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El sembrador de bendiciones

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Un sacerdote no se retira jamás, aunque las fuerzas de su cuerpo le falten. Eso cree el sacerdote italiano Graziano Ventura que acaba de cumplir 90 años y celebrar 62 años de sacerdocio.

Pero en el caso de él, no es fácil llegar a esa edad con la memoria fresca y lúcida y la disposición de ánimo. Y la juventud que aún pervive en su corazón y en su espíritu. Es un ser con una gran fortaleza y un semblante saludable.
“No hay ningún secreto para llegar a esta edad, la única verdad es que hay que estar en paz con nosotros mismos, con quienes nos rodean, pero especialmente, con Dios”, me dice este ser nacido en la provincia de Morrovalle, en el centro de Italia, un 28 de febrero de 1920.
Sobre la fecha de su nacimiento me aclara que nacieron cinco hermanos antes que él y su llegada fue en los años terribles de la guerra. “Soy un fruto de la guerra”, dice con ironía, al recordar que su padre Nazareno sufrió un accidente en la primera guerra mundial. Le digo que los nombres de sus padres son un augurio de su destino: Nazareno y Beatriz. Pero esta Beatriz me recuerda a la musa de Dante Alighieri, a la que él persigue a través del largo y tormentoso camino entre el paraíso y el purgatorio. Y su propio nombre: Graziano ungido con la gracia de Dios.
Le pregunto si la propuesta espiritual de Jesús sobre el perdón planteada por él, que sólo alcanzó los 33 años, no ha sido cumplida en dos milenios de historia humana: nadie es capaz de perdonar setenta veces siete. Ojalá la vida nos alcanzara para perdonar más de cincuenta veces. Pero el padre Graziano me escudriña los ojos y el pensamiento. Sí: eso es lo que pienso: no todos los cristianos han seguido el ejemplo de Cristo. La fe como práctica cotidiana, sin fisuras. Me dice que la santidad no ocurre en un ser que jamás ha pecado sino en una criatura que se arrepiente para no pecar más. No está de acuerdo con ese refrán mundano que dice: El que peca y reza, empata dos veces. “Lo que Jesús quiere de los hombres es su arrepentimiento y su conversión sincera ante el pecado. Dios no castiga ni trae terremotos. La lección de Jesús es que además de sufrir sigue transformándose porque la vida no acaba con la muerte, hay una forma espiritual que se purifica y llega a la morada eterna. Allí está la felicidad. El secreto de la vida es estar en paz con el prójimo y perdonar siempre. Desde muy niño me impresionó la vida de San Francisco de Asís, que erigió templos en su pueblo natal de Asís, que está a dos horas de mi pueblo. Y Dios me permitió llegar hasta uno de sus templos y oficiar una misa”.
El sacerdote Graziano Ventura relee siempre de La Biblia, el Evangelio de San Juan. “Los salmos ayudan a vivir y a acercarse a Dios”, y le consulto por El cantar de los cantares y me responde que es un texto poético de una gran belleza formal.
Una de las grandes tentaciones que el padre Ventura tuvo que enfrentar en su vida fue la renuncia absoluta al cigarrillo, luego de treinta años de adicción.
Entre 1953 y 1983 transcurrieron treinta años en los que batalló con esa tentación. Supo que había estado en el límite cuando una noche de lluvia arrojó la colilla hacia el agua y un impulso lo arrojó luego a buscar una linterna para encontrar el resto del cigarro. Fue terrible. Pero venció la tentación. “La fe en Dios permite superar nuestras fallas”, dice
Al padre Graziano Ventura, a quien le debemos en Cartagena la construcción y creación del Colegio La Consolata que empezó con 70 alumnos y hoy cuenta con 1.500. Pero su vocación de servicios se extendió a todo el país, construyendo escuelas, como la Escuela Pío XII en Salgar, el Colegio Departamental Germán Venegas Carrillo, de Tocaima, entre otros. La ciudad de Cartagena no puede olvidar al padre Ventura, a quien escucharon a lo largo de 16 años en la Ermita del Cabrero.
Una faceta desconocida del padre es su vocación de sembrador. “Es que mi padre era campesino y tenía un viñedo, sembraba maíz y trigo. A lo largo de mis 90 años no he hecho sino sembrar. En Manizales, en el Seminario, hicimos productivas cien hectáreas de tierra con 120 reses. 500 gallinas y 60 vacas lecheras que producían 200 litros diarios de leche, con eso se financiaba un seminario con 35 estudiantes. Sembrábamos habichuelas, lechugas. Cuando vivía en mi pueblo tenía que ir a recibir las clases a 5 kilómetros de distancia. Muchas veces me tocaba ir a pie, antes de buscar el agua en el pozo”.
Sobre su mesa tiene el libro de Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, sobre Jesús de Nazaret, uno de los mejores libros analíticos que se han escrito sobre la dimensión histórica y sagrada de Jesús y una interpretación extraordinaria de La Biblia. Me dice que está impresionado con su lectura y ha subrayado sentencias, visiones, frases y agudas reflexiones del Papa. Le digo que lo empecé a leer el año anterior con fascinación no sólo porque está bien escrito sino porque está bien pensado. “Es que Benedicto XVI no sólo es un buen escritor, sino el más grande teólogo que tiene hoy la iglesia católica”, me explica.
Me sorprende ver un Cristo negro de madera sobre la cabecera de la cama del sacerdote. Ese crucifijo rústico y bello vino de muy lejos, del África, y está junto a él, como una dimensión espiritual de un continente ignorado y sacrificado que también aporta a la espiritualidad contemporánea.
El padre Graziano Ventura se recoge en la sobriedad de su habitación y en uno de los aposentos pequeños hay un altar que tiene la irradiación de un templo.
Allí sigue orando cada mañana y no deja de hacer misas para pocas personas.
“Desde muy niño me gustó el sacerdocio. Mi padre Nazareno Ventura y mi madre Beatriz Choppettini, estuvieron de acuerdo que su hijo Benjamín se consagrara de sacerdote. Hubo comprensión de mis padres. En unas vacaciones volví a mi pueblo y me encontré por última vez con mi madre, quien luego murió. Era como si estuviera esperándome antes de su partida”.
Miramos los álbumes del padre Ventura, que retratan algunas facetas de su admirable existencia. En una foto está junto a sus padres al ordenarse sacerdote. Y en otra, junto a sus compañeros del seminario y con toda su familia.
Al final de este diálogo que transcurrió a lo largo de una mañana, el sacerdote mostró una faceta aún desconocida: la del poeta que descifra el paso del tiempo, las estaciones y el tránsito entre el altar y el cielo.
“Mi oficio ha sido alabar a Dios y recorrer mi destino sin equipajes”.

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