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El día que llovieron peces

La lluvia de peces, pájaros, ratones, ranas y piedras, no es un fenómeno sobrenatural, sino un episodio singular meteorológico que los científicos han investigado a lo largo de la historia.

Desde hace más de un siglo, los habitantes de Yoro, en el departamento hondureño del mismo nombre, asisten al espectáculo de la lluvia de peces entre el mes de mayo y julio. Al principio todos creían que se trataba de un milagro del padre Manuel de Jesús Subirana, quien estuvo en Yoro de 1856 a 1864, y oró tres días y tres noches, para que cayera una enorme bendición a la población hambriada de Yoro. Todo empieza con una lluvia que sumerge al pueblo en una densa neblina, entre relámpagos y truenos, durante tres horas. Al cesar la lluvia, los habitantes de Yoro ven sobre sus calles los peces que devuelve la lluvia, tras los tornados que arrastran los peces y los elevan a las nubes. El fenómeno meteorológico no ocurre solamente con los peces.

También hubo lluvia de ratones en Egipto, lluvia de ranas y de pájaros en los lugares más recónditos del planeta. Una lluvia de ratones amarillos desconcertó a Bergen, la ciudad noruega, en 1578. Una lluvia de peces cayó tres días en Queronea, en el Peloponeso, según el griego Ateneo. Plinio el Viejo narró la lluvia de retazos de carne que volaban por los aires como si fueran algodones desprendidos de la mano de un niño. El ejército de Josué en La Biblia fue defendido por una lluvia de piedras. En junio de 1880, en Valencia, España, llovieron codornices pequeñas.

En 2007 llovieron ranas en la zona de Alicante. En 2008 llovieron peces y ranas en Valencia.

Lo insólito de la lluvia de peces de Yoro es que no hay cuerpos de agua en la región hondureña, pero es explicable por los tornados que atrapan a los peces y los arrojan a distancias vertiginosas e incalculables. Los habitantes de Yoro realizan desde 1998 el Festival de la Lluvia de Peces, y se preparan cada año a vivir con caldero en mano la caída de los peces que incluso caen vivos desde el aire. Los peces pasan de la lluvia al caldero. Los niños de Yoro han vivido la fantasía de creer que del cielo les llueven peces. Hay escenas documentales de jóvenes con calderos llenos de peces pequeños. Hay videos en YouTube y en Wikipedia, que confirman que el fenómeno no es único en Yoro sino en muchos lugares del planeta, en toda la historia de la humanidad. Pero Yoro ha sabido convertir este fenómeno metereológico en una fiesta popular y en una celebración de los dones de la naturaleza.

Lluvia de bocachicos
El 5 de abril de 2010, los habitantes de Santo Tomás, en el Atlántico, Colombia, fueron sorprendidos en plena procesión de Domingo de Resurrección, con una lluvia de peces que cayó sobre los fieles. Los habitrantes de la Calle de la Independencia, en Santo Tomás, dijeron que sobre un palo de mango había llovido más de cuatrocientos pequeños bocachicos, algunos de ellos, aún vivos.

Los curiosos guardaron en vasos y botellas los peces que caían de las hojas del mango, y uno de ellos fue a llevarle un pez al periodista Juan Gossaín. El párroco Carlos Arturo Quevedo atribuyó el episodio a un milagro de resurrección, mientras que otros habitantes buscaron explicaciones científicas y se enteraron que era un fenómeno de trombas y tornados.

En 2009, un matarife en Bagadó (Chocó), mató una vaca y dejó la sangre a la intemperie en un solar, y las nubes descendieron hacia el charco de sangre. Pocas horas después, cayó una lluvia de sangre sobre Bagadó. Era la misma sangre de la vaca.

Lluvia en el Sinú
Los habitantes del Sinú tampoco podían explicar el fenómeno de la lluvia de peces, que esporádicamente se produce en el invierno. Las nubes bajan y los vientos huracanados atraen como un imán todo lo que se mueve en el agua y elevan los pequeños peces que la lluvia devuelve, como si cayeran del cielo. Esta fascinanción ante lo inesperado y misterioso impacta a los niños y a los narradores de fábulas. Pero cuando el fenómeno rebasa esos límites y es materia de estudio de la ciencia, la lluvia de peces se convierte en una tangible, verificada y prodigiosa realidad. Hay quienes no se atreven a comer un pez que ha caído del cielo. Por reverencia divina y respeto a los enigmas celestes, los pescadores prefieren que “se pierda el pescado”. Los habitantes de Santo Tomás no se cansaban de mirar a sus peces embotellados. Y los mostraban al mundo como una curiosidad. Ya no solo eran famosos por sus flagelantes de Semana Santa, sino por los peces que caen del cielo. Cuando le comenté esta realidad al periodista Juan Gossaín, él, como un ciudadano de los milagros sinuanos, también prefería creer que caían del cielo y no venían de la tierra. Los peces del cielo son otra de las maravillas del universo que habitamos.

Siendo niño vi caer peces bajo el cielo del Sinú. Peces delgados como lágrimas o espadas plateadas caían y resbalaban como gotas en la corriente. Aquellos pececitos dorados fueron una alegría descomunal en los días de lluvia. Jamás intuiría que los peces atravesarían el cielo desde la tierra, impulsados por un ventarrón o un tornado, y regresarían a la planta de nuestras manos. La imaginación de los escritores es siempre pequeña ante la magnitud de la realidad sobrenatural del planeta.

Una tarde de vientos, llovieron piedras sobre nuestra casa. Mi padre salió a ver de dónde procedían las piedras. Las piedras caían al final del techo y destrozaban los plátanos y las maracuyás que había sembrado mi padre. “No salgan”, nos alertó. “Pueden descalabrarlos”. Y las piedras seguían cayendo. Cuando cesó la lluvia de piedras, nos asomamos a la puerta y preguntamos al vecino si había visto la lluvia de piedras. “No se preocupe, señor Honorio”, dijo Esmeralda Castillo, nuestra vecina. “Es Juan Lara, un espíritu burlón, enamoradizo”. Nos quedamos en silencio.

Y no volvimos a preguntar nada cada vez que caía otra lluvia de piedras. Todos le echábamos la culpa a Juan Lara, que merodeaba nuestra casa. Nadie preguntó si era el mismo Juan Lara el que propiciaba también la lluvia de peces sobre el río Sinú.

Epílogo

A veces los niños de Yoro miran al cielo lluvioso a ver si caen nuevos peces. Las madres les dicen a los niños que esperen que escampe. Los vientos del mundo arrastran peces, ranas, ratones y piedras, y caen como milagros sobre la perplejidad inagotable de la tierra. En Bagadó los niños no quieren mirar el cielo después de la lluvia. No quieren volver a ver una lluvia de sangre.

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