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El éxodo frustrado de papá

En el cementerio El Cercado de Guarenas, a 40 kilómetros de Caracas, las tumbas no están numeradas y la mayoría no tiene lápidas porque la delincuencia es tal que se roban hasta las flores para revenderlas. Así que para nada fue sencillo llegar a la tumba de mi padre, Alfredo Agámez Mendoza. El sepulturero nos condujo a una llena de pasto verde, vivo y abundante, sin lápida. “Sí, esta es la L-I 0346”, sentenció. Sin más remedio, confiamos, rezamos padres nuestros y avemarías, lloramos, sin saber a ciencia cierta si ahí estaban los restos de papá. “Este cementerio antes era muy bonito. Desde que lo administra el Gobierno ha decaído mucho”, me cuenta Daniel, nuestro guía y conductor en Venezuela.

La visita al cementerio era el fin de un viaje que tardó unos dos meses en concretarse. En el camino, entre La Guaira, donde queda el aeropuerto Internacional Simón Bolívar, y Guarenas, veía frases como: “Para nosotros la patria es América” y las caras descoloridas de Hugo Chávez y el presidente Nicolás Maduro calcadas en murales gigantescos. Veo a Caracas, no es la misma que recuerdo de hace diez años, se ve demacrada, con fachadas hambrientas de pintura, solitaria en muchos sectores. Sucumbe.

En el camino fueron apareciendo respuestas a preguntas que no tenía en mente. Y que no tenían relación directa con el asesinato de papá. O quizá sí. 
-¿Cómo está la cosa en Venezuela, es verdad lo que se ve en televisión? -le pregunto a Daniel.

-Bueno, chico. Me fui a trabajar a Curazao de ilegal porque aquí las cosas estaban muy mal, pero me deportaron a los seis meses. Cuando regresé a Guarenas, vi a unos chamitos (niños) sacando comida de las basuras. Nunca había visto algo así aquí. Se me partió el alma. Muchos creen que uno exagera, pero no es así.

-¿Se va mucha gente?

-Uff, sí vale, en el barrio ya no me quedan amigos. La mayoría de jóvenes se van porque no hay futuro. Mucha gente sella sus casas y se va para Chile, Perú, Colombia, Ecuador, en fin.

Roer huesos

Es Sambil, opulento centro comercial de Chacao, en Caracas. Paramos para comprar un chip de celular y almorzar. Justo después de chuparme los huesos del pollo broaster -con yuca, porque escasean las papitas fritas-, un hombre, suéter de rayas, acechó nuestra mesa. Era la cara más dura del hambre. En principio pensé que era un trabajador de Sambil, que llevaría los platos a la basura. En efecto, sí, levantó los platos. Sin mirarnos, caminó calculando cada paso, pero su destino sería otro. Cual sabueso hurgando entre desperdicios, aquel hombre empezó a saciar su hambre, en otra mesa, con los huesos de pollo.

-Señor, no puede estar aquí- le dijo un guardia de seguridad.

El hombre se levantó, aseguró los huesos en una bolsa y se marchó escoltado de Sambil.

Ya había visto en la televisión que en Venezuela hasta los animales en los zoológicos se mueren de hambre, que la comida escasea, que hay una crisis, pero nunca que alguien chupara desperdicios frescos. Y con aquellas ansias. “Viste que es verdad. Hay gente que espera a que saquen la basura de McDonald’s para buscar restos de hamburguesas”, me explica una amiga venezolana. Recordaba a Sambil con muchísima más gente. Ahora, veo vendedores aburridos de vender nada y los autos no llenan ni el primero de los cuatro pisos con cuatro mil estacionamientos. Muchas de las escaleras eléctricas apagadas. Le sobreviven tiendas como Armani Exchange, Mont Blanc, Pandora y Swarovski.

De camino a Guarenas, Daniel pagó 2.000 bolívares para que limpiaran los vidrios al auto, pero llenar el tanque de gasolina había costado diez veces menos: 200 bolívares. “Si hay algo que abunda aquí es la gasolina”, me dice. Es más caro un café que la gasolina. En Venezuela, el salario mínimo es de 248.510 bolívares (cerca de uno o dos dólares en el mercado negro), pero un kilo de carne puede costar un millón de bolívares. “No hay efectivo, casi todo es por transferencias bancarias, mucha gente quiere comprar y vender en dólares. Ir al médico es otro cuento. La otra noche recorrí varios hospitales de Caracas, con una muchacha que tenía una hemorragia vaginal. No la querían aceptar, porque no había sangre. Estaba pálida, finalmente la recibieron en una clínica, pero no tenían catéter para la transfusión. Nos tocó salir a comprarlo en la calle a unos revendedores”, narra Daniel. Él trabaja ocasionalmente de taxista.

Regreso frustrado
Ahí estaba. Nuestra vieja casa. Conseguimos llegar al otro objetivo de este viaje: ‘Casa Grande’. Así la bautizó mi padre, que forjó él mismo las letras en metal e instaló el nombre gigante en la entrada. En el barrio Vista Alegre, de Guarenas, se rumoran dos cosas sobre el homicidio de Alfredo Agámez Mendoza. La primera es que el asesino es alguien que lo conocía. Eso todos lo repiten como loros. La segunda es que, curiosamente, nadie sabe quién lo asesinó. Entramos y, enseguida, nos golpeamos con aquella escena. “Ahí encontraron a tu papá, tenía la cabeza hacía allá y los pies hacia acá”, dice algún vecino, señala al piso vacío, y nos reconstruye la escena del crimen.

Alfredo había llegado a Venezuela hace más de 30 años, en aquella época de bonanza, cuando era un atractivo destino para trabajar y hacer dinero. Nunca más volvió a su natal Cartagena, pero  hace poco estaba decidido a regresar, quizá ante la crisis del país petrolero, quizá ante el hecho de no encontrar insumos para trabajar su herrería, o medicinas para su diabetes o porque, simplemente, ya era tiempo de volver. Se sumaría al éxodo del pueblo que huye de Venezuela.

“Decía todos los años que se iba para Colombia. Pero esta vez lo vi convencido, viajaría antes del 31 de diciembre de 2017. Incluso, mandó a arreglar una ropa que le quedaba grande, porque se enflaqueció bastante. Allá la tiene la modista”, cuenta una vecina. Ella nos abraza, llora. Se lamenta. El viaje no se dio. “Estaba contento porque se iba, nos mostraba en Facebook las fotos de ustedes, sus hijos, en Cartagena”, nos dice.

La mañana del 25 diciembre de 2017, su cuerpo fue hallado dentro de la ‘Casa Grande’. Indagan si el motivo del crimen fue por robo de dinero, porque alguien había dicho (falsamente) que tenía dólares.

El oficial del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas nos dice que trabajan sobre una pista pero que, dos meses después, no hay mayores resultados porque “tú sabes cómo está la situación en Venezuela”. Y contrario a darnos respuestas nos interroga: “¿Cómo están las cosas en Colombia? ¿Será que yo me puedo ir para allá?”.

***
Nos vamos de Caracas. Daniel conduce rápido al aeropuerto, mi hermana pide que se detenga. Es un colibrí gigante, en el Parque del Oeste. Es una escultura de colores que parte el panorama.

-Mira, Kiki, mi papá hizo parte de ese colibrí- Me dice mi hermana.

Yo, en el camino, encuentro otra de esas respuestas que tal vez no buscaba. Dicen que cuando se nos aparece un colibrí “nos viene a contar que las almas de los que amamos están bien”.



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