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El Palabrero mira desde los ancestros

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Antes de hablar apoya el bastón labrado y saborea en silencio cada sílaba, como esperando que sus ancestros le dicten la palabra precisa. Es el Palabrero Sergio Kohen Epieyú que viene del corazón profundo de la Guajira.

El Palabrero no sólo es la máxima autoridad moral y espiritual, elegido para resolver a través del diálogo pacífico los conflictos entre la comunidad indígena de los Wayúus, sino que además es un agente de control social y el depositario de la sabiduría y conocimiento ancestral.
Kohen Epieyú ha venido a Cartagena acompañado de algunos miembros de su comunidad para entrevistarse con el Consejo Nacional de Patrimonio y la Viceministra de Cultura, y el resultado de este intenso diálogo con especialistas en patrimonio le ha iluminado de un sereno esplendor el rostro.
Y no es para menos: es que el Ministerio de Cultura de Colombia acaba de apoyar el Plan de Salvaguarda del Patrimonio de los Palabreros, que ha sido propuesto ante la Unesco como una expresión merecedora de ser declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Todos ellos están regocijados con la expectativa maravillosa de que la Unesco declare en 2010 a los palabreros guardianes de un patrimonio ancestral que ha logrado resolver los conflictos mínimos y mayúsculos por el camino de la reconciliación, sentando a compartir en una misma enramada a agresores y agredidos.
Así lo creen Adrián Medero Uriana, Ana Fernanda Siijono, Guillermo Ojeda Yajariyu, quienes forman parte del grupo comunitario que sustenta la propuesta ante la Unesco.
“Un palabrero representa todo el universo wayúu”, dice Guillermo Ojeda Yajariyu.
“Es un ser con unas actitudes particulares. Tiene el reconocimiento de la comunidad por su condición de tío materno, que además de responder por sus sobrinos, tiene una autoridad y cohesión familiar. Su vocación para resolver los conflictos en forma pacífica a través del diálogo trasciende a toda la comunidad. El palabrero asume con responsabilidad un conflicto entre familias, un problema matrimonial, algo más grave como un homicidio y logra que las dos familias tanto del agraviado como el de los agresores reparen el daño de manera material, espiritual y simbólica, como el compartir los alimentos del último pagamento”.
El Plan de Salvaguarda es una tarea concertada entre la comunidad y el Ministerio de Cutura, y eso implica un largo proceso de investigación para hacer visible el aporte de la etnia wayúu ante el mundo. No tienen temores de nada porque ese conocimiento puede ser proyectado a la humanidad en un diálogo respetuoso con el mundo. Y el Ministerio se ha comprometido a elaborar cartillas y libros que permitan integrar en wayúu y en español la enorme y sabia herencia que poseen los palabreros.
“Nosotros no vendemos nada, como lo hacen los arijunas de la cultura occidental”, confiesa Sergio Kohen Epieyú. “Hay gente que vende un patio, un paisaje, para nosotros la tierra es nuestra vida, es algo sagrado, allí están nuestros ancestros, nuestro espíritu.”.
“Para nosotros este Plan de Salvaguarda nos garantiza una transmisión de conocimientos a las nuevas generaciones. Hemos sido una cultura oral pero ahora nos toca escribir para enseñar nuestra cultura a los niños y jóvenes de la nueva generación”, dice Kohen Epieyú.
El palabrero wayúu no apela a la justicia ordinaria, no tiene apegos materiales ni recibe remuneraciones, ejerce su autoridad con responsabilidad como adulto mayor, muchas veces desafiando sus propias fuerzas y su grandeza y fortaleza residen en lo espiritual.
Además de proponer reparar los conflictos, buscan que la mujer inicie la sanación espiritual a través de un camino ceremonial como el encerramiento del agresor dentro de la casa de la familia, lo mismo que con el agredido.
En ese encierro bañan a la víctima y al victimario buscando restablecer su orden espiritual reafirmando el principio de que no debe ni puede volver a hacer lo mismo. En el acto final, las dos familias bajo la coordinación del palabrero asisten al sacrificio de los últimos animales y se sientan en la misma mesa para sanar hasta las últimas consecuencias la desarmonía. Incluso puede haber trago y esto se somete a prueba, hasta definir el compromiso entre agredidos y agresores.
Además del prodigio de su palabra hablada decantada en sabiduría y armonía ancestral, el palabrero también canta en los velorios y como compensación de sus servicios espirituales hereda parte de los bienes que deja el difunto. A veces, las familias de la víctima o del victimario hacen regalos al palabrero, pero estas expresiones son asumidas por él como gestos simbólicos de agradecimiento, pero no aceptan dinero. El palabrero tiene garantizado todo el apoyo de las familias en caso de calamidades. Es un ser con privilegios.
Kohen Epieyú me dice que su bastón de mando está moldeado por la corteza de dos plantas trepadoras que crecen en la serranía guajira: Wararalli y Paliisepai. Una rama flexible y recta de estas plantas es utilizada para el bastón y en ella están cifradas las dos virtudes de los palabreros para disolver los conflictos: rectitud y flexibilidad.
Kohen Epieyú quedó ciego desde muy joven en un accidente, pero nada le impide ver con claridad, desde el fondo de su corazón, el temblor del alma de las víctimas. Nació para eso: para resolver conflictos con la gracia de su espíritu.

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