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El rostro del Hombre invisible

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Todos los días, a las 6 de la tarde, el Hombre invisible aborda una buseta de Ternera para salir de San José de Los Campanos y llegar al Centro Histórico.

Dicen que su segunda casa es la Plaza de San Diego y aquí estoy. Son las seis y cuarenta y nueve de la noche. Nada que aparece. Pasan vendedores de tinto, de artesanías y de sombreros. El suave sonido de la brisa se mezcla con el del saxofón de un músico callejero que toca para ganarse unos cuantos pesos. Y yo solo espero. Veo morir los minutos. Veo pasar los estudiantes.

-Amigo, ¿cómo estás? ¿Has visto al Hombre invisible? -pregunto a un agente de Tránsito. Ambos reímos...¡Suena absurdo!-.
-Hoy no, pero él es “vale” mía y viene todas las noches. Pídele a Dios que llegue y verás que llega. O mejor vete para la Plaza de Bolívar y lo consigues enseguida.
-¡Listo! -respondo-.

Y arranco para el Parque de Bolívar. Muchos bailarines, y nada del Hombre invisible. Pregunto a un vendedor de arepas y a un cochero. “Acaba de pasar por aquí. Ve a la Plaza de San Pedro” -señala el cochero-. ¡En San Pedro tampoco está! Y recorro La Aduana, nada. ¿Y en la Fernández de Madrid? ¡Bingo! Y corro... no sea que se vaya.

El reloj marca ya las siete y cuarenta. Ahí está, de pie, bajo la luz amarilla de una lámpara. El traje es negro e imponente, como el sombrero, lo invisible es su rostro. Ahí está el truco. No es ningún espanto, es una estatua humana.

-Hola. Soy periodista y te he buscado por cielo y tierra. ¿Me das una entrevista?
- Claro -responde. Se sienta.

Lore -la fotógrafa, mi compañera- toma algunas fotos. Como decimos en la Costa, todo el mundo tiene que ver con él. ¡Caramba! No hay pelaíto ni turista que no lo mire.

Pregunto su nombre y ni siquiera sé a dónde mirarlo. Es que sus ojos no se ven...en su lugar hay un par de gafas oscuras, pegadas al sombrero.
-Soy Odair Muñoz Morelo -dice-. Soy hijo de Cartagena y de Los Campanos, allá vivo.

De vendedor a estatua
Los días de Odair transcurren entre San José de Los Campanos, su barrio, la universidad y el Centro Histórico. Nació el 19 de noviembre de 1990 aquí, aunque no golpea al hablar.

-¿Y tú sí eres de aquí? Es que hablas como cachaco -comento-.
-Sí, claro. Nací acá, pero mi mamá dice que mi papá es o era cachaco, creo que de Santander. Nunca lo conocí. No sé si está vivo o muerto. Le he preguntado a mi mamá, pero ella nunca me ha dado razón. No sé si fue que nos abandonó...no sé nada.

La ausencia de su papá nunca fue un pretexto para frustrarse. Cuando era adolescente, Odair iba al colegio y a una academia de fútbol. Era volante de contención.

Quería hacer del deporte un estilo de vida. La forma de ser feliz y de mantener a su mamá. Ser el hombre de la casa, con toda la responsabilidad implícita. En fin, estuvo a punto de entrar a las inferiores del Real Cartagena pero las malas relaciones entre su mánager y las directivas del equipo se lo impidieron, explica él mismo.

Pasó la página del Real y a punto de irse a las filas de Uniautónoma, en Barranquilla, sufrió un accidente casero. Es que la vida puede ser cruel y absurda cuando quiere. El 8 de mayo de 2012, cayó del techo de su casa. “Estaba arreglando la antena del internet. Subí al techo y cuando todo estaba listo una teja se partió y caí.

Me luxé la muñeca izquierda. Me llevaron a mi EPS, pero el seguro había vencido, así que no me atendieron bien. Luego me atendieron por el Sisben, pero mi mano quedó defectuosa. Nunca me recuperé por completo de la lesión y no pude jugar más”, dice.

Pero qué va, ese tropiezo tampoco lo noqueó. Odair no podía caer: debía aportar en la casa. Ayudar a su mamá y mantener a su abuelo, que tiene 99 años. Es tan viejo que volvió a ser niño.

En 2013, Odair empezó a trabajar como vendedor ambulante de “churros” en el Centro. Al fin y al cabo había que buscar plata. “Ahí empecé a darme cuenta de ciertas clases de creatividad que hay aquí -narra-. Miraba las estatuas humanas y el arte de los mimos...me fijaba en el trabajo de los artistas callejeros y entonces comencé a involucrarme en ese mundo. Me convertí en un monje que levitaba, en Depredador, el Hombre sin cabeza y ahora el Hombre invisible. Hay que cambiar e impactar para mantenerse vigente en el arte, por eso siempre estoy pensando en diferentes personajes”.

El Hombre invisible nació hace ocho meses y vaya que tiene éxito. En una noche mala, mala, Odair se devuelve a casa con 30 mil pesos y en una jornada buena 180 mil.

El trabajo es rentable... ¡No hay turista ni niño que no voltee asombrado a mirarlo mientras charlamos!

Para el ejemplo un botoncito: Isabella. La nena, de 5 años, se llena de valor y se acerca al Hombre invisible. Quiere tomarse una foto.

-¿No tienes cara? ¿Dónde está tu cara?, pregunta la niña. Todos reímos.

Mientras Isabella vuelve a los brazos de su mamá y se aleja, Odair dice que conserva un sueño grande: tener uno o varios hijos, no importa si son niños o niñas, jugarán fútbol. Quisiera verlos en el equipo de sus amores, el Inter de Milán y pisar el Giuseppe Meazza -estadio del Inter-.

“Sé que ya no puedo jugar, pero mis sueños con el fútbol no mueren. No mueren”.

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Comentarios

Ejemplo

Que bueno que en los medios de comunicación se destaquen también este tipo de situaciones que deben servir de ejemplo tanto para aquellos que nacieron en hogares donde toca luchar día a día para subsistir así como aquellos que tuvieron la suerte de nacer en el seno de familias que nunca les ha faltado nada y sin embargo son unos "zánganos" a la espera que todo se los de por que se creen "merecidos" por un apellido o un status social que heredaron. Felicitaciones a Odair, ojalá siga adelante con sus sueños y Dios le de la fortaleza para nunca desfallecer ante las distintos tropiezos propios de la vida. A este tipo de personas es a las que hay que ayudar mas que a los famosos cuidanderos de carros a los que la gente por temor a un rayón al vehículo les dan dinero.