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Facetas

El sonido de las sombras

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A pesar de que estos músicos procuran vender alegría, el ambiente en donde aguardan es uno de los más tristes  que puedan concebirse. Así sus rostros.
Desde las 6:30 de la tarde hasta las 5:00 de la mañana, casi siempre el grupo está compuesto por 15 hombres. Algunos cantan. Otros, ejecutan el acordeón, la guacharaca, la caja o la guitarra.
Dicen haber completado 8 años de estar aguardando en el monumento Unión de los dos mundos (llamado también Monumento a los océanos), en medio de la oscuridad y la brisa corpulenta y salada, como complemento del mar que siempre ruge a sus espaldas.
El monumento fue inaugurado en 1998 durante una de las administraciones del entonces alcalde de Cartagena, Nicolás Curi Vergara, pero paulatinamente, y bajo los signos del abandono, se fue convirtiendo en uno de los albergues preferidos de los habitantes de la calle, razón por la cual el verbo populachero no demoró en rebautizarlo como “Punta gamín”.
Es una  punta, una península de concreto que se extiende hacia el océano, rodeada de una fila de escaños del mismo material. Unos pasos antes de que empiece la peñíscola, hay una especie de torre compuesta por dos plaquetas rectangulares, dispuestas de manera vertical, las cuales sostienen en las alturas una esférica de color verde bronce, como representación del planeta tierra.
Después del mar y la brisa, los otros elementos que acompañan al paisaje de los músicos expectantes es la Avenida Santander; y, un poco más allá, el Parque de la Marina, de donde a veces surgen algunos de los clientes que dejan sus carros parqueados en medio de un enmallado de hierro.
Siendo las 6:30 de la tarde, los perfiles de las primeras sombras logran percibirse desde los vehículos que pasan a raudales. Son los músicos, con sus instrumentos sobre las piernas, sentados en los muros del monumento. El sol moribundo les da el aspecto fantasmal que caracteriza a las viejas películas de terror en blanco y negro.
Pese a la penumbra, se me hacen familiares algunos rostros que conocí en la Avenida San Martín, del barrio Bocagrande, alrededor del desaparecido estadero La Piragua, en la década de los años 80 del siglo pasado.
Mientras en la tarima del establecimiento actuaba como grupo de planta un conjunto llamado La cátedra vallenata, además de  pequeñas orquestas y tríos de guitarras, en las esquinas de la avenida, pero también en la playa de la Avenida del Malecón, los típicos conjuntos de acordeón se paseaban de un lado a otro sacando sonido a los instrumentos para llamar la atención de los turistas.
El ambiente festivo era permanente. A lo largo de la playa sonaban tres y hasta cuatro conjuntos al mismo tiempo, mientras los veraneantes consumían licores a las puertas de las carpas, cuando no bailaban alrededor de los artistas callejeros, y hasta prolongaban la parranda llevándoselos a las casas o apartamentos en donde estuvieran hospedados.
Sin descartar que las serenatas de madrugada y el remate de las parrandas en los amaneceres casi siempre estuvieron amenizados por los “conjuntos playeros” (como se les conoce en el gremio musical de Cartagena), estas agrupaciones casi nunca gozaron (ni gozan) del aprecio de la mayoría de sus colegas, pues al músico de la playa siempre se le ha visto como la máxima representación del artista que no quiso, no pudo o no supo evolucionar hacia  lo más granado del arte de los sonidos.
“Los malos músicos siempre terminan en la playa o en las cantinas”, sostienen aún los colegas que han incursionado en ámbitos de mejor categoría. Pero la playa es sólo uno de los espacios que ocupaban los músicos principiantes o venidos a menos para desenvolverse en la maraña del aprendizaje o del rebusque diario. Era, tal vez, la franja más grande, porque en otras zonas de la ciudad, en donde hubiera cantinas, estaderos o cualquier sitio de esparcimiento, estos apóstoles del asar  aparecían ofreciendo su mercancía de canciones refritas y vueltas a cocinar, según los gustos de quienes los contrataban.
