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El Gloria: historias anudadas

Cuarenta y seis años surcando el mar sólo deja una estela de historias anudadas en los cabos del Buque Escuela ‘Gloria’.

A la distancia se ve imponente, como una pieza de ingeniería extraordinaria que embiste las olas.

De cerca es otra cosa, más que un navío atracado en el puerto de Cartagena, es la ilusión de muchos hombres y mujeres que están destinados a pasar su vida en altamar.

Son 150 sueños a bordo, provenientes de diferentes latitudes de Colombia y Latinoamérica, anhelando cruzar el Atlántico en un viaje transoceánico de seis meses.

Una mujer navegante
María Fernanda Rueda es una mujer de grandes aspiraciones, ella quiere ser almirante.

Lo sabía desde que tenía 17 años, cuando ingresó a la Armada Nacional luego de graduarse del colegio militar de su natal Puerto Salgar, Cundinamarca.
Del mar sabía poco, pero su determinación fue suficiente para ser la primer militar de su familia.

“Mi sueño es convertirme en almirante. Eso poco a poco, es una carrera de 30 años y si te lo dan es porque realmente te lo ganaste”, comenta la teniente en tono neutro.

María Fernanda es muy seria, tiene a su cargo a los 67 cadetes que por primera vez estarán en un viaje de ultramar, y para lograr convertirse en jefe de embarque tuvo que tener un desempeño excelente como oficial del Batallón de Cadetes.

Es que para navegar en el buque insignia de nuestro país hay que tener méritos, por eso su esposo, que también hace parte de la Armada, no dudó en apoyarla.   

“Mi esposo también es militar en el Batallón de Cadetes, apenas llevamos un año y medio de casados, y cuando mi comandante nos dio la noticia, dijo: ‘decidí que la teniente Rueda se vaya en el Gloria, pero quiero que lo hablen primero y me cuentan qué piensan’. Pero mi esposo le contestó: ‘mi comandante no hay nada que decir, que María Fernanda se vaya, yo sé que el Gloria es un premio y ella se lo merece’".

A sus 28 años lleva más de una década en la institución y reconoce que no ha sido fácil, lo que más le entristece es no poder compartir con su familia, hace más de un año que no los ve y reconoce que es un sacrificio que muy duro.  

“Ser militar no es fácil, es una profesión que se sale de la rutina y en muchas ocasiones no puedes estar en los momentos importantes de la familia para compartir con ellos”, dice un poco conmovida.

Y continúa, “uno a veces está lejos de los seres queridos y eso duele, porque ellos son la razón para que nos esforcemos tanto, pero tienes tiempo para dedicárselo”.
Pero esa ironía de la vida se hace más dulce cuando sus sacrificios tienen sabor a ‘gloria’.

Un infante de marina en el mar
El teniente Cruz es un hombre de tierra firme, a pesar de sus 14 años de servicio en la Armada nunca había estado en el mar. Él es un infante de marina.

Sus días en el Gloria han sido algo extraños, con gracia cuenta que su primera salida a  mar abierto fue menos encantadora de lo que había soñado.

“Cuando salimos a alta mar había mucho viento y estaban probando los nuevos sistemas del buque, así que los cadetes comenzaron a vomitar por el movimiento. Yo estaba bien pero después de comer me sentí tan mal que también me dieron nauseas. Ese día no quise saber de comida, ni al día siguiente. Eso es muy maluco”, dice riéndose de sí mismo.

Pero su travesía no terminó ahí. Durante la noche, mientras dormía, el barco se escoró y él salió volando de la cama hacia la cubierta de su habitación.

“Ahora tengo que dormir amarrado durante el viaje, porque son 43 días hasta el primer puerto en Isla de Horta, yo no estoy acostumbrado a esto”, dice riendo.

Cruz tiene un carácter afable, se le ve contento a pesar de tener un trabajo de mucha responsabilidad en el buque escuela, la seguridad. Una posición que se ganó a pulso e implica profesionalismo y seriedad, porque nada debe quedar al azar cuando se trata de la defensa del navío embajador de Colombia.

La sazón en alta mar
“El que no es amigo del cocinero le va mal, es una rosca”, afirma el comandante del Gloria, Reynaldo Espinosa, mientras los cocineros se ríen. Lo sabe por experiencia, él también fue cadete.

Entre los cocineros está Waldo Sobrino, un cartagenero con buena sazón. Es suboficial hace 12 años y desde diciembre está en el Gloria. Fue trasladado de la unidad militar de Bahía Málaga, cerca de Buenaventura, en el Pacífico, para hacer parte de este crucero.

Waldo y sus compañeros preparan 400 comidas diarias para 150 personas, además de los refrigerios para la guardia de noche. Lo que mejor le queda es la comida costeña, el pescado frito acompañado de arroz con coco y patacones es una de sus especialidades.

Es que la comida en el Gloria debe saber a casa, porque eso les recuerda lo que más aman. 

“Aquí se come mucha comida casera de distintas regiones, a algunos los pone tristes y a otros alegres”, comenta Waldo mientras revuelve las lentejas.

A él también lo reconforta cuando está lejos de su hijas y su esposa, es una mezcla de sentimientos que se cocinan a fuego lento.

“Esta vida no es fácil, toca combatir la distancia, porque hay que estar pendiente de la familia y el trabajo. Esto lo hacemos por ellos, por la familia, aunque da alegría y tristeza a la vez”.

Colombia viaja a Europa
Cuarenta y siete millones de colombianos viajan en el Gloria.

Van anclados en el corazón del buque esperando conquistar a Europa con las historias más bellas sobre nuestro país.

Una experiencia interactiva que fue desarrollada por la Marca País, ProColombia y la Armada Nacional, que busca transmitir a los visitantes de cada puerto el espíritu alegre y acogedor de Colombia, cambiando la percepción y motivando el turismo.

“A través de las redes sociales lanzamos una campaña que buscaba recopilar historias de colombianos que irán en el buque. Son dispositivos de audio que están conectados a imágenes, y cada vez que el A.R.C. Gloria llegue a puerto, las personas podrán escuchar estos relatos y conocer lo bueno que es Colombia”, asegura Juan Sebastián Palisa, de ProColombia.  

 

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