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El molino me dio la fortaleza en el brazo: Frieri

“Un brinco bien, bien fuerte”, así describe Ernesto Frieri, un pelotero de profesión, “y corronchito de naturaleza”, su salto de Sincerín, corregimiento de Arjona, Bolívar, a los Estados Unidos para hacer lo que más disfruta en la vida, jugar béisbol.

Desde pequeño se inclinó por el deporte. Le gustaba el fútbol y en el colegio lo jugaba todo el tiempo. Sin embargo, a sus diez años, se encontró con el béisbol. “Yo tengo un tío, que era el beisbolista de la familia y me gustaba mucho verlo jugar, así que me comencé a enamorar de este deporte”.
La “fiebre” le duró un año y después de esto, lo olvidó por un tiempo, hasta que Rentería anotó el “hit” que coronó campeones a los Marlins en 1996. “Esa emoción me despertó las ganas de volver a jugar. Yo me dije ¿si Rentería lo pudo lograr, por qué no lo puedo lograr yo? Y me puse a trabajar”.

SU INFANCIA
Sin embargo su infancia no fue sólo deporte. Le tocó trabajar desde muy niño, ayudando a su abuela en los quehaceres. “Yo no tuve papá. No me crié con él, ni con mi mamá, sino con mi abuelita”.
“Mi papá era una persona con mucho dinero. Era descendiente de italianos y se llamaba igual que yo. Él tenía su familia, tenía otra familia. Tenía una finca cerca al pueblo y mi mamá trabajaba allí. Ella quedó embarazada a los 17 años y yo nací a sus 18. Mi papá tenía mas de 30 años cuando eso”.
“Mi mamá trabajaba en Cartagena e iba al pueblo los fines de semana, así que mi abuelita fue la que se encargó de mi crianza”. Después, su mamá se fue del país, primero a Venezuela y luego Panamá. Actualmente se encuentra en Barcelona España, en donde tiene una empresa de artesanías colombianas.
Ernesto vivió su infancia en el pueblo, nadando, haciendo sancochos y jugando con sus amigos. Esto, combinado con las “levantadas” a las cuatro de la madrugada para moler maíz para los bollos que su abuelita preparaba.
“Luego de que molía me iba a correr, -a veces, no todos los días-, pero corría alrededor de la iglesia a las cinco de la mañana, luego me bañaba y vestía y me iba para el colegio. Yo creo que el molino fue el que me dio la fortaleza en el brazo”, relata jocosamente.
Por cinco años, dividió así su tiempo y luego, llegaron las prácticas.
Además de ayudar con el molino, tenía que viajar desde su pueblo, a una hora de distancia, hasta Cartagena y llegar antes de las siete de la mañana, hora en la que comenzaban sus entrenamientos con Marcial Del Valle y su equipo, Los Padres de San Diego. Allí aprendió técnicas que le fueron útiles para desarrollar sus condiciones. “Nosotros practicábamos en Chambacú y yo era el primero que llegaba. Todo eso lo hice por las metas que me había puesto, porque yo quería trabajar y quería superarme y mira donde estoy ahora, gracias a Dios me dio la oportunidad de lanzar en Grandes Ligas y todo eso que yo hice valió la pena”.

UNA FAMILIA “BERRACA”
“Yo siempre he sido un pelao alegre, chistoso, mamador de gallo, pero muchas veces no podía salir con mis amigos porque a ellos los papás le daban dinero. Pero mi familia era muy, pero muy humilde, así que yo guardaba la merienda que me daban para el colegio, para los pasajes para Cartagena y para fechas especiales. Eso fue muy duro. La diferencia es enorme, al mirar atrás y recordar dónde y cómo vivíamos y lo que somos ahora, y todo se debe al esfuerzo, no solamente mío, sino también el de mi familia, mi familia es muy berraca”. relata.
Y es que su familia siempre fue su apoyo. Tanto, que a pesar de no crecer al lado de su padre, jamás lo necesitó. “Nunca me hizo falta mi papá. Yo estuve con él sólo dos veces en mi vida”.
Su abuela, es una de esas mujeres tradicionales, recta y muy dedicada a levantar a su familia con buenos principios y costumbres. Ella ha sido la encargada de criar a todos los nietos.
“Gracias a Dios y a la educación de esa señora, en mi casa nadie ha salido torcido, ni dañado, ni ratero, ni drogadicto. Ella nos ha dado todo y yo me siento muy agradecido con ella. Gracias a ella soy la persona que soy, una persona que sabe escoger las cosas buenas y sabe rechazar las cosas malas”.
Ernesto lleva el mismo nombre de su papá. Pero él no tuvo nada que ver en esto, más bien fue el afán de su abuela por limpiar el nombre de su hija. “En una campaña que la Registraduría realizó en mi pueblo, me puso como hijo de ella, pero con el apellido y el nombre de mi papá. Ella no quería que se dijera que su hija era una cualquiera, así que por eso me puso ese apellido y la verdad, a mí me gusta, es bacano”.

EN ESTADO UNIDOS.
Salir de un pueblo como Sincerín, a un país tan desarrollado como Estados Unidos, no fue fácil. “Cuando llegué a Estados Unidos, no sabía ni decir ‘hello’”. Sin embargo gracias a su “intensidad”, aprendió el idioma en dos meses. No a la perfección, pero si dominaba ya los términos y expresiones que necesitaba para trabajar.
En los restaurantes siempre tenía problemas para ordenar su comida. Esto le incomodaba mucho. “Yo no sabía hacer el pedido de mi propia comida. Un día estábamos en Mc Donalds y le dije a uno de mis compañeros que me escribiera cómo se pedía el combo número uno y yo lo practiqué por unos días. Me la pasaba repitiendo ‘can I get the combo number one’ y no sabía ni qué era lo que estaba diciendo. Así que llegué al Mc Donalds y cuando la muchacha me preguntó qué iba a ordenar, le dije ‘can I get the combo number one’, pero le señalé el número dos y ella no me entendía y se reía al igual que todos los que estaban a mi alrededor”.
“Me han pasado muchas cosas chistosas. Una vez me preguntó uno de los entrenadores ‘¿How do you feel?’, que traduce ‘¿cómo te sientes?’ y yo entendí que me estaba preguntando si yo jugaba ‘out field’ que es una posición en el béisbol, así que yo le respondí, que yo no era out field, sino que yo era pitcher y todo el mundo se reía y yo no sabía por qué. Ahora que domino el idioma perfectamente, soy yo el que más se burla de los nuevos”.
Los sueños aún no se detienen, él considera que le falta mucho por lograr y sobre todo, dice, tiene mucha gente por ayudar.

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