El más recordado de esos sitios fue una terraza del barrio Los Alpes, a orillas de la Avenida Pedro de Heredia, llamada  The big show, en donde permanecían los conjuntos de acordeón musicalizando parrandas ajenas o esperando a que alguien llegara en busca de un grupo, un guacharaquero o un cajero. En ciertas ocasiones, sólo había que acompañar a algún parroquiano con ínfulas de cantante, pero con buenos dividendos con qué responder por la amanecida.
El Centro Histórico de Cartagena, en su faceta nocturna, fue testigo directo de tales incursiones. Cuando en cada calle había una cantina, tienda o fonda, los artistas del acordeón se lucían complaciendo las peticiones de los borrachos o las putas que amaban las viejas piezas del cancionero vallenato, aunque de vez en cuando emergía una que otra ranchera o guaracha propia de los ambientes picoteros. El caso es que los músicos no tenían reparos en abultar su repertorio con tal de no negarse a interpretar (así fuera mal) la pieza que les pidieran.
Tal vez por eso (por frecuentar los ambientes bohemios), al músico playero siempre se le ha relacionado con el alcoholismo y la ingesta de sustancias alucinógenas, aunque existan muchas excepciones en el corazón del gremio. Aún así, de vez en cuando la mala administración de la farra pasaba sus cuentas de cobro: muchos terminaron tocando o cantando solitarios, y por algunas monedas, en los buses del servicio urbano, ocupación que no es que estuviera muy distante de la mendicidad.
Ahora que, desde el punto de vista urbanístico, la ciudad se ha transformado en otra; que La Piragua y The big show pasaron a mejores recuerdos, los músicos se arrinconan todos los días en el monumento de los océanos, en una competencia desigual con los colegas que sí pueden actuar en las plazas y calles del Centro Histórico, como también pueden hacerlo los grupos de danzas y sus tamboreros.
Retomando los recuerdos de las épocas de Bocagrande, me cuenta el cajero William Cabarcas que las cosas comenzaron a ir mal a mediados de 2003, en virtud de que el Gobierno Distrital había dispuesto un año antes que las playas de Bocagrande debían cerrarse a las 6:00 de la tarde como una medida de seguridad contra la avalancha de actos delincuenciales que estaban azotando al barrio y afectando, de paso, a la industria turística.
“Primero —relata William— los policías empezaron echando a los gamines y a los vendedores ambulantes. Después, la emprendieron contra nosotros. Al principio, se nos presentaban en la playa y nos decían que no podíamos estar tocando por ahí, ni acosando a los turistas. Después, nos decomisaban los instrumentos. Y, por último, empezaron a montarnos en camiones y a llevarnos a las estaciones. El acoso duró como tres meses, hasta que nos vimos en la necesidad de no volver más”.
El guacharaquero Juvenal Ardila cree que al asunto va mucho más allá de querer recuperar la tranquilidad que había perdido el barrio Bocagrande. “Me parece —afirma— que quienes nos hicieron la vida imposible fueron los dueños de las discotecas, porque ellos veían que los turistas preferían tomarse sus tragos en la playa y con la música nuestra, en vez de entrar a un sitio de esos donde las bebidas son tan caras”.
Para ratificarlo, los músicos aseguran que durante las altas temporadas (enero, Semana Santa y noviembre) ha habido momentos en que carros y coches llenos de turistas llegan al Monumento de los dos océanos buscando música de acordeón “y preguntándose por qué no estamos en Bocagrande; o por qué no los dejan llevarnos a los establecimientos de las playas del barrio Crespo”.
En esas épocas eran entre 40 y 50 músicos los que se ganaban la vida a lo largo y ancho de las playas de Bocagrande, cobrando hasta 50 mil pesos por la hora, ganancias que, al final de la jornada, resultaban significativas, puesto que cada diez minutos (un poco más, un poco menos) aparecían clientes para cada conjunto, sin importar la calidad de sus integrantes. “Ahora, pasan hasta cuatro días y no aparece ningún cliente”, dice el cantante Carmelo Gómez.
