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El dolor y la incertidumbre de un secuestro

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Una mezcla rara de dolor y tristeza, pero a la vez esperanza...eso es lo que se ve en los rostros de quienes viven la casa de Elvira Carrascal. Es la abuela de Édgar Torres Prestán, médico de la  Corporación Universitaria Rafael Núñez secuestrado el 3 de septiembre de 2013 en Chocó.

El muchacho hacía su año rural en Palestina, un corregimiento de Litoral del San Juan, y en la mañana de ese martes viajaba en una panga por el río San Juan, entre Palestina y el municipio Istmina, cuando tipos armados se lo llevaron así, como quien agarra a un muñeco. Sin violencia física. Hasta hoy no hay noticias de ese médico, de piel negra y corazón cartagenero. Ni buenas, ni malas.

***

Édgar nació en Acandí, Chocó, y se crió entre esa población y Cartagena. A los nueve meses de nacido, por razones económicas, su madre tuvo que dejarlo con su abuela en esta ciudad. Aquí estudió la primaria. Se devolvió a su pueblo natal para cursar el bachillerato y regresó a la Heroica para convertirse en el médico de la familia.

Édgar se convirtió en ese médico que tanto quiso ser y que presintió su abuelo materno, José, muerto hace 35 años. Un día, el señor visitó a su hija Ruth, la mamá de Édgar.
—Mija, tienes tres hijas hermosas, pero aún no me has dado un nieto varón, que será el médico del pueblo— dijo el señor José cinco años antes de nacer Édgar. ¿Cómo podía saberlo, si Ruth ni siquiera estaba embarazada? Nadie lo sabe, lo cierto es que murió sin conocer al médico.

El camino de Torres Prestán en la universidad no fue fácil, fue de mucho sacrificio, de pruebas, pero sobre todo de empeño por cumplir su propósito, su sueño. Lo que más recuerdan sus familiares y vecinos son las mañanas en las que salía en su bicicleta a recibir clases y más adelante a hacer prácticas en una clínica.

Su progenitora es una madre soltera que sola sacó a sus cuatro hijos adelante, tres mujeres y un hombre. En Acandí, Ruth vendía fritos, sopas, criaba marranos, gallinas, hacía morcillas, tamales, bollos y todo cuanto podía para pagar la universidad de su hijo, su consentido. El pequeño Dubán le ayudaba a venderlos en la calle para que su tío pudiera terminar su carrera, pero la plata apenas alcanzaba para el semestre y otros gastos.

Édgar prefería ir a estudiar y hacer prácticas en una clínica de Cartagena en su bicicleta y no andar en buses o moto, para no exigirle más a su mamá. Fueron más de siete años en la universidad. Un semestre se completaba la plata y el otro no, hasta que por fin se graduó, pero hoy, desconocidos le han impedido recompensar el sacrificio de su madre.

El 2 y 3 de septiembre de 2013
Édgar cumplía sus 27 años el 12 de septiembre de 2013 y pensaba celebrarlos en Acandí junto a su madre y su hija, Emily, que entonces tenía siete meses de nacida y por motivos económicos y de estudios no había podido conocer, ni tener entre sus brazos. Esa era la sorpresa que tenía preparada para su madre, pero la sorpresa fue otra: su secuestro.

La última vez que habló con un familiar fue el 2 de septiembre. Ese día llamó a su hermana Edilma, para manifestar que quería enviar parte del dinero de su primer sueldo a su abuela materna.

“Un día antes que lo secuestraran él me llamó porque, además, le iba a mandar dinero a nuestra abuelita. Siempre dijo que su primer sueldo lo compartiría con su familia y así lo hizo, porque él lo que promete lo cumple. Me dijo que estaba en Buenaventura (Valle del Cauca) cobrando y haciendo un mercado con otros compañeros. Iba a Buenaventura porque queda más cerca de Palestina que el mismo Quibdó. En todo caso, ese mismo día se regresó para Palestina”, recuerda Edilma.

Nadie imaginó lo que pasaría al día siguiente. Esa mañana, Édgar se embarcó en una panga –como le llaman a las lanchas en esa zona del país– desde Palestina hasta Istmina. Quería atravesar el San Juan para llegar a su destino: Quibdó. Allá tenía una reunión de trabajo y después pasaría sus días de descanso en Acandí, como lo había planeado. Ni siquiera alcanzó a llegar a la reunión.

Al parecer, un grupo de guerrilleros llamó a los tripulantes de la lancha, y ellos acudieron. Apenas la embarcación se detuvo, los delincuentes pidieron solo a Édgar que bajara y a los lancheros que regresaran al médico parte del dinero que había pagado por el pasaje.

