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El sueño cumplido de Marlon

Algo andaba mal. Su garganta era un desierto sediento de lluvia. Los huesos del tórax apretaban como camisa de fuerza. No fue suficiente tomar un vaso de agua para sofocar su sed. Aquel jovencito acababa de despertarse y sufría un inusual episodio. Era una crisis. “Mamá, me siento mal”, clamó, acorralado por su ahogo.

Era 6 de noviembre de 2017 y aquel suceso, protagonizado por Marlon José Caro Montes, vaticinaba tiempos difíciles. Él se agarró el pecho y un bulto apareció en su pectoral izquierdo. Su corazón colapsaba. Esa madrugada empezó una carrera contra el tiempo por salvarlo. Él la ganó, por segunda vez.

Buscando ayuda
Marlon vive en La Rinconada, una remota vereda de Mompox. Es el cuarto de cinco hermanos y, antes de este episodio, algo similar los mantuvo en vilo. Tenía 9 años cuando necesitó una ‘válvuloplastia’. La válvula aórtica, que regula el flujo de sangre desde el ventrículo izquierdo del corazón al resto del cuerpo, era demasiado pequeña, un defecto congénito llamado estenosis. Con sondas intravenosas inflaron un pequeño globo dentro de la válvula para ampliar su tamaño. La cirugía, en la Clínica Madre Bernarda, dirigida por el doctor Alberto García, fue un éxito. Y su vida, en adelante, común y corriente.

Sin embargo, ahora, ocho años después, volvía a fallar su corazón, de forma más grave, casi letal, aquella madrugada del 6 de noviembre en que se despertó a tomar agua. “Eran las 6:30 de la mañana. Me sentí mal, se me infló el tórax, nunca me había pasado algo así”, se lamenta.

Allá, en La Rinconada, no hay cardiólogos. Le urgía llegar hasta Cartagena para que su especialista le auscultara el pecho. Consiguió hacerlo solo 14 días después, el 21 de noviembre, y su estado era tan grave que se desmayó cuando lo atendían en el consultorio. El diagnóstico fue inminente. “Necesita que lo operen enseguida. Activemos la alarma absoluta”, dijo el doctor Julián Roca. Ha sido su médico toda la vida.

La misma válvula que a los 9 años falló, se cerró. La sangre hizo que el corazón aumentara en tamaño, tanto que ya era notable en su pecho y en cualquier instante era propenso a sufrir un ataque cardíaco que apagara sus latidos. Fallecer.

“Debíamos enviarlo de urgencias a la Cardioinfantil, de Bogotá, porque si no...”, comenta Leonor Giraldo. Ella y el doctor Roca son de la Fundación ‘Tiéndele la mano a un niño’. Esa organización vive de donaciones, de campañas benéficas, para ayudar a niños con problemas cardíacos de toda la Costa Caribe Colombiana. Niños como Marlon, que no tenía dinero para ir de Mompox a Cartagena, ni mucho menos para viajar a Bogotá. Ellos costearon y consiguieron patrocinios para el viaje.

La noticia cayó como baldado de agua fría para una familia momposina que encomendó la salud del muchacho a todos los santos habidos y por haber. A esos ángeles de la fundación que encontró en el camino de su vida, se sumaron otros. Los de la Fundación Cardioinfantil, en Bogotá. Ya lo esperaba un quirófano. “Entré a la 1:30 y salí a las 6 de la tarde de la cirugía. Eso fue el 29 de noviembre. No pudieron reparar la válvula porque estaba rota”, narra.

Entonces, de la sala de operaciones salió con una válvula aórtica nueva, en reemplazo de la dañada. Y con una nueva vida por delante.

Pronto, Marlon abrió los ojos y a su madre, Maricela Montes, le volvió el alma al cuerpo. El nubarrón de tiempos difíciles comenzó a desvanecerse del panorama de la familia. Y los sueños otra vez florecieron. Era la segunda carrera que ganaba por su vida.

“Cuando me recuperaba en la clínica, me preguntaron que cuál era mi sueño. A mí me gusta mucho el vallenato, mi sueño era conocer a Fonseca, el cantante, me gusta mucho la canción ‘Vine a buscarte’. De mis hermanos siempre tuve el sueño de tener un acordeón”, recuerda.

Marlon regresó a La Rinconada más de un mes después de la cirugía que salvó su vida. Ya no se agita, respira tranquilo y en su casa hay alegría. Si tiene suerte, la nueva válvula le durará toda la vida. Sus amigos del equipo de fútbol del barrio le llevaron el mejor de los regalos. Ganaron un torneo en su ausencia y decidieron regalarle el trofeo. “Fue un gesto bonito, porque ya no podré jugar fútbol. A mí me gustaba mucho, pero ahora debo tomar un anticoagulante de por vida, no puedo tener hematomas porque todo eso afecta la válvula que me implantaron. Tengo que cuidarme mucho. Pero estoy feliz de haber superado todo esto, de que todo esto haya pasado”.

Acordeón negro
Hace poco, Marlon regresó a Bogotá. No por otra afección. La misma Fundación Cardioinfantil que costeó y realizó su cirugía le cumplía su sueño a ese joven de Mompox. “Me llevaban a ver a Fonseca, a un concierto benéfico, porque él apoya también esta causa. Me sorprendí mucho porque no me esperaba que yo iba a estar en primera fila y mucho menos que el mismo Fonseca me iba a llamar al escenario para abrazarme y regalarme un acordeón”, recuerda. Es una Hohner negra que él promete aprender a tocar como los dioses, porque ahora lo que tiene es vida por delante y tiempo para hacerlo. Los tiempos difíciles ya han pasado. En el concierto, Marlon sonreía y su corazón palpitaba de alegría. ¡Estaba vivo!



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