Ninguno de los 15 músicos recuerda con exactitud en qué momento y por cuáles razones decidieron elegir al Monumento de los dos Océanos como su “cuartel general”, pero sí rememoran con precisión que recién expulsados de Bocagrande andaban dando vueltas por los alrededores del Centro Histórico, siempre bajo la asechanza de los agentes de la Policía, quienes algunas veces les explicaban que no les permitían actuar debido a que los dueños de hoteles y restaurantes se quejaban del ruido.
“Y eso es lo que uno no entiende, porque muchas veces esos mismos establecimientos ponen orquestas con amplificaciones, que se oyen más duro que un conjunto de acordeón, y nadie se molesta por el ruido”, anota el acordeonista Arturo Ramírez.
Otras veces cuentan con la suerte de que algún turista con influencias los lleva al Centro Histórico y ningún policía les llama la atención, “pero otras veces, si nos contratan por tres horas, quisiéramos que esas horas se acabaran rápido, porque no atendemos a tocar como es debido, creyendo que el ruido de cualquier moto es la Policía que viene a buscarnos. Una que otra vez, los agentes nos aceptan algún ‘regalito’ de nuestro bolsillo, pero la mayoría de las veces se ponen bien pesados”.
De día, el Monumento a los dos Océanos muestra en todo su esplendor las heridas del abandono. Los pescadores que suelen llegar a la playa libre de las grandes piedras de los espolones, reconfirman que el sitio terminó convertido “en meadero y cagadero de los locos y los gamines. Pero también hay veces que los choferes de busetas paran el carro y se meten aquí a descargarse. Lo mismo hacen los que vienen de Bocagrande o van para el Centro o salen del Parque de la Marina”.
De noche, el monumento, como un animal dormido, aprovecha la casi inexistente iluminación para esconder sus heridas, pues los turistas, en su mayoría nacionales y extranjeros (“los locales se burlan de nosotros”, dicen los músicos), no pasan de la acera de la avenida; o de otro modo establecen el contrato sin bajarse de sus vehículos.
Pero la noche es diferente en el Centro Histórico.
En las plazas Santo Domingo, Bolívar, Los Coches o Fernández de Madrid músicos y bailarines, con sus respectivos grupos, complementan el panorama de luces, restaurantes, terrazas y desfiles de coches y turistas, con sus colores y sonidos que unas veces crean un ambiente carnavalesco o bohemio, según el carácter de las piezas que se interpreten.
Estos actúan sin restricciones desde que son las 6 de la tarde o 7 de la noche, sin que autoridad alguna los interrumpa, pese a que funcionarios de la Secretaría del Interior del Distrito afirman que ninguno de esos grupos tiene permiso temporal o indefinido para ocupar el espacio público con sus actuaciones. Sin embargo, el asunto ya hace parte del paisaje, y pensar en borrarlos del panorama sería como cancelar una pincelada vital dentro del cuadro que alimenta la escena turística del ámbito colonial.
Pero este viernes de abril, cuando recorro las plazas en aras de conversar con músicos de diferentes géneros, observo que los bailarines y sus tamboreros son los grandes ausentes de la noche. Me dice Pedro Díaz, un guacharaquero de la Plaza Santo Domingo, que “a lo mejor se están guardando para las temporadas altas, porque el trabajo de ellos no es como el nuestro. Cualquiera puede llamarnos para que le toquemos una pieza, porque somos, máximo, cuatro músicos. Pero entre bailarines y tamboreros pueden juntarse hasta diez personas, que no pueden cobrar una tarifa fija, porque sería alta y nadie se las pagaría. Más bien tienen que conformarse con pasar el sombrero y pedir colaboraciones”.
Aprovecho para preguntarle las razones por las cuales la Policía persigue a los músicos de la Avenida Santander cuando entran al Centro Histórico, pero nunca hostiga  a los que ocupan las plazas. Entonces, como para darle más peso a su respuesta, desembolsilla un carné en donde consta que él, y sus colegas del Centro, pertenecen a una asociación llamada Musicar (Músicos de Cartagena), cuyos miembros tienen claro que sólo deben tocar en su perímetro, y no permitir que otros se lo ocupen.
