimología incierta, basada tal vez en el sentido de burbujeo o agitación de los líquidos en descomposición”, explicó Bossa en su libro, y aclara que en textos de cronistas y mapas antiguos, el nombre aparece escrito de las dos formas: Tierra Bomba y Tierrabomba.

En algunos portales web oficiales de municipios bolivarenses se explica la toponimia de varios de ellos.

Barranco de Loba: “El nombre del poblado, corresponde al nombre de su fundador, Rudesindo Barranco. La formación del centro poblado se inicia a partir de la población indígena Malibú ‘Loba la Vieja’ en 1637”.

Cantagallo: “El nombre de Cantagallo parece que obedece a una deformación idiomática de Huacagallo, un mítico cacique que habitó antiguamente el territorio”.

Cicuco: “La toponimia de Cicuco, no ha sido comprobada históricamente. Algunas personas se lo atribuyen a un cacique indio de la región”.

Tiquisio: “Su nombre nace en honor del Cacique ‘Tique’, quien tenía su asentamiento en la región”.

Epílogo
Hay quienes viven en sus pueblos sin saber las razones del nombre. Y lo relacionan con el presente y no con el pasado. Todos los pueblos del Caribe tuvieron dos o más nombres. El que eligió el indígena. El español conquistador que lo rebautizó. El nombre que se impuso más allá de la Independencia. Lo mismo ocurre con la nomenclatura de las calles del Centro amurallado de Cartagena, que han tenido hasta tres y cuatro nombres, y ha pervivido en algunos, el nombre que el pueblo eligió. Un nombre curioso, pintoresco, ligado a un incidente, a una anécdota, a un recuerdo o a una advocación religiosa. Los nombres se perpetúan en la memoria colectiva. Nadie nace eligiendo su propio nombre. De buena o mala gana, los habitantes terminan pareciéndose a su propio nombre. Como en el cuento de García Márquez, aquel ahogado tenía cara de llamarse Esteban.



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