Quienes presenciaron el secuestro pensaron ingenuamente que Édgar regresaría ese mismo día, pero nadie lo ha vuelto a ver en Palestina, ni en Istmina, ni en Cartagena...es como si la tierra se lo hubiese tragado.

Dolor de madre
Basta con oír el nombre de su hijo Édgar para que se consuma en llanto. Escuchar a Ruth Prestán es tan desgarrador, que forma un nudo en la garganta y podría hacer brotar lágrimas al ser más duro.

“Le decía que no se fuera a trabajar por allá, en Palestina, que se viniera para acá, pero él solo quería ayudarme para que yo no me ‘matara’ trabajando. Cuando se graduó le di las gracias a Dios porque terminó su carrera después de tanta lucha. Él hacía un semestre y no hacía el otro porque mi capacidad no daba para tanta cosa. Le di gracias al Señor porque pensaba que todo había pasado y mire ahora, ahora lloro más que cuando no tenía la plata para el semestre”, cuenta Ruth, desconsolada.

Sus familiares han recorrido las poblaciones en la ribera del San Juan y lo poco que saben, de acuerdo con versiones no oficiales, es que hombres armados interceptaron la lancha en la que viajaba y se lo llevaron. Una de las hipótesis es que pudo ser secuestrado por el Eln, pero hasta la fecha no lo ha confirmado ni el grupo insurgente, ni la Policía, ni el Ejército, ni el Gobierno...¡nadie! Y mucho menos hay pruebas de supervivencia.

“Vivo en una angustia y un desespero porque no está conmigo. A veces no quisiera que me hablaran de eso porque me pone muy mal. Ya quiero ver a mi hijo, estoy desesperada. Esas personas no tienen corazón. Esto no se le hace a una madre. Yo sé que Dios no me va a desamparar pero el tiempo transcurre y transcurre y no consigo una respuesta. Mi vida cambió por completo desde su secuestro, ya no tengo vida, antes pesaba más de 100 kilos y ahora peso 70. Ya no aguanto, quiero ser fuerte pero no puedo. Hay noches que no duermo”, agrega.

Ruth cuenta –sin dejar de sollozar– que todos los días esperaba muy ansiosa la llamada de su hijo, pero ese 3 de septiembre él no la llamó. “Ese día, al ver que no lo hacía, me entró una angustia. Yo intentaba llamarlo pero no entraba la llamada y al día siguiente, después de tanto averiguar, fue que me dijeron que se lo habían llevado. Mi hijo tiene un carisma que no todo el mundo tiene y sé que donde está se ha ganado a esa gente porque él es muy noble”.

Un joven noble
Familiares, vecinos y amigos lo describen como una persona noble, humilde, solidaria. La impotencia de no saber el paradero de su ser querido los oprime y no tienen otra opción sino esperar con fe su regreso.

“Mi hermano siempre ha sido un chico soñador. Siempre dijo que quería trabajar en un pueblo muy necesitado, él nació para servir. Édgar es el rey entre cuatro mujeres, su mamá y sus tres hermanas, nosotros siempre hemos sido muy unidos y nos está afectando mucho esta situación. Nos están matando en vida. Tenemos muchos planes pendientes y yo tengo fe en Dios que se van a realizar.

Cuando mi mamá se enteró que estaba embarazada de Édgar se sorprendió mucho porque le habían dicho que ya no podía concebir, por eso creo que él nació para grandes cosas y Dios lo está preparando para algo”, manifiesta Edilma y luego calla por unos segundos para tratar de contener el llanto.

Ella dice que no es solo Édgar el secuestrado, sino toda su familia. “Queremos salir de esta incertidumbre. Pido a Dios que vuelva pronto porque a veces creo que mi madre se va a morir y no lo volverá a ver. Su hija lo necesita, mi mamá está muy enferma y deprimida, todo esto la está acabando en vida.

“Hemos tocado todas las puertas y todavía no hemos obtenido ninguna respuesta. Édgar es un secuestrado olvidado por el Gobierno. Nosotros, por nuestra cuenta, hemos hablado con mucha gente y aún no tenemos respuestas sobre su paradero. Sus secuestradores no saben la angustia que estamos viviendo, esa angustia que viven muchos colombianos. Al Presidente Juan Manuel Santos le pedimos que, por favor, se pronuncie sobre estos hechos públicamente, porque nunca lo ha hecho, y que por lo menos en su mesa de diálogo exponga el caso de mi hermano. En un acto de humildad le pedimos al Eln (si lo tienen) que lo libere”, finaliza Edilma.

Su gran familia guarda la esperanza de que este septiembre puedan compartir con Édgar en su cumpleaños número 30 y que, por ningún motivo, se lleguen a cumplir cuatro años de cautiverio de este joven humilde y noble cuyo sueño es el de ayudar a los más necesitados.

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