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El pintor de los muros invisibles

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  Fin Dac, un irlandés de 48 ños,  vino  a buscar el rostro de una mujer que representara el arcoíris racial de Cartagena de Indias, y lo encontró.  Entonces lo resolvió en un enorme lienzo en acrílico  que donó a la ciudad en su aniversario 483.

Fin Dac  tiene ocho años pintando sobre los muros invisibles de las ciudades recónditas de Asia, América y Europa,  para hacer su arte. Ha recorrido medio centenar de ciudades y pintado cerca de cien murales. Pero Cartagena de Indias lo dejó sin aliento.

Está desayunando ahora un plato de cereales en pleno corazón amurallado de la ciudad. En pocos minutos iniciará un inmenso mural en la Avenida del Pedregal de Getsemaní en Cartagena de Indias. Tiene en las uñas huellas de salpicaduras de pintura negra.  Su voz es suave y serena a la hora de responder mis preguntas, traducidas por Isabela Restrepo.

“Cuando era adolescente solía pintar”, me dice. “Pero pinto desde hace ocho años”. “Mi madre me daba pinturas para aquietarme cuando era un bebé. Pero todo empezó con una ruptura amorosa. Jamás estudié arte en ninguna institución. He sido autodidacta, aunque cuando terminé el bachillerato, hice cursos en una escuela técnica haciendo planos en computador. El arte se convirtió en una manera de meditar. Entré al arte en un momento difícil. Pinté un díptico de cerca de dos metros de una mujer desnuda y de espaldas, es un desnudo sugerido porque no se ve nada, e incluí un diálogo con la mujer que confiesa su deseo de amanecer muerta. Es una reflexión sobre la depresión y la muerte”.
La joven asiática

En un techo de Hong Kong pintó una muchacha asiática con antifaz. “En Occidente hay el prejuicio de que las mujeres orientales son débiles o frágiles, y quise mostrar la fortaleza espiritual de estas mujeres. Las escojo muy jóvenes  e inocentes. No me gusta que las vean ni como íconos ni como objetos sexuales. Esa joven que yo pinté tenía dieciséis años, tuve que hablar con sus padres y con su novio para pintarla, porque era tímida, insegura y con desórdenes alimenticos. Hoy es una super modelo en Londres”.

Lo público y privado

Fin Dac descubrió que una de sus obras pintada en una pared, fue reproducida en un restaurante de Madrid, sin su consentimiento. Lo mismo en una feria de muebles en Alemania. Ha tenido que defenderse con abogado ante la utilización de sus obras que realiza en espacio público y usufructuada de manera privada por ciertas personas. Su firma es  la imagen de un dragón.

Los muros de la ciudad
“He visto muchas ciudades en el mundo, pero me impresionó Cartagena de Indias, especialmente, la ciudad antigua. No hay muchos lugares así en este planeta. Una ciudad vibrante y llena de vida”. Hace tres años, en 2013, pintó un mural en una casa vulnerable del Barrio San Francisco. Es el rostro de una mujer con antifaz.
“Hace poco me preguntaron por qué el antifaz. No me gusta explicar lo que hago. Pintar sobre un muro público genera siempre reacciones positivas y negativas, porque a la gente no le gusta que le cambien su entorno. El arte callejero es visto por algunos como algo agresivo y machista, pero yo pinto rostros de mujeres. No solo pinto sobre muros. Trabajo otros soportes como la madera, las cambas, los lienzos, los metales, los concretos”.

El rostro de Cartagena
Luego de buscarla a través de una convocatoria pública, el rostro de Cartagena, es por fin, el sereno y sensual rostro de una muchacha negra con un antigaz azul, tiene una cayena roja  en el pelo y una blusa amarilla vaporosa, y un collar indígena de la selva colombiana.
El lienzo fue realizado y donado en el Museo Histórico de Cartagena, en los mismos recintos donde los inquisidores condenaron durante doscientos doce años a las mujeres bellas y sensuales como la muchacha cartagenera que sirvió de modelo.

Última pincelada
El mundo ha cambiado la percepción del arte público que se hace sobre muros de las ciudades, dice Fin Dac. Él admira el trabajo de Conor Harrington, que “pinta como los maestros antiguos del Renacimiento, desde el lenguaje del graffiti”. También el dúo Herakut que “pinta con un estilo juguetón, con mensajes amables, como para un libro para niños”.
Los murales dejan sobre la mudez nocturna de las calles, un alarido de color y volumen que interpela al transeúnte. La muchacha del antifaz que estalla parece reírse en la soledad de los muros. Una risa que perpetúa a Fin Dac en las ciudades invisibles.

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