Esto último lo ratifica Francisco Olivo Peñaranda, otro percusionista del Monumento a los dos Oceános, quien también me muestra un carné con la palabra Asomuscar (Asociación de Músicos de Cartagena), que identifica a los artistas que sólo pueden actuar en las playas hasta las 6 de la tarde, hora en que emigran hacia la Avenida Santander para proseguir con la pesca de clientes.
Olivo Peñaranda tiene claro que algunos de sus compañeros del monumento, “cuando ven que la clientela está pesada por estos lados, intentan irse para las plazas del Centro, pero ya los policías los conocen y por eso los espantan. Lo mismo hacemos nosotros cuando vemos que algún músico del Centro se quiere rebuscar en las playas o se quiere meter aquí en la Avenida”.
El percusionista dice no creer en el mito que ubica a los músicos playeros y cantineros en una baja categoría, “porque en todas partes hay músicos malos y buenos. Yo te podría mostrar una buena cantidad de músicos y cantantes que están pegados en las emisoras, pero que no le dan ni por los talones a varios de los que tocan en las playas”.
Francisco, al igual que muchos músicos callejeros de Cartagena, ha ido a probar suerte a plazas como Bogotá o Medellín, en donde aseguran que las cosas son mejores que en la capital de Bolívar, “pero ninguno se queda para siempre, porque les hace falta su tierra natal, sus familiares, sus amigos. Lo malo es que estando aquí, es raro que se organicen de manera profesional, porque el músico cartagenero, por lo general, es desordenado”.
Muchos de esos músicos no encuentran la fortuna todas las noches, porque ella parece no tener hora o día fijo. Lo mismo puede presentarse un lunes a las 7 de la noche, que volverse esquiva un viernes de quincena, cuando toda la ciudad está que arde al son de tantos festejos y turistas por doquier.

A las 6 de la tarde, los músicos abandonan las playas de Bocagrande y ocupan el Monumento a los dos Oceános. FOTOS JULIO CASTAÑO - EL UNIVERSAL
A las 6 de la tarde, los músicos abandonan las playas de Bocagrande y ocupan el Monumento a los dos Oceános. FOTOS JULIO CASTAÑO - EL UNIVERSAL
La penumbra entristece la alegría que estos músicos tratan de vender cada noche.
La penumbra entristece la alegría que estos músicos tratan de vender cada noche.
El grupo se acomoda en los sitos más visibles para los potenciales clientes que trasiegan la Avenida Santander.
El grupo se acomoda en los sitos más visibles para los potenciales clientes que trasiegan la Avenida Santander.
En el Monumento a los dos Oceános predominan los conjuntos de acordeón.
En el Monumento a los dos Oceános predominan los conjuntos de acordeón.
Francisco Olivo Peñaranda, percusionista, no cree que tocar en la calle sea sinónimo de baja calidad para un músico.
Francisco Olivo Peñaranda, percusionista, no cree que tocar en la calle sea sinónimo de baja calidad para un músico.
El rebusque de los músicos genera, a su vez, el rebusque de otros comerciantes informales.
El rebusque de los músicos genera, a su vez, el rebusque de otros comerciantes informales.
El monumento de día.
El monumento de día.
Como “Punta Gamín” bautizaron en la calle al monumento cuando terminó convertido en refugio de habitantes de calle.
Como “Punta Gamín” bautizaron en la calle al monumento cuando terminó convertido en refugio de habitantes de calle.
Los dos oceános y un gamín tomando sombra.
Los dos oceános y un gamín tomando sombra.
De otros lados vienen caminantes a hacer sus necesidades fisiológicas.
De otros lados vienen caminantes a hacer sus necesidades fisiológicas.
Los músicos se rebuscan en el día tocando las playas de Bocagrande.
Los músicos se rebuscan en el día tocando las playas de Bocagrande.
Músicos en la Plaza Santo Domingo.
Músicos en la Plaza Santo Domingo.
Bailarines en la Plaza Santo Domingo.
Bailarines en la Plaza Santo Domingo.
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