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El pavo de Navidad

El pavo abre su plumaje inesperado cuando oye la voz de mamá o nos ve colgando la toalla en el alambre del patio. Pienso en qué instante del tiempo, el pavo podrá escapar a la fatalidad de morir en este diciembre en el mundo. Solo le quedan pocas horas, mientras la luz del sol avanza hasta la paredilla en donde muere la sombra de los plátanos. El pavo recorre por última vez el cuadrado de tierra en donde ha vivido los últimos nueve meses. Mamá ha sofisticado su manera de matar pavos. Hace unos años, ella misma correteaba a la gallina o al pavo y lo llevaba a su pecho, lo acariciaba  para luego, darle la estocada final en el pescuezo. La segunda vez, solo le tiró piedrecitas a la cabeza del pavo, le hizo perder el equilibrio y allí le dio vueltas como si fuera un trapo con plumas. No sé cómo será esta vez.

Los pastores del bijao
Uno sabe que ha llegado diciembre porque la luz es más intensa y la brisa viene del norte y sopla más fuerte a pesar del calor. En los pueblos del Sinú la celebración navideña tiene todos los sabores de la tradición judeocristiana, pero también siriolibanesa. La oleada de inmigrantes árabes arribaron al Sinú en el crepúsculo de 1891 y se quedaron en el puerto de Lorica, Montería, Cereté y algunos en Sahagún. Algunos llegaron con monedas de oro en los bolsillos, con enormes baúles en donde guardaban los tesoros salvados de las últimas guerras. Y en los pueblos levantaron sus tenderetes de negocios de telas y mantas del Oriente, pero también se integraron a los mercaderes locales, vendiendo alambre de púas. El quibbe de los sirio-libaneses se abrazó con la carimañola y la arepa con huevo.

Comer cerdo hace cuatrocientos años era un privilegio de pocos en la Cartagena colonial. El cerdo era prohibitivo. Los negros africanos esclavizados y los indígenas sometidos a la servidumbre recogían las sobras de los dueños de casa y hacienda, y envolvían clandestinamente la comida en hojas de bijao. Las sobras de las noches de la infamia y la esclavitud cartagenera y americana, se convirtió en el tiempo en una de las formas sagradas de la gastronomía y en una manera de celebrar la Navidad: el pastel navideño, con cerdo o pollo, el arroz apastelado con pollo o el arroz árabe con almendras y envuelticos con hojas de parra.

Mamá extiende sobre una mesa larga de madera lisa unas enormes hojas de bijao, mientras el arroz humeante deja una estela amarilla en el aire. El arroz que cae sobre el bijao cobra un nuevo sabor cuando mamá abre la vena secreta del bijao, e incorpora sutilmente las presas de cerdo y pollo en cada hoja. Veo que algunas hojas tienen más presas que otras. “Esas que tienen más presas son para la familia Castillo”, “Estas son para la familia Revueltas”, “Estas para los parientes de Sincé y Sahagún”.

Diciembre olía siempre a pasteles de cerdo y pollo y a arroz apastelado y a arroz con almendras. El día que mataron un cerdo en casa yo tuve la primera noción del holocausto animal que la humanidad celebra cada fin de año. El cerdo condenado a engordar para el sacrificio de diciembre. La muerte de un cerdo es una de las crueldades más espeluznantes que el ser humano ha inventado. Porque el cerdo se resiste a morir, pese a los golpes a los que se le somete. Presencié también la muerte de una tortuga, una icotea y una morrocoya, y mi corazón siguió latiendo con ellas más allá de la muerte, cuando en el agua caliente seguía latiendo el corazón de las tortugas. Hace unos años vi en un viaje a La Habana, en pleno Período Especial, una escena que me impactó: un cerdo amarrado a las patas de una cama. Un cerdo que era el tesoro más preciado de una familia para el consumo y venta de fin de año. Vi en el techo de una casa de Matanzas, un criadero de pollos que se engordaban a control remoto bajo una luz encendida toda la noche.

La Navidad en el Sinú como en todos los pueblos del Bolívar Grande, es bien diferente a la que se acostumbra en las ciudades capitales. Si en el Sinú se acostumbró siempre que sobre la nevera había una comida para el que había de llegar, diciembre fue siempre el mejor pretexto para multiplicar y compartir los pasteles y los dulces. De patio y traspatios llegaban pasteles y dulces. De casa en casa, el manjar se volvía colectivo. El pesebre era lo más parecido a los pueblos desolados, a las lomas desamparadas con paticos asomados en lagos de vidrio y burros solitarios, y los reyes magos éramos al final, todos nosotros en nuestros pesares e ilusiones.

A veces, en pueblos sumidos en la pobreza, no llegaba el Niño Dios y se demoraba en llegar después del 6 de enero. Siempre, alguien cumplía el milagro de encarnar la promesa de hacer tangible una sorpresa.

El final del pavo

Mamá viene ahora con una copita de vino rojo y la deja en la mesa. Atraviesa el patio tras la sombra del pavo. El pavo abre el abanico de sus plumas con recelo. Mamá agarra de un manotazo al pavo. Le dice palabras dulces y le sostiene la cabeza entre sus manos. Le abre el buche y le derrama la copita de vino. El pavo se espanta y cae al suelo. Camina atortolado por la luz que se le escapa de sus ojos. Y embriagado intenta recorrer el patio de la casa. Es el momento de su muerte. El pavo pasa de la borrachera a la muerte.

Mamá lo lleva al mesón de la cocina. Y empieza el lento y azaroso desplume del pavo. El pavo desnudo y muerto parece un muñeco de trapo en el mesón. Mi tío Emiro se negó siempre a ver semejante escena. Y cuando se enteraba que habían matado una gallina o un pavo, prefería irse a comer fritos frente al Teatro Sinú. Mamá escondía las plumas y decía: “Cuiden de que Emiro las vea”.

Epílogo
Tío Alberto, que estudió ilusionismo, entró a la cocina y vio al pavo muerto. Mamá no había terminado de preparar el pavo, cuando de repente, ocurrió lo inesperado. Vimos descender al pavo del mesón, sin plumas, sacudiéndose el agua caliente, y caminando sin rumbo por el patio. Mamá gritó: ¡Esto no puede estar ocurriendo!

El pavo tuvo la segunda oportunidad de recorrer aquel cuadrado de tierra y sentir el consuelo del frescor de las hojas del plátano y picotear un maíz desgranado en la mañana.

Por unos segundos de magia, el pavo había regresado a la vida sin plumas. Había escapado por fin, a su destino de ser sacrificado. En un parpadeo, tío Alberto nos devolvió a la realidad del pavo muerto sobre el mesón.



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