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El piloto más joven de Colombia

Su juego desde siempre fue el simulador de vuelo. Mientras sus amigos lo llamaban para jugar, él prefería estar con su simulador de vuelo.

Es Juan Felipe Ramírez (Palmira, Valle, noviembre 16 de 1995), el piloto comercial de Colombia más joven, considerado “Un colombiano de colección”. Lo conocimos en su primer vuelo a Cartagena, al aterrizar a las siete de la noche y retornar a las once de la noche.

El milagro se hizo posible gracias a una llamada que me hizo su madre. “Estoy vestido todo de negro, con mi uniforme”, me dijo desde su celular. “Estoy con mi hijo Gabriel que también está vestido todo de negro”, le dije. “Estaremos en la cafetería del aeropuerto”. Así empezó este diálogo.

¿En qué momento soñaste estudiar aviación?
- Desde los tres años quería ser piloto. A los siete años ya estaba pegado a un simulador de vuelo. No hay aviadores en mi familia, pero un tío mío quiso serlo pero no logró la visa. Me fui a Orlando a mis dieciséis años a estudiar Aviación.

Y culminé los estudios a los diecisiete años y medio. El gobierno norteamericano no podía darme la licencia comercial antes de cumplir los dieciocho.

¿Qué es lo más difícil de manejar un avión?
- El mejor vuelo es aquel en el que he tenido como pasajeros a mis propios padres. Para manejar un avión hay que tener una absoluta responsabilidad y ser lo más profesional.

Tener seguridad, confianza, respeto por la vida de uno mismo y la de los demás. Allí no te puedes equivocar. Cuando uno se abrocha el cinturón lo hace por la vida.

¿Aqué le tiene miedo un joven piloto como usted?
-El único miedo que siento es la falta de mis padres, porque yo he estado apegado a ellos y somos muy unidos, pero desde los dieciséis años ya vivía solo, aprendí muy temprano a lavar y planchar mi ropa. A ser independiente.

¿Qué hay del temperamento de sus padres en usted?
-Mi padre Óscar Ramírez es de Bogotá y trabaja en la Registraduría. Es un hombre que hace un cronograma de lo que va a ser, es muy pensativo. Mi madre Esneda Dávila, de Cali. Es una mujer calmada que también piensa mucho lo que va a ser.

¿Cuántas horas ha manejado en sus dieciocho años?
- He realizado alrededor de trescientos vuelos. Unas 90 horas al mes. Pero ningún piloto puede ser programado cinco veces seguidas.

¿Cómo es el paisaje aéreo de Estados Unidos?
- He volado a seis mil pies y el mapa que he percibido es un mapa sin montañas. He volado más en los Estados Unidos que en Colombia. En Georgia, Washington, Florida, Tampa, Miami.

¿Qué siente cuando dicen que usted es “Un colombiano de colección”?
- Más responsabilidad. Cuando lo escuché por primera vez sentí que pertenecía a los demás. Eso me ayuda a servir y a construir un mejor país, y a decirle a millones de jóvenes que yo he cumplido un sueño y que cada joven puede hacer lo mismo, independientemente de su estrato social.

¿Cómo hizo usted para estudiar en los Estados Unidos?
- Nosotros somos una familia de clase media y cuando yo le dije a mis padres que quería ser aviador, fueron incondicionales conmigo. Y se endeudaron.

Vendieron su carro, hipotecaron la casa. A escondidas, sin que ellos lo supieran yo me iba los fines de semana a descargar mulas para ganar unos pesos. Vendía lo que fuera en el cuarto vacío de la casa. Gané una beca parcial de 9 mil dólares.

En este deseo de salir adelante nos apoyaron muchas personas. Mi ángel de la guarda fue Marco Tulio Casas Franco. Pero fue significativo el apoyo emocional de mis abuelas Esneda y Amanda. El respaldo de Coomeva, la Registraduría, del Comandante Luis Eduardo Mateus Ortegón.

El sacrificio no tiene precio y las lágrimas de mis padres abrumados de felicidad cuando les dije: “Soy piloto comercial”.

¿Cómo maneja sus emociones a la hora de volar?
- Cuando entras a la cabina estás en un mundo diferente que pesa más de ciento cincuenta toneladas. El piloto necesita autocontrol de sus emociones, aislarse de todo. 

Conozco casos de pilotos que sufren vértigo a la altura, pero no cuando manejan su avión. En mi caso, viajo en medio de la lluvia o la tempestad, sin alterarme. Esquivo las turbulencias.

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